EN UN LUGAR, EN UN TIEMPO…
Gunuk pisó tierra firme, feliz tras acabar el largo viaje en barca. Algo mareado, se despidió del amable pescador.
—Gracias, sin tu ayuda yo no conseguir —dijo con una mirada sincera—. ¡Recuerda! Ahora pesado secreto portar, guardar tu deber ser, sólo a Vendemur buscar.
Desde el bote, con gesto serio, Bauros recordó la conversación mantenida durante el trayecto; las palabras de Gunuk habían sido escuetas pero sin duda reveladoras, suficientes para saber la importancia de la información que ahora conocía.
—¿Pero, dónde? No es fácil dar con él, no suele dejarse ver —preguntó después.
—En Antraka, su llegada tú esperar —contestó mirando a la gran montaña que se levantaba ante sus pies, ansioso por emprender el ascenso.
—¡Te ayudaré! Estás fatigado, herido… Si me dijeras hacia dónde te diriges, ¿acaso no podría hacerte más fácil el camino? Mi cuerpo empieza a acusar el paso del tiempo pero aún mantengo la fuerza de mi juventud. ¡Siempre fui fiel a Kettke! Nada has de temer —alegó Bauros resistiéndose a izar las velas para partir.
—Tu camino hacia Antraka dirigir. El mío, quizás, retorno no tener.
—Seguro que volverás.
—Eso ahora no importar —contestó Gunuk con seriedad, convencido de lo que acababa de decir.
El pescador calló por un momento; sin duda no bromeaba, su arrojo era digno del más grande de los Kinorios. Después desplegó por fin las velas y poco a poco se adentró en el mar.
—¡Suerte! Conocerte fue un honor. ¡Eres un ser formidable! No tengas duda de que algún día tu historia será contada. ¡En un mundo en paz! —exclamó finalmente Bauros mientras Gunuk se alejaba también de la playa, empezando a subir ya por el pedregoso paraje.
La Isla de las Rocas era un sitio inhóspito, estéril e inhabitado. Lo había sido siempre y aquel día no sería una excepción. En cierta manera, Gunuk se alegró de no tener que ocultarse ante miradas indiscretas; sin embargo, el escarpado camino no sería fácil. El ligero tambaleo de su caminar incrementaba el cansancio con cada paso, y aquello que ahora portaba no era sino una pesada carga. No sólo en un sentido físico, era mucho más complejo: él había sido el elegido, Tuarkket se lo había entregado en su lecho de muerte; su rey, su amigo, aquel que había resurgido de la oscuridad para sembrar de nuevo la semilla de la esperanza. ¿Acaso habría sido capaz de imaginar alguna vez mayor honor? No podía fallar; el error no tenía cabida en aquella misión. Recordar lo que había sucedido hizo que un escalofrío lo recorriera de pies a cabeza. Eran todos pensamientos oscuros. Kettke, el Reino de los Reinos, había sido invadido por la traición, por el mal. ¿Quién habría podido pensar días atrás que esto ocurriría?
Una inmensa angustia se apoderó de Gunuk. Sólo él podría cambiar aquella situación, sólo él portaba la llama de la esperanza, sólo él…
Después de horas de camino, exhausto, paró junto a un gran peñasco que proyectaba una agradable sombra, descubrió su sayo, y miró su preciada mercancía. Parecía emitir una luz celestial, como aquella que portan los primeros rayos del amanecer. ¡Tan pequeña y tan grande! Gunuk esbozó una sonrisa mientras pensaba en su familia, en su hijo.
—Él acabará el viaje que tú hoy has de emprender —le había dicho Vendemur, el Nárako, antes de partir.
Ni mucho menos le asustaba pensar que el fin de su existencia estuviera cerca; siempre había creído que la vida era un trayecto fugaz. Sin embargo, le aterraba la idea de que pudiera perecer antes de alcanzar su objetivo. Eso era lo que debía dar sentido a su vida, quizás a su muerte. ¿De qué valdría seguir viviendo en un mundo gobernado por la tiranía? Tras sacudir su pequeña cabeza, intentando espantar la multitud de pensamientos que parecían nublar su serenidad, de nuevo emprendió su camino.
El sol brillaba con fuerza y los potentes rayos parecían clavarse abrasadoramente sobre su espalda. El sudor empezaba a brotar ya por todo su cuerpo. Sabía que debía darse prisa, la oscuridad no tardaría en llegar.
Tras echar un vistazo al radiante astro, observó preocupado la proximidad de la luna. ¡No había tiempo que perder! Kudark estaría ansioso por salir de su guarida, impaciente por viajar, aunque sólo fuera con su espíritu, para ver su esperado botín. Volvió a sonreír.
—Enorme decepción él llevar —susurró para sí mismo, aunque pronto pensó que su ira sería aún mayor y… eso no era nada bueno. Gunuk aumentó el paso. Estaba hambriento, tan cansado que apenas levantaba sus piernas, y las heridas empezaban a hacer sus movimientos cada vez más dolorosos, pero, ¿qué importaban todas esas cosas ahora?
Como si la luna empezara a devorar al sol, la claridad comenzó a sucumbir ante el ineludible fenómeno. Una desconcertante penumbra invadió cada rincón del lugar y Gunuk, haciendo un esfuerzo que parecía consumirlo por dentro, localizó por fin la gruta. No había tiempo para congratularse, cada segundo era vital.
Cuando la oscuridad casi se había hecho máxima, Gunuk, con paso errático, se adentró en la pequeña cueva. ¿Qué le depararía aquella puerta que se abría hacia mundos desconocidos? ¿Qué debería hacer tras cruzarla? Vendemur le había descrito el camino hasta llegar allí, pero… ¿y después?
A pesar de todas esas agónicas preguntas respiró profundamente, reconfortado al encontrarse por fin allí, aunque cada vez más seguro de que no volvería jamás.
Intentando echar un vistazo al mundo que le había visto nacer y crecer, giró su cabeza; pero antes de poder disfrutar por última vez de su tierra, la luna y el sol se fundieron en uno y una potentísima luz, surgida de las profundidades, lo envolvió con ferocidad.