CAPÍTULO VI
Hanna abrió los ojos confusa y con un fuerte dolor de cabeza. Su cuerpo estaba tan magullado que apenas podía moverse, y a pesar de que algunos recuerdos flotaban someramente por su mente, éstos eran tan opacos, delirantes e increíblemente irreales que tras el accidente no recordaba nada.
Lo que había pasado después era realmente un misterio y por supuesto tampoco sabía dónde estaba. Mirar a su alrededor no sirvió de mucho pues todo estaba muy oscuro, aunque parecía encontrarse bien, arropada sobre algo similar a una pequeña cama.
¿Cómo había llegado hasta allí? Quizás todo hubiera sido un mal sueño, quizás el extraño mundo en el cual creía haber aparecido sólo fuera fruto de su imaginación. Hanna sabía que hacer tantas preguntas no era bueno, sin embargo lo único que pasaba por su dolorida cabeza era precisamente eso, el afán por encontrar una respuesta.
Hambrienta y con una sed terrible, intentó llamar a alguien que la pudiera ayudar. La debilidad se hacía patente en su voz, que apenas era perceptible; moverse también fue una labor complicada, pero haciendo frente al dolor que recorría cada músculo de su cuerpo, consiguió sacar sus brazos de debajo de la pesada manta que la cubría. Tras palpar todo su cuerpo y comprobar que al menos estaba de una pieza, consiguió incorporarse y se sentó sobre el catre. Todo el proceso fue lento y doloroso, pero despacio, con mucho cuidado, pudo por fin alcanzar su objetivo. Después intentó localizar algún interruptor que mostrara la realidad de ese misterioso lugar, sin embargo no encontró nada, salvo el tacto de una pared tosca y embarrada que parecía deshacerse con el roce de su mano.
Tras volver a pedir ayuda, de nuevo infructuosamente, intentó ponerse en pie, pero muy a su pesar le fue imposible. Su dañada pierna se encontraba hinchada y cualquier movimiento de la misma resultaba tremendamente molesto. Hanna desistió de su idea, y tocando su herida, notó un pobre vendaje que parecía contener un viscoso engrudo. La mezcla era abundante y su curiosidad la empujó a coger un poco para averiguar de qué se trataba. Tras acercarla a su nariz, lo único que pudo deducir fue que olía fatal; sin embargo, el mero hecho de que estuviera siendo atendida la reconfortó, pues pensó con ironía que al menos no se encontraba rodeada de barrotes, o por lo menos eso parecía.
El tiempo pasó despacio en aquella oscura habitación y, después de unos minutos, Hanna empezó a impacientarse. El silencio era absoluto y no sabía si era de día o de noche. La idea de que todo hubiera sido un sueño cada vez lucía con menos fuerza en su cabeza y, sucumbiendo a una posición más realista, empezó a preguntarse qué habría sido de Gunuruk. También tuvo tiempo de recordar sus últimos momentos con Kron, lo que produjo la inevitable caída de algunas de sus lágrimas.
Después de una larga y claustrofóbica espera, por fin escuchó algo. Un portazo aceleró su corazón y después unos pasos que parecían provenir de una estancia superior le provocaron un escalofrío que erizó su vello. Nerviosa, retomó su posición inicial, intentando fingir que aún reposaba dormida; pero justo antes de que pudiera cobijarse bajo su manta, la puerta empezó a abrirse mecida por una sutil corriente de aire. El habitáculo fue iluminado por una luz sumamente tenue. La habitación era muy simple, sin decoración, ni ventanas, ni nada que pudiera hacer presumir dónde se encontraba. Sólo se veía una hermosa puerta tallada por la que se podía intuir el resplandor del día. Hanna se quedó inmóvil, contemplando el espacio que la rodeaba.
Estaba claro que aquel sitio era extraño, como todo lo que había sucedido, y por supuesto, aquello que recordaba no había sido un sueño.
Sin tiempo a más especulaciones, el sonido de la precipitada bajada de un individuo volvió a ponerla al borde de la taquicardia. En cierto modo esperaba ansiosa la llegada de alguien, aunque también el miedo a encontrarse con algún indeseable provocaba que alegría y temor fueran sensaciones cercanas.
Mientras acurrucaba su cabeza bajo la manta, una sombra asomó al borde de la entrada. En silencio se aproximó a la cama y, tras apreciar que algo parecía moverse sobre ella, que una respiración inquieta hacía lo posible por guardar silencio, el ser, despacio, quitó poco a poco la manta que la cubría.
—¡¡Hanna!! —dijo con su peculiar acento. Ella reaccionó inmediatamente con regocijo. Era Gunuruk, no había duda. Éste se acercó un poco más, hasta que ella casi pudo olerlo, y por fin, vio sus minúsculos ojos de nuevo.
—¡¡Gunuruk!! —dijo Hanna con cara de satisfacción, mientras su pequeño amigo le respondía con una sonrisa.
La relación que se había creado entre ellos dos, a pesar del poco tiempo que hacía que se conocían, parecía sincera e intensa. Tras unos segundos, se cogieron de la mano y observándose intentaron asegurarse de que estaban bien, a pesar de las evidentes lesiones con las que los dos contaban. Al principio sólo sonrieron, pero, poco a poco, empezó entre ellos una extraña y breve conversación en la que, a pesar de que ninguno entendió ni una palabra de lo que dijo el otro, Hanna se emocionó y empezó a llorar. Gunuruk miró entonces preocupado a su valiente amiga, que entre sollozos intentaba secar sus brillantes lágrimas.
Quizás el reencuentro con su rechoncho compañero había sido una emoción demasiado fuerte para ella, o quizás sólo fue la gota que colmó el vaso del cóctel de emociones que incompresiblemente le había tocado vivir. Sea como fuere, a Hanna le era imposible parar, y Gunuruk con su brillante y triste mirada gesticulaba intentado que recobrara su alegría, aunque ella no paraba de hablar con su voz entrecortada por el llanto.
—¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí? ¡Sólo quiero volver a mi casa! —repetía sin parar.
Pero sabía que todo aquello era en vano, y aunque pareciera increíble, lo único que la tranquilizaba era pensar que se encontraba con aquel enternecedor ser. Forzó entonces una sonrisa que brindó a su amigo, pero a pesar de ello sus lágrimas siguieron derramándose por su empapada tez. Gunuruk pareció comprender lo que le pasaba; quizás lo mejor era dejarla sola, por lo que después de despedirse de ella, transmitiéndole que luego iría, salió moviendo alegremente su trasero.
Hanna, en la soledad de aquella especie de madriguera, seguía llorando, y a pesar de intentar parar, aún pasaron unos minutos hasta que finalmente se quedó dormida. La sed y el hambre hicieron que no tardara mucho en despertarse, y después de abrir sus ojos llenos de legañas, descubrió que Gunuruk la vigilaba sentado en un pequeño taburete. Con mejor cara, Hanna esbozó una sonrisa, y después le indicó con sus manos que su sed y apetito eran tremendos. A él no le costó adivinar lo que trataba de decirle, pues dedujo que después de haber estado inconsciente durante tanto tiempo debía de estar hambrienta.
Tras abandonar la habitación con suma rapidez, bajó de nuevo con una pequeña cesta, que depositó al lado de Hanna. Ésta ya se había incorporado, y después de unos segundos de duda, se aventuró a descubrir el contenido de la canasta. Había un pequeño cántaro lleno de agua fresca, tortitas, lo que parecían ser bolas de arroz cocido y gran variedad de fruta. No tardó demasiado en saborear tan suculentos manjares, y en poco tiempo dejó vacío el contenido de la cesta. Gunuruk no perdía detalle, y con mirada alegre observaba cómo su compañera devoraba todo lo que le había llevado. Una vez que hubo concluido, tocó su barriga con gesto de satisfacción, y mirándolo, sonriente, intentó transmitirle que quería abandonar su cama. Gunuruk entonces la ayudó a destaparse, y tras un largo y costoso proceso, Hanna por fin pudo ponerse en pie.
Despacio y con cuidado, pues el irregular techo de aquella cueva casi daba en su cabeza, los dos avanzaron hasta la puerta, y ya en las escaleras decidieron buscar ayuda. Llamaron a dos de sus compañeros, y con gran predisposición, consiguieron elevar a Hanna hasta el piso superior. Ella estaba sorprendida, pues los tres seres eran idénticos. Una vez arriba, Gunuruk la miró con su inconfundible sonrisa y la invitó a sentarse en un cómodo sillón de madera maciza. Estaba fatigada, pues la falta de costumbre hacía que cualquier esfuerzo resultara extenuante y, tras unos minutos en los que no perdió detalle de la estancia superior, pareció recobrar el aliento.
Aquella edificación era muy peculiar. Ella no había visto nunca nada igual y contemplaba con admiración la robusta estructura de la cabaña sobre la que parecían esculpirse figuras de personas y criaturas desconocidas por ella. Gunuruk, por su parte, estaba enfrascado en una amena conversación con sus dos compañeros, y a Hanna, que permanecía ahora confusa, se le hacía una tarea ardua descifrar quién de los tres era él. Sin tiempo a averiguarlo, dos de ellos salieron al exterior, y presumió que el pequeño ser que se había quedado era su compañero. Después de un rato en el que los dos intentaron de nuevo mantener algo parecido a una conversación, en la que por lo menos no faltaron las risas, Gunuruk, al ver que un congénere le llamaba desde el exterior de la vivienda, se puso muy serio. Sabía que el momento había llegado; no entendía por qué aquella joven había despertado tanto interés en el Consejo pues, a pesar de que él le debía la vida, Aknus, que así se llamaba el Gran Jefe del Reino de Antraka, llamado ‘Rey de Antraka’ por muchos, sólo ocupaba su tiempo en regir el gobierno de la tierra de los Snorks, dejando las cosas banales y cotidianas para los Urus, que eran los encargados de solventar los pequeños pormenores de aquellas gentes. Sin embargo, ese día el Consejo en pleno, que casualmente estaba reunido, quería conocer a su joven amiga.
Gunuruk sabía que Hanna no podría quedarse mucho tiempo allí. Antraka era un lugar sólo reservado para los Snorks, y excepcionalmente para cualquier ser o persona que fuera a hacer negocios o intercambios; aunque también era verdad que se comportaban generosamente con aquellos que los ayudaban, y sin duda Hanna debía ser ampliamente recompensada, puesto que aquellos trabajadores seres se contaban entre unos de los que más tesoros acaudalaban.
Los dos abandonaron la cabaña y, despacio, al ritmo que marcaba la perjudicada pierna de Hanna, fueron avanzando hasta una gran edificación que se encontraba bastante cerca. Ella arrastraba un fuerte dolor de cabeza, a pesar de lo cual, con mirada hipnótica, admiraba el bello paisaje que la rodeaba.
El sol golpeaba con fuerza y el poblado lucía prácticamente desierto. Hacia un lado crecía un frondoso bosque, y al otro, al final de una pendiente llena de casas que parecían fundirse con la tierra, se veía una gran ensenada, colmada de barcos, que se abría hacia las turquesas aguas del océano. También se podían apreciar muchos islotes en el horizonte, y Hanna, tranquila, pensó que la estampa que admiraba era sin duda paradisíaca. Gunuruk daba muestras de querer llegar sin dilación a su destino, e instaba a su amiga para que se concentrara en el corto trecho que les separaba de su objetivo.
El pequeño Snork era un ser jovial, enérgico. Su alegre caminar, la eterna sonrisa que parecía no abandonarle nunca, su inconfundible tono de voz… eran todos ellos detalles que Hanna agradecía. Poseía una mirada tierna aunque viva, siempre atenta, siempre pendiente de ella. Era sin duda un ser único, con un carácter diferente al del resto de sus congéneres. Parecía que lo único que ansiara fuera estar a su lado. A Hanna le bastaron sólo unos minutos para aprender a diferenciarlo del resto, y se preguntaba con intriga qué haría tan lejos de su tierra cuando fue capturado, pues desde luego no parecía un guerrero ni nada parecido. Ningún Snork lo parecía. A simple vista, daban la impresión de ser un pueblo tranquilo, pacífico y trabajador, nada que ver con las extrañas y temibles personas que se habían cruzado en su camino hasta llegar a Antraka.
Después de llegar a una vivienda colosal, llena de florituras y adornos, en la que unos guardias les dieron la bienvenida, los dos entraron. Su llegada fue anunciada contundentemente con un carácter solemne y protocolario. Hanna, confusa, tomó asiento ayudada por una especie de asistente que vestía un peculiar atuendo. Gunuruk, por su parte, permaneció de pie, detrás de la voluptuosa silla en que se encontraba su amiga, y frente a ellos, después del pertinente anuncio, salieron en fila media docena de avejentados individuos que tomaron asiento sin decir una palabra. Una vez que todos estuvieron colocados, las grandes puertas de la majestuosa sala se cerraron, y el silencio se apoderó de ella por unos segundos. Un Snork, el que ocupaba una de las posiciones centrales, tomó la palabra, y llamó a Gunuruk. Después acudió sin titubeos el Gran Aknus, que presidía el consejo. A pesar de ser su abuelo, era una persona seria y estricta, por lo que Gunuruk se presentó ante él con una reverencia. Hanna, desde su posición, fue testigo de excepción del diálogo que mantuvieron y, pese a no saber qué decían, pareció sentirse protagonista del mismo. Tras unas palabras más, a la conversación se unieron los demás miembros del consejo, y después Aknus, ocultándose tras el gran mantel que cubría la mesa, como si quisiera protegerse de miradas ajenas, dio algo a su nieto. Gunuruk no entendía nada, e intrigado acudió junto a su amiga y le entregó el objeto que le había dado su abuelo. Ella esperaba nerviosa la llegada de su compañero que, tras situarse delante de ella, abrió sus rechonchas manos mostrándole algo que tardó poco en reconocer.
—¡Mi colgante! —exclamó felizmente, aunque el Snork pronto la animó a que se mantuviera en silencio y guardase su alhaja.
Ella lo entendió rápidamente, y tras abrochar la cadena alrededor de su cuello, la ocultó bajo la camisa que llevaba. Después correspondió con un fuerte abrazo a su compañero, que con cara de sorpresa se quedó mirando al Consejo, cuyos miembros hablaban entre sí.
Hanna fue llamada por Aknus. Era la primera vez que él la veía, y manteniendo la mirada fija en sus ojos, parecía ver más allá de éstos. Hanna estaba un poco asustada, pues el semblante serio de aquel grupo de seres le imponía un alto grado de respeto, pero poco a poco se fue acercando sin vacilar. Cuando se situó a un metro de ellos, Aknus bajó de su elevada posición y en silencio se colocó junto a ella, que tuvo que agacharse, pues el Snork no se elevaba más allá de su cintura.
El Gran Jefe de Antraka era un ser grande entre los suyos, quizás por la multitud de ostentosas prendas que lo cubrían. Una gran túnica y varios paños de llamativos colores formaban parte de su vestimenta habitual, pero en esta ocasión muchos más adornos recorrían su cuerpo. De mirada sosegada, firme, expresión seria y gesto autoritario, no había duda de que ocupaba el lugar más alto en la jerarquía de aquel pueblo. Aknus era un ser respetado, digno valedor de su cargo. Incansable trabajador, siempre había luchado por una tierra justa, libre. Los dos, ahora, sólo se miraban; sin embargo, el Snork tenía una mirada mucho más tierna. Dicha actitud sorprendió a Gunuruk, que no recordaba haber visto nunca a su frío abuelo en una situación similar. Hanna parecía haberse tranquilizado, y la bonita estampa sólo fue rota por Narsak, Uru de Bakalia y el más malhumorado de cuantos poblaban la sala, quien con necedad pareció invitar al distinguido Jefe del Consejo a que recuperara su honorable posición.
Después de unas tensas deliberaciones en las que Narsak mostró su total desaprobación, las puertas se abrieron y la reunión se dio por concluida. Los miembros del Consejo salieron primero, y tras transmitir las conclusiones de tan efímera sesión al pequeño Snork, los dos compañeros emprendieron el camino de regreso. Gunuruk no entendía nada y miraba a su amiga estupefacto, pues no sólo habían decidido no obligarla a salir de los límites de Antraka, sino que ahora poseía el estatus de Snork hasta que se recuperara totalmente. Esto alegró desmesuradamente al pequeño ser, pero no dejaba de extrañarlo, pues sólo conocía a unos pocos seres que hubieran recibido el trato de iguales, y sus gestas habían sido tan heroicas que eran dignas de ser almacenadas en los grandes libros, ya que lo habitual en esos casos era una suculenta recompensa de preciosas joyas y metales, y un amable viaje de ida hasta salir de la península de Antraka. Además, aunque en el tiempo de la recogida de los navíos la aldea se llenaba de otros seres, sobre todo humanos, actualmente el mal rondaba peligrosamente por todas partes, y a los Snorks se les enseñaba desde pequeños a desconfiar de todos aquellos que no fueran de su naturaleza.
Hanna era ajena a estas circunstancias. La situación le resultó tremendamente confusa, pero tras tocar su colgante, se alegró de haberlo recuperado. Fatigada, pidió al Snork que la acompañara a su aséptica guarida.
El día siguiente empezó temprano para ella, y con los primeros rayos del amanecer, Gunuruk apareció en su habitación para realizarle la matutina cura de su pierna. Después de destaparla y quitar su vendaje, observó que Hanna estaba sudorosa, y de nuevo parecía tener fiebre. La noche había transcurrido para ella entre pesadillas y dolores, y ahora, medio dormida, parecía delirar.
—¡¿Dónde estoy?! ¡Quiero volver! ¡Kron…! —gritaba retorciéndose en el colchón.
Gunuruk cogió un paño, y tras empaparlo de agua lo puso sobre la frente de su compañera. Ésta pareció recuperar la cordura, y agradeciendo a su amigo la atención que le prestaba, cogió delicadamente su mano. Gunuruk sentía por Hanna un profundo aprecio, no sólo por haber salvado su vida, sino también por el cariño que desprendía. Verla en aquella situación le preocupó y deprisa acudió a llamar a Metmek, el viejo curandero de la aldea; sin embargo, antes de salir observó algo extraño en la habitación. Parecía como si alguien hubiese estado allí. A pesar de ello, no perdió más tiempo y fue en busca de ayuda.
Hanna, algo mareada, esperó pacientemente y, mirando por primera vez su pierna desde el accidente del barco, observó cómo su herida casi cicatrizada reposaba debajo de una masa verdosa. Esto la desconcertó, pues tras recordar el estado en el que estaba su pierna la última vez que la vio, reflexionó acerca de los días que podría llevar en aquel lugar.
—¿Qué importa? —se dijo a sí misma, desanimada, pues ya nada tenía sentido para ella.
Gunuruk no tardó en llegar, acompañado de Metmek. Ambos se situaron junto a la cama. Mientras su esmerado amigo le limpiaba la herida y la cubría de nuevo con la extraña mezcla, el viejo curandero palpaba el cuerpo de la joven. Unos minutos más tarde ambos acabaron, y Metmek, que había estado encargándose de la larga convalecencia de Hanna desde su llegada, la instó a que siguiera durmiendo. Ella, que durante todo el proceso permaneció inmóvil, hizo caso al gesto del afable ser y cerró sus cansados párpados. Gunuruk entonces le preguntó al curandero por el estado de su amiga, y éste, sonriente, lo miró.
—Buen chico ser, Gunuruk. Tus cuidados de gran ayuda a la humana servir, pero no preocupar. Esta valiente joven todavía grandes cosas que hacer tiene —dijo en voz baja.
Hanna, que pudo escuchar la conversación, no le dio más importancia, pues a pesar de que empezaba a familiarizarse con aquel peculiar idioma, de momento se le hacía imposible entender nada.
Tras el pequeño descanso, el día transcurrió tranquilo y, quitando las comidas, Hanna pudo recuperar fuerzas, durmiendo casi todo el tiempo.
El atardecer llegó a la aldea y con él la actividad se volvió frenética. Los Snorks detestaban las horas en las que el sol brillaba con más fuerza, pues a pesar de contar con una capa de fino pelaje negro que los protegía de sufrir quemaduras, no aguantaban demasiado bien el calor, prefiriendo trabajar cuando el sol empezaba a caer. Así, a esa hora Bettnuk se llenaba de multitud de sus habitantes que parecían salir de la nada y que se movían de un sitio para otro con un frenesí agotador. Gunuruk estaba ansioso por comenzar a trabajar, sin embargo Jasnek, el Uru de Bettnuk, ciudad principal del reino de Antraka, insistió en que el Snork fuera a reposar cumpliendo con las indicaciones prescritas por Metmek. Él no estaba de acuerdo, y le transmitió a Jasnek que se encontraba mejor que nunca, pero sus palabras no sirvieron de nada, y cabizbajo volvió a su cabaña. Por el camino se acordó de Hanna y, pensando que hacía horas que no la veía, decidió hacerle una visita.
El lugar donde se encontraba su amiga era una de las cabañas Onuk, o de visita, y pese a ser fiel a la arquitectura del poblado, contaba con algunas peculiaridades para hacer más fácil la vida cotidiana de sus moradores. Techos más altos y habitaciones más grandes excavadas a menos profundidad facilitaban la labor, ya que a los Snorks les gustaba cobijarse en profundas madrigueras.
Cuando Gunuruk estaba a punto de llegar, algo le sorprendió. En el abrigo de la noche, alguien, anónimamente ataviado con un gran sayo, pretendía entrar en la cabaña. Rápidamente y con mucho sigilo, lo siguió. El ser se encontraba ya dentro, y con el mismo silencio con que era seguido por el joven Snork, bajaba ahora las escaleras que daban acceso a la oscura habitación. Gunuruk esperó en la estancia superior hasta que el enigmático ser bajó las escaleras y se introdujo en la sala. Cuando estuvo dentro, malhumorado, bajó hasta la puerta que se encontraba medio abierta. Por supuesto, no iba a permitir que nadie intentara hacerle daño a su desvalida amiga; sin embargo, mirando por el estrecho hueco que dejó la puerta, pudo ver cómo, sorprendentemente, aquel desconocido se sentó y observó fijamente a Hanna. La oscuridad era casi total, sin embargo esto no era impedimento para un Snork. Gunuruk, en silencio, decidió esperar a ver si sucedía algo. En un principio casi tuvo la rotunda convicción de que se podría tratar de Metmek, pero unos segundos más tarde el ser descubrió su rostro tapado hasta ese momento con una enorme capucha y….
—¡¡Abuelo!! —gritó Gunuruk, que perplejo vio cómo aquel individuo era ni más ni menos que Aknus.
Éste reaccionó con un gesto de suma sorpresa, e inmediatamente salió de la habitación. Cogió a su nieto por el brazo y los dos subieron las escaleras con tal precipitación que pensaron que habían despertado a Hanna. Sin embargo, ésta siguió dormitando, ajena a tan peculiar encuentro. Una vez arriba, en voz baja, y guardándose de miradas ajenas, tuvieron una larga conversación en la que Aknus desveló a su nieto un secreto que llevaba años guardando, un secreto que sólo unos pocos sabían en Antraka y en todo Kettke. A Gunuruk le asaltaron multitud de sensaciones, y tras despedirse de su sereno abuelo, ya no pudo pegar ojo en toda la noche.
—¿Cómo era posible? —se preguntaba incesantemente sin dar crédito a las reveladoras palabras de Aknus.
Eso no era lo que esperaba, ni mucho menos. Múltiples preguntas tan importantes como el futuro de su pueblo ya no dejaron de repetirse en su rechoncha cabeza.