CAPÍTULO VII
A la mañana siguiente, Hanna también se despertó pronto. Los primeros rayos de sol se colaban ya por el pequeño hueco que dejaba la puerta, y sumamente reconfortada por el obligado descanso, se levantó de su mullida cama. La herida tenía muy buen aspecto y su cojera parecía haber menguado notablemente, así que se animó a subir sola las escaleras. Todo estaba muy oscuro, pero guiada por la luz que manaba de la estancia superior no tuvo problemas.
Una vez arriba se encontró a Gunuruk, quien, sorprendido, pareció animarla a que bajara de nuevo a descansar; sin embargo, Hanna hacía mucho tiempo que no se encontraba tan bien. El continuo pensamiento de volver a casa se hacía inevitable. Con todo, también quería conocer a aquellos extraños seres y su forma de vida.
El Snork sólo consiguió convencerla para que tomara asiento, y después de su cura diaria los dos salieron al exterior. Hanna y Gunuruk dieron una pequeña vuelta por los alrededores de la cabaña, pero no alargaron demasiado el paseo, pues sabían que no debían abusar de las menguadas fuerzas de su pierna.
Ella notó rápidamente que Gunuruk estaba un poco raro ese día y en ocasiones parecía quedarse anonadado mirándola. Tal actitud le resultaba graciosa, y caminando lentamente pudieron disfrutar de las espectaculares construcciones de Bettnuk.
Aunque no salieron del centro de la gran aldea, Hanna admiraba impresionada todo lo que la rodeaba. Los Snorks parecían ser grandes artesanos de la madera; con una técnica y creatividad digna de mención, erigían grandes edificios con tallas y figuras espectaculares.
La peculiar pareja iba chapurreando en sus respectivos idiomas, y ella hacía lo posible por aprender nombres, palabras y todo aquello que le facilitara la comunicación en aquel lugar.
A pesar de que los Snorks eran seres muy rudimentarios y sencillos, aquella parte del poblado aglutinaba las construcciones más ostentosas: el palacio, la gran sala del Consejo, lo que parecía ser un gran museo y el altísimo mirador, al que no pudieron subir, pues el gran número de escalones que tendrían que recorrer le hizo desistir de la idea.
Según avanzaba la mañana, el potente sol empezó a brillar cada vez con más fuerza, y Gunuruk decidió dar por terminada la visita. Viendo el acalorado estado del Snork y notando que su cojera se acentuaba, Hanna aceptó el ofrecimiento y juntos volvieron por las ya poco concurridas calles de Bettnuk.
Estaba muy contenta y no dejaba de preguntar cosas a Gunuruk, que con una sonrisa intentaba saciar el voraz afán de aprender de su amiga. La comunicación no era ni mucho menos fluida, en realidad la palabra comunicación no describía lo que aquellos dos seres hacían; pero a pesar de ello, Hanna ponía todo su empeño en conseguir comprender aquel arcaico lenguaje.
Huyendo de la feroz radiación solar, los dos pasaron el resto de la mañana en la cabaña. El tiempo avanzó con amena rapidez, y entre risas, gestos y la buena voluntad por intentar tener una conversación, la hora de la comida llegó por sorpresa, avisada por el sonido de una campana.
Normalmente Gunuruk le llevaba el almuerzo a su amiga, pero ese día animó a Hanna a que acudiera a comer con la mayoría de los moradores de Bettnuk al gran comedor de la ensenada. Lo habitual era que los diferentes seres no Snorks que estaban en la aldea tuviesen sus provisiones y comieran en sus cabañas, y sólo en ocasiones se reunían con ellos en el comedor para celebrar un gran encargo, la recogida de barcos o pedidos muy especiales, pero Hanna, como había decidido el Consejo, era ya un Snork, por lo que estaba en su derecho de ir allí.
El comedor se encontraba junto a la costa, y pese a no estar lejos, Gunuruk decidió buscar ayuda. Haciendo un sonido muy agudo con su boca, llamó a un compañero, y juntos fueron a buscar algo. Al poco rato, mientras Hanna esperaba en la bonita entrada de la cabaña, su amigo apareció con un carro tirado por un animal muy peculiar, que parecía una mezcla entre un pequeño burro y un gran perro lanudo. En realidad, no tenía definición para él, por lo que decidió preguntar con un eficaz gesto el nombre de tan curioso animal.
—¡Lewik! —respondió Gunuruk, y después los dos pasaron unos minutos acariciando al dócil cuadrúpedo.
Los Lewik, a pesar de ser bestias pequeñas, eran tremendamente robustos. Sin un aparente esfuerzo, fueron transportados hasta su destino. Hanna miraba con admiración esa zona, hasta ahora desconocida para ella, por lo menos en lo referido a los detalles que desde su posición podía ver. Multitud de enormes cabañas poblaban densamente aquel lugar, y unos enormes hangares al borde del agua cobijaban de las posibles inclemencias del tiempo a los Snorks que allí realizaban sus trabajos. Hanna pudo deducir que la principal labor de esos seres era construir embarcaciones, pues los esqueletos de pequeños y grandes buques inacabados llenaban toda aquella franja. Otros muchos flotaban ordenados a lo largo de un extenso muelle de madera. Gunuruk iba explicándole las diferentes zonas y edificios de aquella especie de artesanal astillero, y aunque ella no entendía mucho, la comunicación entre ellos cada vez resultaba más didáctica. Los pocos Snorks que Hanna vio parecían dirigirse a un punto común. Con su peculiar paso y algo sofocados, lentamente, fueron entrando en un bonito y enorme edificio que a nuestra amiga le recordó los grandes establos de las zonas rurales; aunque, claro está, sin la belleza de la multitud de detalles que seguramente gran cantidad de manos artesanas habían hecho allí. Ellos también se dirigían hacia aquel sitio, y una vez llegaron, ataron su Lewik junto a otros muchos que se encontraban cómodamente cobijados bajo la sombra de un gran tejado habilitado para tal fin.
Hanna se puso muy nerviosa, pues el tumulto que se escuchaba era impresionante y, ya en la entrada principal, invitó a Gunuruk a que fuera el primero en pasar. La presencia de la esbelta joven no pasó desapercibida, y desde que cruzó las dos grandes puertas de la entrada, todos los allí presentes, con la mirada fija y penetrante, la observaron intrigados. La mayoría ya sabía de su existencia, pero muy pocos eran los que la habían visto. Ante tanta expectación, una muy sonrojada Hanna fue avanzando por el colapsado comedor detrás de su amigo y mirando al suelo.
Desde una de las mesas del fondo, Yasnek alzó su mano, y tras llamar la atención de Gunuruk, lo invitó a que se reuniera con ellos. El pequeño Snork y su compañera aceleraron el paso, y después de atravesar el larguísimo comedor, llegaron hasta la mesa. El Uru de Bettnuk se encontraba saboreando una gran pieza de fruta, y sonriente, ofreció asiento a los dos jóvenes. Una vez que estuvieron acomodados, Hanna, hambrienta, miró los alimentos que poblaban la mesa y que sobre unas compactas bandejas de madera esperaban a ser devorados. La dieta de los Snork se componía fundamentalmente de cereales o arroz en forma de tortitas, verduras y gran cantidad de fruta, siendo este último un alimento que degustaban con suculenta voracidad.
Copiando a su amigo, que ya saboreaba su almuerzo, Hanna se animó a probar los sabrosos manjares. Los cubiertos sobraban en aquel gran comedor, ya que todos se servían únicamente de sus manos para coger, partir y seleccionar su comida; nadie parecía tener ganas de conversar, y todos los Snorks se afanaban en engullir ruidosamente la mayor cantidad de alimentos, concentrándose en tal labor con una actitud asombrosamente animal.
Unos minutos más tarde, casi no quedaba nada que llevarse a la boca, y una vez que hubieron terminado, a todos los allí presentes se les sirvió un pequeño cuenco con un liquido similar al té. Parecía ser el momento de la tertulia pues, si durante el almuerzo a Hanna le costó oír alguna palabra, ahora todos ellos no paraban de hablar. La mesa en donde se encontraban no fue una excepción, y entre la docena de comensales que allí estaban empezaron a entablarse diversas conversaciones en las que todos parecían querer hablar con todos. Gunuruk miraba a Hanna con satisfacción, y con gestos la animó a que bebiera el turbio líquido.
—¿Cómo la humana estar, pequeño nieto de Aknus? —preguntó Yasnek a Gunuruk.
—Débil aún encontrar, descansar debe, pero cada luna que pasa mejor estar parece. Metmek predecir que con la llegada de los vientos recuperada totalmente estar.
—El gran Aknus ordenar que como igual tratada fuera y como igual tratada ser; en lo que a ti respectar, como castigo a tu inconsciente fuga a la isla de Tover, cargo hacer de ella hasta que emprender su viaje poder —dijo Yasnek con tono serio y después continuaron hablando de temas más banales.
Hanna no perdía detalle, y saboreando el digestivo líquido del cuenco, escuchaba con atención las amenas conversaciones que se alargaron hasta bien entrada la tarde.
Cuando el sol comenzó a caer, otra campana anunció el final del curioso descanso. Hanna empezó a conocer esa tarde el peculiar comportamiento de aquellos seres, pues un Snork podía estar conversando animadamente para un momento más tarde yacer en un profundo sueño, tirado en el suelo o sobre la mesa. Además, a pesar de que parecían hablar de una forma muy racional y con un lenguaje bastante elaborado, también mostraban unos instintos marcadamente animales. La verdad era que aquellos pequeños seres le resultaban sumamente desconcertantes. De vuelta a su cabaña, perpleja, no dejaba de pensar cómo unos individuos que podían ser capaces de realizar tales obras de arte, rebosantes de técnica y creatividad, podían tener un comportamiento tan inestable, rudo e instintivo. Gunuruk, por su parte, parecía no haber perdido la sonrisa en todo el día, y feliz, pensaba en que su castigo no era sino un dulce premio.
Con la ayuda del sumiso Lewik, los dos retornaron hasta la cabaña. El sol comenzaba a mostrarse con un tono rojizo y los Snorks parecían estar en el momento de mayor actividad del día. Al atravesar el denso poblado de la ensenada, Hanna pudo ver por primera vez y con una tremenda ilusión a los vivaces infantes Snork, que torpemente perseguían con su peculiar y gracioso caminar el pequeño carro, como si de juguetones cachorros se tratase. Hanna no pudo evitar acordarse de Kron, e intentó contener sus lágrimas. Gunuruk paró preocupado y, mirándola, le preguntó qué le pasaba. Hanna limpió sus empapados ojos, pero antes de poder decir nada, los Snorkys que los perseguían se subieron al carro y comenzaron a oler a Hanna, que sorprendida soltó una gran carcajada pues con el roce de sus pequeños hocicos le estaban haciendo unas cosquillas terribles. Gunuruk también empezó a reírse y continuó la marcha ahora con cinco pequeños pasajeros más. Ella se dio cuenta de que su compañero debía de ser un ejemplar joven, pues a pesar de no tener la apariencia menuda y vivaz de un Snorky, tampoco se parecía mucho a los Snorks adultos.
Cuando llegaron a la cabaña, después de despedirse de los incansables Snorkys, Hanna se bajó del concurrido transporte. Gunuruk y los alborotados chiquillos dieron media vuelta para bajar, de nuevo, rumbo a la ensenada. Hanna se encontraba bastante cansada y decidió esperar reposando sobre un gran butacón que había en la estancia superior. Gunuruk no tardó mucho en llegar, y esta vez solo y con el pequeño carro lleno de cosas, aparcó en la entrada del refugio.
Hanna, que había acabado quedándose dormida, cuando despertó, observó sorprendida cómo todo había cambiado a su alrededor. Su amigo se encontraba en el centro de la cabaña y con una técnica muy eficaz, acababa de encender una pequeña hoguera. La habitación ahora estaba llena de cosas que ella ni siquiera sabía para qué servían, aunque de entre todas hubo una que provocó que se levantara de su asiento precipitadamente.
Dentro de un gran cesto de mimbre, sobresaliendo entre varios objetos de madera, barro, y otros utensilios de hojalata, se dejaba ver una bonita daga de metal. Era tan brillante que parecía resplandecer con la irregular luz que brotaba de los trozos de madera que ahora ardían con fuerza. Sin duda era un objeto inconfundible.
«¡Es la daga que encontré!», pensó agitada, recordando el momento en el que la vio.
Hanna siguió acercándose, despacio, pues su pierna parecía no haber despertado aún, pero ver aquel objeto de nuevo hizo que su corazón palpitara con fuerza. El ruidoso esfuerzo por llegar hasta el cesto alertó a Gunuruk, que se afanaba por alimentar la pequeña pira.
—¡¿Qué es eso?! —dijo Hanna señalando la daga. El Snork se puso un poco nervioso. Ni siquiera se había dado cuenta de que su amiga se había despertado, y actuando rápidamente e interponiéndose entre ella y el cesto, empezó a sacar todo su contenido muy deprisa, colocándolo en el suelo mientras parecía ir diciendo en su lengua qué era cada cosa. Ella esperaba inmóvil a que por fin llegara el turno de aquello que le había provocado tanta intriga, pero un par de minutos después, el cesto estaba vacío y la daga había desaparecido.
—¿Dónde está la daga que había dentro? —preguntó ella mientras avanzaba para comprobar que efectivamente el cesto estaba completamente vacío.
Gunuruk la miró con sorpresa, pues parecía no entender qué le decía; y cogiendo el cesto, que era casi tan grande como él, le dio la vuelta para demostrar que efectivamente allí no había nada. Después salió de la cabaña sin decir ni una palabra, montó en su Lewik y unos segundos más tarde se perdió en el oscuro camino.
Hanna, sin moverse, buscó con su vista lo que sin duda había observado cuando despertó, pero tras unos minutos y después de mirar dentro de cada uno de los muchos objetos que ahora poblaban el suelo, desistió.
—No puede ser, yo la vi, yo la vi… —se repetía. Resignada, volvió lentamente a su asiento, y pensando que quizás todo hubiera sido producto de su imaginación, se sentó de nuevo en el butacón. A pesar de ello, obsesionada por lo que había pasado, tardó poco en levantarse. Quizás sólo hubiera sido su imaginación, pero una vez tuvo aquella daga en su poder, eso sí era real; de hecho recordó cosas de su llegada a aquel mundo que casi había olvidado. Entonces ya no pudo quitársela de la cabeza. ¿Qué había pasado con ella? Sin duda la guardó junto a su colgante, en el bolsillo de su pantalón. Si los Snorks le habían dado su colgante, entonces, ¿tendrían también la daga?
A Hanna no le preocupaba que se la hubieran quitado. Ni por un momento pensó en su valor o cosas parecidas; de hecho hasta que le pareció verla no se había vuelto a acordar de ella. Eran cosas más complejas lo que recorrían su cabeza en ese momento.
—Yo la he visto —volvió a repetirse angustiosamente. Sin embargo, no estaba segura. Muchos eran los sueños y pesadillas que había tenido en esos días, delirios que la recorrían cada vez que dormía, fundiendo lo real con lo ficticio. Hanna empezó a dudar entonces de su cordura. Gunuruk no podía haberla engañado. A lo mejor sólo se había perdido en el naufragio, pero a pesar de todo seguía pensando que sin duda la había visto en aquel cesto. Sintió entonces una sensación terrible; no entendía nada, todo eran preguntas que se iban sumando en su cabeza, y de momento no tenía ninguna explicación.
Gunuruk llegó muy excitado a la gran morada de su abuelo, y golpeó con fuerza la puerta de entrada. Fue recibido por uno de los guardias que se encargaban de la vigilancia de la vivienda.
—Qué querer, joven Snork —preguntó el pertrechado guardia. —Ver necesito a Aknus, muuuy urgente ser —contestó. El guardia tardó poco en darse cuenta de que era Gunuruk, y tras abrir las grandes puertas, le dejó pasar.
—¡Aknus! —gritaba mientras iba avanzando pasillo adentro. —¡¡Qué pasar aquí!! —gritó el Snork con su peculiar voz en un tono un tanto enfurecido ante aquel alboroto.
—Hanna ser, abuelo, la daga de Gunuk ver. Yo nada poder hacer, aunque rápido yo cogí. Yo cuenta no dar. Tú devolver para que yo guardar; pero importante, muy importante ser, yo conmigo querer tener —dijo mientras sacaba de su cintura la daga que se encontraba oculta debajo de su ropa.
Aknus cogió inmediatamente a Gunuruk del brazo y lo introdujo dentro de una habitación, tratando que se calmase.
—Pequeño descuidado, ella saber no puede, aquí peligro tener, su única seguridad ser su ignorancia y el secreto que yo y ahora tú también portar, nosotros no saber que ella conocer. Vendemur predecir lo que ahora pasar, él decir que nada de Kettke deber saber, importante ser, sólo cuando su espíritu preparado estar entonces su curiosidad sofocada ser.
Aknus suspiró durante unos segundos mientras trataba de comprender si realmente aquella fortuita visión podría suponer un problema. A lo mejor Hanna sólo quería recuperar lo que asumía como propio, pero la situación no debía ir a mayores. Tras dar un par de vueltas por la estancia, siempre bajo la atenta mirada de su nieto, los dos salieron en silencio. Aknus vestía una gran capa que cubría todo su cuerpo y con paso veloz, intentando no llamar la atención, llegaron hasta la cabaña. Hanna se encontraba muy nerviosa y de nuevo revolvía impacientemente todas las pertenencias de Gunuruk.
—¡Hanna! —exclamó Aknus con su potente voz. Al ver el talante serio de los dos Snorks, pareció calmarse. Tras volver en sí, sorprendida, con un intenso sentido de culpa al ver cómo la cabaña estaba ahora patas arriba, se acercó hasta ellos y pidió disculpas.
—Lo siento, yo no quería hacer esto, yo sólo buscaba una… —dijo ella mientras hacía un gesto con sus manos, indicándoles lo que buscaba.
Las reacciones de Aknus con Hanna no dejaban de sorprender a Gunuruk, que miraba incrédulo cómo su abuelo, a pesar de su malhumor, parecía no poder evitar tocar suavemente la tez de la joven que arrodillada se encontraba justo delante de ellos. La ternura que el gran jefe mostraba hacia ella era desconocida para el pequeño Snork, que no recordaba reacción igual de su abuelo con ningún otro individuo.
Hanna, reconfortada por la aparente comprensión que mostraba el avejentado ser, parecía estar más tranquila, y cogiendo aire, se levantó despacio. Después Aknus la invitó a sentarse junto a él en un gran banco, mientras Gunuruk, echándose las manos a la cabeza, y recorriendo inquieto la cabaña, se preguntaba cómo alguien en tan poco tiempo podía haber causado tal desorden.
Hanna se sentía muy mal y trataba de explicar a los dos Snorks su extraño comportamiento.
—Yo sólo vi algo, estoy convencida, lo vi. Era una pequeña daga que encontré cuando llegué…
Aunque antes de que pudiera acabar, Aknus le pidió que no siguiera; a él le resultaba imposible conocer con exactitud lo que le decía en su complejo lenguaje, y Hanna, claro está, también se dio cuenta de ello.
Después de que el Snork avivara el fuego, los tres se sentaron a su alrededor, no sin antes dejar calentando en la hoguera una extraña infusión. Gunuruk, después del primer susto de la noche, disfrutó mucho de aquella velada, y aunque no se alargó demasiado, pudo pasar un agradable rato al lado de su amiga; pero sobre todo con su abuelo, el cual no se mostraba tan cordial desde hacía tiempo. Ahora Aknus era un ser serio, aparentemente perturbado por el incierto destino de su pueblo y de los demás reinos, aunque todos contaban que una vez fue un ser tierno y risueño, que apoyó incondicionalmente al reino de Kettke, y que afrontó con verdadera esperanza e ilusión el retorno de los legítimos reyes al Reino de los Reinos; aunque, claro, ése no era sino otro triste capítulo de la historia de aquel extraño mundo.
Hanna decidió beberse otra taza de aquel delicioso líquido, tras la cual pareció sumirse en una profunda somnolencia que la obligó a abandonar la sala para retirarse hasta su subterránea habitación.
Aknus también debía marcharse, pues su cargo dejaba poco tiempo al esparcimiento, más ahora que los turbulentos tiempos que corrían acompañaban a cada decisión de inciertas consecuencias; sin embargo, antes de volver al trabajo, instó a su feliz nieto a que le acompañase, pues debía mostrarle algo importante.
El cielo aquella noche se encontraba despejado, y multitud de estrellas brillaban en la oscuridad. Tras cerciorarse de que Hanna ya dormía, y después de apagar el pequeño fuego, los dos salieron de la cabaña. El frescor de aquellas horas se hacía patente, y los Snorks aprovechaban el descenso de las temperaturas para realizar los trabajos más acalorados. La morada de Aknus se encontraba en una de las zonas menos transitadas de la aldea. No obstante, el subir y bajar de los esmerados operarios era continuo, y en las calles de Bettnuk la actividad era incesante.
—Nosotros muchos encargos tener que realizar, los vientos pronto llegar —dijo Aknus que, anónimamente, y cubierto por su gran saya, cruzó la calle mirando pensativo a una pareja de Lewiks que portaban un descomunal tronco con la ayuda de multitud de ruedas de madera, como si de un gran trailer se tratara.
—¿Qué es tan importante que decirme querer? —preguntó el pequeño Gunuruk, aprovechando que Aknus había roto el silencio que hasta ese momento les había acompañado en el camino de vuelta.
—Poco quedar ya para llegar, no impacientar, ni siquiera en la aldea a salvo estar de indiscretos oídos.
Unos minutos más tarde, sin decir una palabra, los dos llegaron a la puerta del palacio. El guardia, al ver al viejo Snork que ya mostraba su rostro, se apresuró a abrir. Tras realizar un reverencia al paso del Gran Jefe, la entrada quedó de nuevo sellada.
La cabaña de Aknus era la más grandiosa de cuantas ocupaban la aldea. Contaba con su propia sala de reuniones y con una de las pocas bibliotecas de Antraka, pues los libros eran un privilegio sólo al alcance de aquellos a los que les pudieran servir de utilidad, y los Snorks desde luego no eran grandes lectores, ni mucho menos buenos redactores; así que los pocos escritos que allí se podían ver sólo describían con un lenguaje pobre y caligrafía peculiar la vida cotidiana de las aldeas pertenecientes al territorio de los Snorks, lo que se resumía básicamente a los libros de actas de cada año, donde se registraban en su mayoría los trabajos realizados, las ganancias percibidas y las cosechas recogidas.
Gunuruk se encontraba impaciente y esperaba nervioso la llegada de su abuelo, que había abandonado la biblioteca por una especie de oculto pasadizo. Aknus tardó poco en volver. Portando un gran libro de deficiente encuadernación, que más bien parecía un cúmulo de pergaminos, llegó a la gran mesa y lo abrió.
—Venir aquí —dijo seriamente mirando a su nieto—. Esta noche cosas saber que quizás temor producir. No preocupar tienes. Tú, pequeño nieto de Aknus, hijo del valeroso Gunuk, el Snork guerrero, también conocer debes lo que de tu persona en el gran libro de Vendemur decir. Tú también tiempo de preguntas hubiste de tener, quizás hoy las verdaderas respuestas encontrar.
Gunuruk, sorprendido, no entendía nada, e incapaz de contener sus nervios no sabía si realmente quería descubrir aquello que su abuelo se disponía a mostrarle o si prefería salir huyendo para refugiarse en su madriguera.
—Yo nada entender, yo sólo pequeño Snork que su padre querer encontrar ser, el libro de Vendemur reservado para aquellos que grandes cosas realizar, muchos de ellos siguiéndolo perecer sólo conseguir —dijo con voz temblorosa.
Gunuruk no sabía qué más decir. Él nunca quiso ser un Snork normal. Cada noche soñaba intentando imaginar las enormes aventuras que su abuelo y su padre, al que apenas conoció, vivieron en el último reinado de Kettke; pero el libro de Vendemur era algo que escapaba a su razonamiento. Muchos seres de aquel extraño mundo conocían la existencia del libro del intrigante Nárako, pero pocos eran los que tenían el privilegio de poder hacer uso de él.
En el libro de Vendemur no se narraba el futuro, simplemente se mostraban acontecimientos que quizás pudieran suceder. Sólo dependía de sus protagonistas. El futuro no estaba escrito pero sí el presente, y a veces tener constancia de hechos y situaciones que podían llegar a acontecer era el medio para que el mañana incierto se convirtiera en el presente esperado. En ocasiones sus palabras no eran fáciles de interpretar, muchas cosas podían parecer decir y sólo una significar, pero ésa era la única forma para que los protagonistas de los hechos que marcarían la marcha del mundo pudieran encontrar una ayuda o un impedimento en estas hacendosas notas, cuya incomprensible procedencia sólo sabía aquel que tenía el poder de escribirlas, o por lo menos eso era lo que siempre supuso Gunuruk.
Cargándose de valor, el pequeño Snork se subió a un robusto banco, y poniéndose a la altura de su abuelo miró el libro. Conocida era por todos la existencia de tales pergaminos y muchas de las profecías circulaban por todas partes, llenas de una mística que, en ocasiones, se hinchaba con la interpretación de los no pocos que con su labia fácil llenaban de mentiras la realidad de aquellas notas. Pero cierto era también que sólo los elegidos podían llegar a ver lo que en allí se relataba.
—¡Nada ver! —dijo Gunuruk, que tras un segundo de desilusión, respiró aliviado al creer que su abuelo se había equivocado de persona.
—A veces, sólo a veces, nuestra mirada ver no querer cosas que nuestro corazón observar no dejar, a tu interior mirar. ¡Tu daga coger! —dijo Aknus con su habitual talante serio.
Gunuruk, nervioso, casi no se atrevía a levantarla de la mesa. Ayudado por las firmes manos de su abuelo, empezó a pasarla a pocos centímetros de las viejas y rotas hojas del libro.
—Dentro de ti mirar, creer, sólo así ver, daga ayudar, fuerza dar —repetía su abuelo. El pequeño Snork deseaba que allí no apareciese nada, tenía miedo; pero sin duda creía, sentía la fuerza en su interior, y la realidad se mostró tan fría y contundente como la afilada hoja sobre la que ahora se reflejaban las palabras del misterioso libro. Gunuruk, al verlas, pegó un pequeño salto y cayó al suelo desde el banco.
—Ahora tú ver, pequeño. La daga de Gunuk valor a ti dar, ella sacar de ti la fuerza que tú necesitar; la esperanza, a veces sólo eso ser, objetos mágicos son aquellos que nuestro espíritu hacen aflorar.
—No, no, no —decía sin parar—. Yo sólo insignificante Snork, no, no, no. —Tu padre también insignificante Snork ser, pero grandes cosas realizar. Su obra por su hijo debe acabada ser, pequeño Gunuruk. Tu enorme valor demostrado ya fue, tu visita a la Isla de Tover coincidencia no ser —dijo Aknus mirando fraternalmente a su nieto.
—Yo por casualidad a ti escuché leer, después viaje preparar, mucho miedo tener, sólo estar, pero yo dispuesto a mi vida dar sólo para Gunuk yo encontrar. Libro no hablar de mí, sólo mi padre nombrar.
—No, Gunuruk, tu deber tener que afrontar. Tú no escuchar por casualidad, tu destino acudir era, y yo para ti leí aquellas palabras de Gunuk no hablar, sino de su valiente hijo. Ven, leer.
Aquella última frase impactó a Gunuruk, pues le parecía imposible que su persona fuera mencionada en el libro, ya que tales actos sólo podían ser comparados con el coraje que demostró Gunuk. El pequeño Snork cogió fuerzas y se dispuso a leer. Aquellas páginas vacías lucían ahora llenas de conocimiento, y el pequeño Snork, aceptando que había sido elegido para honrar la memoria de su querido padre, leyó, ahora sin la pesada carga del terror que minutos antes se había apoderado de él.
«… en la Isla de las Rocas, por Tover conocida, en el lugar donde, con la primera oscuridad después del reino caído, se fugó la ilusión de muchos. Allí surgirá de nuevo, tras catorce cosechas, en la séptima oscuridad, lo que un día entregado por Tuarkkett fue, esperanza de Reinos, fuerza de Reyes. Sólo un Snork su guía ha de ser, pequeño y grande a la vez, fuerza de aquel que una vez su destino entregó, misma sangre, diferente ser, igual valor…».
Después de su primer contacto con el Gran Libro de Vendemur, Aknus se marchó y Gunuruk pasó toda la noche leyendo. A pesar de sus ostentosas tapas, el libro sólo contaba con unas viejas y gruesas hojas que ni siquiera se encontraban encuadernadas, pero la capacidad lectora de los Snorks era bastante reducida. Además, el lenguaje con que se describían los acontecimientos era la antigua lengua de Kettke, compleja y difícil de interpretar en la mayoría de las ocasiones, así que ya con los primeros atisbos del amanecer, el fatigado Snork, coincidiendo con la última frase, se quedó dormido sobre la mesa.
Por la mañana, Aknus entró en la biblioteca y con agrado vio cómo Gunuruk había sucumbido al cansancio. Él también había estado trabajando duro aquella noche, pues la fecha de entrega de muchos de los encargos se acercaba, y todos los años en los meses anteriores a la llegada de los vientos, el ritmo con que se trabajaba en todo Bettnuk era frenético. Ese año, por desgracia, era la menor de sus preocupaciones, pues una de sus decisiones había sido extrema, tanto que desobedecía radicalmente el honorable código de Antraka, y sobre todo, al suyo propio. Sabía que llegado el momento muchos serían los que lo acusarían de traidor, pero, a pesar de ser ésta una decisión que quizás tuviera como consecuencia la muerte de muchos de los suyos, no había otra opción. Mientras la mayoría de los seres que habitaban aquel mundo vivían sin saber lo que en un futuro bastante cercano les iba a suceder, sólo algunos como él conocían ya la inminente realidad, la terrorífica oscuridad que poco a poco se iba haciendo patente en muchos lugares. Antraka también sería uno de ellos, pero aún había esperanza, y Aknus había arriesgado demasiado como para sucumbir a la desesperación.
Tras situarse junto a su nieto, con cuidado, cerró las tapas del libro y, en silencio, se perdió por el discreto y anónimo hueco en donde guardaba los valiosos escritos. El gran libro era mucho más amplio de lo que Gunuruk creía, pues narraba acontecimientos de mucho antes del reinado de Oddeon; sin embargo, el joven Snork había leído suficiente, sólo unas hojas. Él no debía conocer todos los augurios, y menos los futuros, pues su abuelo sabía bien que a veces la incertidumbre que provoca el desconocimiento agudiza los sentidos y mantiene el cuerpo alerta, pues en ocasiones la realidad es tan injusta que quiebra la esperanza, y el futuro de su nieto dentro de poco estaría lleno de peligros.
Después de cerrar el armario con su curiosa llave, volvió a subir y despertó a Gunuruk, instándolo a que fuera con Hanna. El Snork, con continuos bostezos y totalmente somnoliento, caminó como pudo hasta llegar a la cabaña. Después no se molestó ni siquiera en bajar hasta la habitación, y tras revolcarse en la tierra del recibidor, tardó poco en quedarse dormido, aunque a pesar de lo que en su estado pudiera parecer, el pequeño Snork no dejó de pensar en lo que había leído.