CAPÍTULO II

Por fin el autobús llegó al colegio y, puesto que la excursión ocupó aquel día el horario lectivo de la tarde, Hanna fue a cambiarse a su habitación para ir a disfrutar de sus merecidas horas de libertad.

Joseph la acompañó, pues se dirigía a la biblioteca, y después de despedirse invitó a su amiga a que antes de marcharse fuera a visitarlo.

—¡No olvides pasar a verme! Debo enseñarte una cosa —dijo mientras continuaba su camino.

Una vez en la habitación, Hanna abrió su armario. Después de cambiar el uniforme por su ropa de calle, fue a la mesilla y cogió su pequeña manta. Desplegándola, buscó su lastimada cadena, pero para su sorpresa allí no había nada. Hanna meditó unos segundos, confusa; pues a decir verdad, aunque ése era el sitio habitual en el que la solía guardar, con todo lo que había sucedido no conseguía recordar si realmente la había dejado allí.

«¡Hanna! Tienes que ser más ordenada», dijo para sí misma. Tras mirar el gran reloj de la pared, no perdió más tiempo, y tomando buena cuenta de las palabras de su compañero, se dirigió hacia la biblioteca para ver qué quería.

Cuando llegó se encontró las puertas cerradas. Las herramientas de los obreros que aquella mañana habían estado trabajando la animaron a llamar antes de entrar.

Con mano firme golpeó tres veces las enormes puertas de la entrada principal y el sonido se transmitió con rapidez a través de la gran sala.

Joseph, a pesar de encontrarse en la otra punta ordenando unos libros, reaccionó de inmediato.

—¡Adelante! —gritó contundentemente, aunque al ver que se trataba de su amiga, con un tono mucho más amable se dirigió hacia ella—. Pasa, Hanna, te estaba esperando; mira lo que tengo para ti.

Después de coger algo que se encontraba encima de una mesa, se acercó a ella y le entregó un pequeño paquete atado con unas cuerdas. Ella se puso muy nerviosa y, tras varios intentos en los que procuró no estropear el papel, al final optó por romper el envoltorio que dejó ver su resplandeciente cadena. Lucía tan brillante que parecía nueva. La reparación había sido perfecta, pues no recordaba que nunca antes hubiera tenido tan buen aspecto. Hanna, muy contenta, dio un gran beso en la mejilla a su amigo, y éste, nervioso, no pudo evitar ponerse tremendamente colorado.

—¿Qué te parece? No es un gran regalo, pero creí que te haría ilusión. Perdóname por irrumpir en tu habitación. Estabas dormida y no quise despertarte; además, si lo hubiera hecho ya no habría sido una sorpresa —dijo él, dándole también un bonito ramo de flores, que en un principio iba a ser el regalo original.

Hanna miró a Joseph mientras sus ojos brillaban de emoción.

—Muchas gracias. Como siempre, había perdido la esperanza de recibir algo — dijo gratamente sorprendida. Después de echarle otro vistazo a su cadena, la guardó en su bolsillo.

—No es nada —contestó él antes de mostrar una sonrisa que reflejaba una atípica inmodestia—. Estar a cargo de la biblioteca tiene sus ventajas. No sabes la de cosas que se aprenden de los libros, ¡hasta a dejar como nuevas cadenas rotas!

—Esto significa mucho para mí, y… ¡las flores son preciosas! —exclamó Hanna.

—¡No pierdas más tiempo aquí! Sal a disfrutar; hace un día magnífico —añadió Joseph, invitándola a que se apresurara a abandonar el centro.

Hanna volvió a brindarle otro pequeño beso que reactivó el rojo de sus mejillas y, tras despedirse con paso acelerado, abandonó el colegio, no sin antes dejar las bonitas flores encima de su cama.

Normalmente chicos y chicas salían en grupo por la ciudad; la dirección del colegio así lo prefería. Sin embargo Hanna disfrutaba en soledad, y siendo ésta una costumbre sobradamente conocida por sus tutores, no ponían ninguna traba a que vagara sin compañía, siempre y cuando respetara normas y horarios.

Debía darse prisa, pues el viaje de vuelta se había alargado debido al tráfico y con su visita a la biblioteca se había entretenido más de la cuenta. Su destino la aguardaba. El colegio se encontraba en un extremo de la ciudad y ocupaba una vasta extensión de terreno. Lo rodeaba una amplia zona de pequeñas casas adosadas. Tras diez minutos de paso acelerado, Hanna entró en la avenida principal de la localidad. El casco antiguo no era muy grande y colindaba al norte con una gran cadena montañosa, de la que fluía todo el año un caudaloso río que atravesaba el centro de la ciudad. La franja sur concentraba el mayor núcleo de población, con edificios más grandes que abastecían de numerosa mano de obra los asentamientos industriales del margen izquierdo del río, siendo el margen derecho una frecuentada y bien habilitada zona de recreo. Hanna, sin embargo, sabía bien dónde se dirigía y veinte minutos después de salir del colegio entró en una pequeña carnicería situada en una de las calles más transitadas de la localidad, junto a la plaza del Ayuntamiento. El establecimiento se encontraba lleno de gente. Hanna, pese a su edad, era una chica muy esbelta, y nada más atravesar la puerta su cabeza ya destacaba entre todas las personas que aguardaban su turno para hacer la compra. Al verla, el señor Perkins, que así se llamaba el simpático propietario de la tienda, la miró con una sonrisa que fue correspondida por ella.

—Ya creía que no vendrías. ¡Tu pedido está detrás de aquella estantería! —dijo con una voz ronca muy peculiar. Después le guiñó un ojo, y a continuación siguió partiendo una gran pieza de carne que sostenía entre sus manos.

Hanna no dijo nada. En silencio se dirigió hacia donde le habían indicado, y tras recoger un pequeño paquete, se despidió con un gesto de complicidad.

Al salir de la carnicería cambió su rumbo, y tomando dirección norte, volvió a apresurar su paso. El día se había despejado y las nubes habían dejado su sitio a un reluciente sol. Hanna decidió colocar de nuevo su radiante cadena alrededor de su alargado cuello. Parecía haber recuperado su estupendo estado de ánimo y, mientras respiraba profundamente, la recorrió una gratificante sensación. Un poco más tarde casi había llegado a su destino. Miraba con atención hacia unas casas abandonadas ubicadas junto a North Park, un espacioso parque que se extendía por aquellas colinas. Tras avanzar unos metros más, hasta llegar a una de las viviendas, y después de comprobar que no había nadie a su alrededor, por fin se paró. Frente a ella se alzaba un gran muro de piedra y, a pesar de su aparente inaccesibilidad, haciendo uso de su agilidad, logró colarse por un pequeño hueco que pasaba casi inadvertido detrás de unos setos. Una vez

dentro se dispuso a abrir el paquete. Éste contenía diferentes desperdicios y partes de animales. Antes casi de que lo hubiera depositado en el suelo, a través de la puerta principal, que permanecía medio abierta, apareció un radiante perro que moviendo su cola enérgicamente se acercó corriendo hasta ella. Hanna, muy contenta, se apresuró a acariciarlo. El bonito ejemplar se abalanzó sin vacilaciones y, con su enorme lengua, le dio su peculiar bienvenida.

—¡Ya está bien, Kron! Mira lo que te he traído —dijo con una enorme sonrisa, señalando el paquete que permanecía abierto en el suelo.

Un segundo más tarde Kron ya se encontraba disfrutando de su sabrosa merienda. El apetito del perro era voraz, y no tardó mucho en engullir todo lo que su amiga le había llevado. Kron era un cachorro enorme y musculoso aunque, a pesar de su gran talla, no debía de tener más de ocho meses de vida. Cuando Hanna lo encontró era realmente pequeño y nunca supo su edad exacta.

Su manto era blanco con una gran mancha marrón en la espalda, y contaba también con un parche en el ojo izquierdo que le daba un aspecto inconfundible. Ella quería muchísimo a ese vivaz animal, y cada tarde se escapaba hasta aquella casa para llevarle comida y jugar con él. Desde luego era una locura que mantenía en secreto, pues ni siquiera Joseph lo sabía; pero desde que lo encontrara abandonado no había podido evitar hacer otra cosa. Quizás fuera porque le encantaban los animales. O, a lo mejor, porque se sentía identificada con él, pero el caso era que ni un solo día había faltado a su cita, aunque esto no le suponía ningún esfuerzo; es más, quizás fuera lo que más feliz la había hecho desde que su memoria recordaba, pues a ella le atormentaba su situación, su carencia de amor, la falta de una familia. Algo parecía decirle en su interior que debía luchar por conseguir lo que quería, que no era sólo una pobre niña abandonada, que le quedaban muchas cosas por hacer y, sin duda, Kron le ayudaba a mirar el futuro con optimismo. Para aquel perro todo era alegría, amor y fuerza; nada de pena ni compasión, pues Hanna odiaba la compasión de los demás. Nunca la había buscado ni querido, aunque a diario muchos fueran los que se la ofrecieran como si se tratase de un auténtico regalo.

Después de unos minutos de caricias y lametones, los dos entraron en la casa. La entrada delantera se encontraba medio abierta y Hanna puso una silla a modo de cerrojo, aunque unos segundos después, debido al peso de la puerta, ésta cayó al suelo con un sonido atronador.

El recibidor era alargado, oscuro, y daba paso a un gran salón que conectaba con múltiples habitaciones que parecían surgir a su alrededor. La sala terminaba en dos grandes escaleras que se alzaban retorcidas hasta el piso superior. A pesar de su atractivo diseño, que parecía incitar a subir, Hanna no era partidaria de acceder a aquel lugar, debido al estado poco seguro de la vivienda. Para evitar que Kron pudiera hacerlo, dos grandes y desgastados sofás actuaban a modo de barrera, aunque esto no era impedimento para el atlético cachorro.

Tras una pequeña sesión de juegos en el interior, el sonido de algunos cohetes despertó la curiosidad del simpático animal, que meneando su pendular cola atravesó veloz el enorme salón. Tras salir al porche, que se encontraba parcialmente caído, comenzó a ladrar. Hanna recordó los actos organizados para celebrar el aniversario del controvertido hallazgo y, embriagada por una extraña sensación, un tremendo deseo de acudir allí la asaltó.

Por supuesto, salir de aquella enorme y abandonada propiedad no era lo habitual, pues a pesar de no ser aquélla una zona demasiado frecuentada, la posibilidad de ser descubierta por alguno de sus compañeros o, aún peor, por cualquiera de los muchos profesores y trabajadores del centro, anulaba cualquier deseo de pasear acompañada de

su amigo por las calles. Sin embargo, esto no suponía un problema, ya que la casa contaba con un inmenso terreno donde los dos gozaban de una férrea privacidad.

El enorme jardín rodeaba la propiedad. Multitud de fuentes, esculturas, y demás adornos igualmente ostentosos daban buena cuenta de que en su día aquella hacienda había atravesado por tiempos mejores. Sin embargo, el abandono había hecho estragos, y el mobiliario antes mencionado lucía una estampa poco lustrosa. Las malas hierbas crecían a sus anchas, la mayoría de las esculturas yacían debajo de una densa capa de hiedra, y las fuentes, inertes y llenas de agua estancada —en alguno de los casos casi putrefacta—, servían para crear un hábitat ideal para los numerosos y pequeños animales que compartían propiedad con Kron. A pesar de esto, los dos amigos disfrutaban de lo que, al ojo ajeno, podría parecer un paisaje desolador. Desde el primer momento en que Hanna descubrió aquel sitio, no tuvo duda de que no encontraría un lugar mejor para cobijar a Kron.

Aquel día, sin embargo, el silencio parecía llenar la enorme mansión. Las palomas, urracas y demás aves que un día normal habrían poblado los árboles del jardín no estaban; y si salían, lo hacían en grupo y en un extraño silencio, volando de un lado a otro de una manera bastante peculiar. Tampoco se veían las pequeñas ardillas a las que no era raro observar en un día soleado, disfrutando de un pequeño chapuzón en lo alto de alguna fuente, y que a Kron le encantaba perseguir. De hecho, él también se mostraba un tanto diferente; vagaba de un lado para otro y a pesar de disfrutar de cada momento que pasaba junto a Hanna, esa tarde actuaba con cierta abstracción.

De pronto, un nuevo estruendo rompió el silencio y la proximidad de aquella explosión hizo palpitar el corazón de la joven. Su amigo no se inmutó y, expectante, observó cómo un objeto caía del cielo. Después, tras permanecer inmóvil unos segundos, corrió hacia él hasta cogerlo con sus grandes fauces.

—¡Ven aquí, pequeño! ¿Qué tienes ahí? —dijo ella intrigada. Después de observar la fina varilla de madera que portaba, no pudo más que suponer que se trataría de un pedazo del artefacto anteriormente lanzado.

Los dos entraron de nuevo en la casa y, tras un momento de duda en el que aquella extraña sensación parecía resistirse a abandonarla, Hanna decidió salir a hacer una pequeña investigación de la zona. Tras atravesar el gran jardín, llegó hasta la parte trasera, donde se levantaba una gran y bien elaborada valla de metal. La hojarasca y las plantas hacían de ésta un muro opaco; sin embargo, introduciendo sus dos largos brazos, consiguió ver el parque del que, desde el límite de la finca, sólo la separaba un ancho camino empedrado.

Por aquel lugar no era frecuente la presencia de nadie y un minuto más tarde, en el que no perdió detalle de la situación, decidió intentar salir de allí. Desoyendo su normalmente acertado sentido común, se dispuso a llamar a Kron, que con sigilo y curiosidad yacía sentado junto a ella. Hanna lo miró sorprendida, ya que, debido a la concentración con que había estado observando el perímetro exterior, no había percibido su presencia. Con la misma astucia y rapidez con que anteriormente había conseguido entrar, se dirigió hacia una pequeña puerta y los dos salieron sin vacilaciones.

En un principio su idea era avanzar por el camino hasta poder ver lo que cerca de allí estaba ocurriendo; pero unos metros más adelante, antes de poder ver nada, se dio cuenta de que el bullicio se extendía por todas partes. Tras un momento de duda en el que casi desistió de la idea, se dispuso a cruzar la empedrada vía. Con una rápida carrera, los dos se internaron anónimamente en el bosque, que a cada paso empezó a hacerse más denso.

Desde luego no era éste el camino más corto, ni el más fácil; sin embargo, Hanna, a pesar de no conocer demasiado bien el lugar, sabía que, optando por aquel itinerario, la posibilidad de cruzarse con alguien era casi inexistente. Los dos avanzaron raudos colina arriba pues el tiempo apremiaba. La zona en ese punto era casi inaccesible. El sotobosque que crecía debajo de los grandes árboles hacía cada vez más difícil el camino. A pesar de ello continuaron avanzando con presteza, y antes de que pudieran darse cuenta, habían ascendido lo suficiente para ver, no sin dificultad, el gran despliegue que abajo, en la entrada principal de North Park, congregaba aquella tarde a tal cantidad de público.

Hanna miró con atención lo que allí ocurría. Muchas personas portaban pancartas, y desde hacía rato un sonido procedente del kiosco de la banda musical de la localidad inundaba el valle. El aspecto de muchos de los allí presentes era extraño. Algunos parecían ir disfrazados y otros se sentaban en grupo formando círculos unidos por sus manos. Coches y pequeñas camionetas inundaban el bonito merendero y pisoteaban impunemente los jardines, aplastando con sus ruedas las pequeñas flores que otros días habrían vestido de color el parque.

Esta vez con calma, los dos se elevaron un poco más gracias a un pequeño macizo rocoso. Buscando refugio entre unas piedras, por fin se pararon y sin perder detalle, se prepararon para observar lo que para el ojo de nuestra fatigada amiga suponía un hecho realmente desconcertante. Después de calmarse y recuperar el aliento, Hanna pareció recobrar la razón por un momento. Haciendo uso de su conciencia, una sensación de remordimiento cruzó por su cabeza: estaba claro que esta inusual precipitación de acontecimientos no podría traerle más que problemas; sin embargo, algo dentro de ella le retorcía el estómago, y la visión de aquel raro espectáculo parecía aplacar aquella incómoda situación. Kron estaba cada vez más nervioso, y escarbando en un sitio y otro parecía buscar incesantemente algo entre la multitud de rocas que a su alrededor había. Hanna, preocupada, intentaba calmarlo mientras se preguntaba con inquietud la hora que sería, pues había perdido la noción del tiempo.

A medida que pasaron los minutos, las personas que se congregaban abajo empezaron a ser cada vez más numerosas. Hasta allí se habían desplazado multitud de medios y a Hanna le dio la sensación de que todo el alboroto que se dio cita en el museo se había ido trasladando al parque.

De repente, una gran pantalla fue descubierta tras una lona y en ella se encendieron unas luces que parecían indicar algo. Antes de que pudiera darse cuenta de qué ponía, las letras se transformaron en unos grandes números y una cuenta atrás comenzó. El incesante mirar al cielo de la multitud la llevó a la conclusión de que aquel gran indicador mostraba al público el tiempo que restaba para el eclipse y, a pesar de que Hanna debía darse prisa para llegar puntual a St. James, de nuevo, haciendo gala de un inusual brote de irresponsabilidad, optó por quedarse.

Poco a poco el tiempo fue avanzando. Los murmullos de la gente congregada alcanzaban su posición, y el animado ritmo musical daba un marcado carácter festivo a aquella situación. Sin embargo, ni murmullos ni música consiguieron romper el silencio que, a pesar de su papel secundario, se anteponía con fuerza en su cabeza. El corazón le palpitaba cada vez más rápido, y el nerviosismo manifiesto de Kron, que ahora corría de un lado a otro sin parar de ladrar, no ayudaba a apaciguar el estado de ánimo de la inquieta joven. Cada minuto que pasaba parecía aumentar la duración del siguiente, y a medida que el tiempo para culminar la cuenta era menor, éste daba la impresión de hacerse cada vez más largo.

Por fin aquel interminable momento pareció tocar a su fin. Los efectos del extraño fenómeno natural empezaron a hacerse visibles y, en pocos minutos, la claridad

de aquel día despejado se transformó en penumbra. Ésta empezó a crear una atmósfera tan rara que Hanna pareció yacer en un estado de agitada somnolencia. El aire también pareció tornarse cada vez más denso mientras la algarabía y la música fueron desapareciendo poco a poco, de una manera casi imperceptible, hasta que el silencio, ahora sí, se convirtió en protagonista del evento.

De repente, el eclipse consiguió llegar a su estado máximo, y ella, a pesar de conocer los efectos nocivos de una visión directa del astro, hizo caso omiso mirándolo fijamente. Éste permanecía totalmente oculto; a pesar de ello, la fuerza de sus rayos marcaba el flameante perímetro de la luna, rayos que fueron suficientes para cegar por un momento a Hanna, que rápidamente apartó su vista.

En ese instante la cuenta llegó a su fin y una sucesión de explosiones se precipitaron con tal violencia que Kron, con un temor hasta entonces desconocido en él, salió huyendo como un poseso hacia la inaccesible y vertical pared que se alzaba justo detrás de ellos. Al ver la reacción de su perro, Hanna corrió casi ciega hacia él. Parecía portar algo en sus mandíbulas, sin embargo, era incapaz de verlo.

A pesar de llamarlo con su poderosa voz, la interminable demostración pirotécnica hizo imposible que se oyera nada. La angustia se apoderó de ella y, sin importarle su mermada capacidad visual, corrió hacia Kron que ahora se situaba justo delante de dos grandes piedras del macizo.

Hanna, sin parar de correr, respiró aliviada al ver que su perro permanecía quieto. El cese de los estruendos ayudó a transmitir un cierto estado de sosiego a los dos; sin embargo, justo antes de que pudiera darle alcance, delante de ellos, las dos grandes piedras se abrieron con otro estrepitoso sonido. Perplejos y antes de que ninguno pudiera reaccionar, un potentísimo chorro de luz surgió de la pequeña gruta, atrapándolos como si de un agujero negro se tratase.

Incapaces de hacer frente a aquella situación, se desvanecieron, fundiéndose con la luz que, con la misma virulencia que había llegado, desapareció.


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