El origen de Hanna y los Reinos de Kettke

Una historia que comenzó hace más de veinte años y que todavía está por contar.

Hay historias que nacen con la intención de convertirse en libros.

Otras aparecen sin que nadie las busque.

Hanna y los Reinos de Kettke pertenece a las segundas.

No comenzó como un proyecto literario, ni como el propósito de construir un universo fantástico. Tampoco nació de un argumento cuidadosamente planificado.

Fue algo mucho más sencillo.

La consecuencia de muchos años leyendo, imaginando y descubriendo mundos que, de alguna manera, parecían existir más allá de las páginas que los contenían.

Y también de caminar.

De recorrer paisajes conocidos y descubrir que, a veces, la imaginación podía transformarlos en lugares completamente diferentes.

Así comenzó todo.


Cuando los mundos se encontraban en los libros

Nací en 1981.

Puede parecer un dato sin demasiada importancia, pero significa que mi infancia y adolescencia transcurrieron en una época muy diferente de la actual.

No había internet.

No existía Google.

Cuando algo despertaba tu curiosidad, había que buscarlo.

En los libros que tenías en casa, en las estanterías de alguna biblioteca pública o en aquellos que conseguías comprar.

La televisión tenía dos canales. Después llegaron más.

Los cines y, especialmente, los videoclubs eran lugares donde descubrir películas que deseabas ver, muchas veces sin saber demasiado sobre ellas.

La imaginación encontraba alimento en todo aquello.

Y quienes disfrutábamos con la literatura fantástica teníamos la posibilidad de descubrir mundos extraordinarios a través de historias que, en ocasiones, terminaban acompañándonos durante años.

Recuerdo especialmente La historia interminable.

Primero la novela. Después, la película.

También Dentro del laberinto.

Y mucho antes, Alicia en el país de las maravillas ya había hecho su trabajo.

Todas aquellas historias compartían algo que me fascinaba: la posibilidad de que el mundo real y el fantástico estuvieran conectados.

Que existiera una puerta.

Un camino.

Un pasadizo.

El hueco de un gran árbol.

Algo cotidiano que, de pronto, pudiera conducir a un lugar imposible.

Quizá por eso los paisajes que me rodeaban nunca fueron solamente paisajes.

A veces, mientras caminaba, parecían sugerir historias.


Mundos que existían más allá de sus historias

Después llegó Tolkien.

El hobbit, El señor de los anillos y todo cuanto permitía descubrir sobre la Tierra Media.

No eran solamente novelas.

Había mapas, pueblos, lenguas, genealogías y acontecimientos que se remontaban a épocas anteriores a las aventuras que estaba leyendo.

Los personajes formaban parte de un mundo que parecía continuar existiendo incluso cuando cerrabas el libro.

Aquello me fascinaba.

Después llegaron otros autores y otras historias.

George R. R. Martin.

Terry Pratchett.

Eragon.

Cada uno ofrecía una forma diferente de comprender la fantasía, de construir personajes y de dar vida a mundos imaginarios.

Con el tiempo fui descubriendo que lo que más me atraía no era únicamente una buena aventura.

Era la sensación de que, detrás de ella, había mucho más.

Un pasado.

Una geografía.

Pueblos con sus propias costumbres.

Historias que todavía no habían sido contadas.


2005. Una historia que apareció sola

En 2005 decidí comenzar a escribir.

Nunca había escrito una novela.

No tenía un esquema argumental, ni una estructura preparada, ni un plan sobre lo que quería construir.

Simplemente empecé.

Escribía escenas, describía lugares, narraba acontecimientos.

Y, casi sin darme cuenta, comenzaron a aparecer personajes, territorios, criaturas, lenguas y símbolos.

La historia crecía mientras la escribía.

Recuerdo aquel proceso como una auténtica explosión creativa.

No necesitaba detenerme demasiado a pensar qué debía suceder después. Muchas veces bastaba con sentarme y escribir.

Era como si la historia se estuviera contando sola.

Lo que inicialmente parecía una narración pequeña empezó a convertirse en algo mucho mayor.

Los lugares necesitaban nombres.

Los pueblos tenían costumbres.

Los personajes arrastraban historias anteriores a su aparición.

Surgieron mapas, escrituras, relaciones y acontecimientos que daban sentido a otros acontecimientos.

Y en medio de todo aquel desorden comenzó a tomar forma Hanna y los Reinos de Kettke.

No había decidido crear un universo.

Pero estaba apareciendo uno.


El trabajo de poner orden

Crear fue extraordinariamente fácil.

Ordenar fue otra cosa.

Aquella libertad inicial había permitido que surgieran historias y elementos que se relacionaban entre sí, pero no necesariamente de una manera organizada.

Había que encontrar su lugar.

Comprender qué había sucedido antes y qué debía suceder después.

Dar coherencia a los personajes, a la geografía y a los acontecimientos.

Y hacerlo con las herramientas de entonces.

Hoy resulta sencillo imaginar documentos relacionados entre sí, búsquedas instantáneas, archivos compartidos y sistemas capaces de localizar una referencia entre miles de páginas.

En aquellos años, gran parte de ese trabajo era manual.

Había apuntes, textos, versiones y materiales que necesitaban ser revisados y organizados.

A veces parecía que ordenar todo aquello exigía más esfuerzo que haberlo imaginado.

Pero la historia estaba ahí.

Y cuanto más trabajaba en ella, más evidente resultaba que no se trataba de una única novela.

Había una historia mucho más extensa.

Una trilogía.


2008. La historia encuentra su estructura

En 2008, después de varios años de trabajo, las piezas principales parecían haber encontrado su lugar.

La trilogía estaba definida.

Conocía la historia que quería contar y el recorrido que debía seguir.

Pero había una diferencia importante entre tener una historia y disponer de una novela preparada para su publicación.

De los tres volúmenes, solamente el primero había alcanzado el orden y la elaboración necesarios para presentarlo a una editorial.

Los otros dos existían.

Su historia formaba parte de todo aquel universo.

Pero todavía necesitaban el trabajo que merece una novela antes de llegar a los lectores.

Decidí entonces buscar la publicación del primer libro.


2010. Hanna llega a los lectores

En 2010, gracias a la confianza de una pequeña editorial, Hanna y los Reinos de Kettke vio la luz.

Aquella historia que había comenzado sin planificación, simplemente por el placer de escribir, se convirtió en un libro.

Fue un momento importante.

No solamente por la publicación, sino por todo lo que había detrás.

Los años de escritura.

Los personajes que habían aparecido casi sin buscarlos.

Los mapas, los símbolos, las lenguas.

Las horas dedicadas a dar coherencia a un mundo que, al principio, ni siquiera sabía que estaba construyendo.

Pero el libro publicado era solamente una parte.

La historia completa seguía allí.

En los otros volúmenes.

En los apuntes.

En los documentos.

Y, sobre todo, en mi cabeza.


Los años que siguieron

Las circunstancias personales cambian.

La vida avanza y, con los años, el tiempo se convierte en un bien cada vez más escaso.

Escribir una novela exige dedicación.

Y escribirla con el rigor que merece, todavía más.

Continuar los otros dos volúmenes de la trilogía terminó convirtiéndose en algo difícil de afrontar.

No porque la historia hubiera desaparecido.

Ni porque hubiera dejado de interesarme.

Sencillamente, no encontraba el tiempo necesario para hacer el trabajo como quería hacerlo.

Los años fueron pasando.

Y Hanna siguió allí.

Durante todo este tiempo he vuelto a leer muchas veces la novela publicada.

Quizá resulte pretencioso decirlo, pero siempre me ha parecido una buena historia.

Y, sin embargo, cada vez que la leía tenía la misma sensación.

Lo mejor no era solamente aquel libro. Era el conjunto.

Todo lo que todavía no había llegado a publicarse.

Todo lo que permanecía en mis apuntes.

Todo lo que seguía formando parte de aquel universo que había imaginado años atrás.

La historia no estaba terminada.

Simplemente estaba esperando.


Ver crecer otros universos

Mientras tanto, la fantasía y la manera de contar historias también fueron cambiando.

Personajes que había conocido en cómics o películas aparentemente independientes comenzaron a formar parte de universos narrativos cada vez más amplios.

Marvel fue uno de los ejemplos más evidentes.

Historias distintas, personajes diferentes y acontecimientos separados podían relacionarse hasta construir algo mucho mayor.

También resultó fascinante ver cómo universos literarios que me habían acompañado durante años encontraban nuevas formas de llegar al público.

Juego de tronos llevó a la pantalla una parte del mundo imaginado por George R. R. Martin.

Y volví a experimentar aquella fascinación que había sentido de joven.

La de descubrir que una historia podía ser mucho más grande que la obra en la que había comenzado.

No pensaba que Hanna tuviera que convertirse en algo semejante.

Pero aquellas experiencias me recordaban una idea que nunca había abandonado:

Un universo narrativo puede contener muchas historias sin perder la que le dio origen.


2026. Volver a empezar

Han pasado más de veinte años desde que comencé a escribir Hanna.

Y dieciséis desde la publicación de su primer volumen.

Cuando pienso en ello, me cuesta creer cuánto tiempo ha transcurrido.

Hay recuerdos de aquel proceso creativo que todavía parecen recientes.

Las primeras escenas.

Los personajes que aparecían mientras escribía.

La sensación de estar descubriendo lugares que, hasta ese momento, solamente existían en mi imaginación.

Y también recuerdo el esfuerzo de ordenar todo aquello.

Hoy las herramientas son muy diferentes.

La tecnología permite trabajar con documentos, relacionar información, recuperar materiales y organizar grandes cantidades de contenido de maneras que en 2005 resultaban difíciles de imaginar.

Por primera vez en mucho tiempo, siento que puedo regresar a aquel universo y afrontar una parte del trabajo que quedó pendiente.

No se trata de sustituir la imaginación por la tecnología.

Ni de permitir que las herramientas decidan cómo debe ser la historia.

Se trata de utilizarlas para recuperar, ordenar y conservar lo que ya existe.

Y, después, seguir creando.


¿Por qué esta web?

Esta web nace de esa necesidad.

Recuperar el universo de Hanna y los Reinos de Kettke.

Reunir su historia, sus personajes, sus territorios y sus lenguas.

Organizar los materiales que durante tantos años han permanecido dispersos.

Dar forma a una documentación que permita comprender cómo se relacionan sus diferentes elementos.

Y hacerlo sin perder lo que dio origen a todo.

La novela sigue siendo el corazón de Kettke.

Pero el mundo que aparece en sus páginas tiene una historia mucho más extensa.

Por eso existe el Atlas.

Para documentar ese mundo y conservar su coherencia.

Por eso existe la sección dedicada a la Novela.

Para presentar la trilogía y las historias que forman parte de ella.

Y por eso comienza a tener sentido hablar de un Multiverso.


¿Por qué un Multiverso?

Cuando empecé a escribir, lo que me fascinaba de la literatura fantástica era la posibilidad de entrar en otros mundos.

Con el tiempo descubrí algo más.

Los mundos imaginarios podían continuar creciendo.

Podían contener historias anteriores a sus protagonistas, acontecimientos paralelos y nuevas aventuras que no necesitaban repetir las anteriores.

Hanna nació dentro de una trilogía.

Esa trilogía cuenta una historia concreta, con un principio, un desarrollo y un final.

Pero su protagonista no tiene por qué desaparecer cuando termine.

Durante estos años he pensado muchas veces en el conjunto de aquel universo.

Y ahora, al recuperar su historia y organizarla, aparece también la posibilidad de mirar más allá.

La Tierra y Kettke ya forman parte de una misma aventura.

La relación entre el mundo real y el fantástico estuvo presente desde el nacimiento de Hanna.

Quizá por eso el Multiverso no me parece una ruptura con la historia original.

Me parece una forma de permitir que continúe.

Primero hay que recuperar y completar la trilogía.

Comprender quién es Hanna y todo lo que su historia significa.

Después podrán llegar otras aventuras.

Otros lugares.

Otras historias.

Sin olvidar nunca dónde comenzó todo.


Lo que permanece

Han cambiado muchas cosas desde 2005.

La tecnología.

La manera de publicar.

Las posibilidades de compartir una creación.

Y, por supuesto, mi propia vida.

Pero hay algo que sigue siendo exactamente igual.

La ilusión de imaginar.

La curiosidad por descubrir qué existe detrás de una historia.

Y aquella sensación de que los personajes y los lugares pueden llegar a adquirir una vida propia.

No sé hasta dónde llegará este nuevo camino.

Tampoco necesito saberlo ahora.

Durante mucho tiempo, Hanna ha permanecido en mis libros, mis apuntes y mis recuerdos.

Hoy quiero volver a reunir todo aquello.

Recuperarlo.

Ordenarlo.

Y continuar la historia.

Han pasado más de veinte años.

Y tengo muchas ganas de volver a trabajar en Hanna.


Gracias por acompañarme en este nuevo comienzo.

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