CAPÍTULO V
El carro lentamente se perdió en la noche, y Hanna se incorporó con sigilo. Sin duda, se encontraba malherida pues el dolor y una somera hemorragia daban buena cuenta de ello, no obstante, comenzó a andar intentando alejarse de lo que había sido su prisión. La tarea era difícil, pues allí donde mirara, grupos de pestilentes hombres dormitaban y no pocos eran los que, animados por los primeros atisbos del amanecer, intentaban en vano levantarse. Al principio avanzó despacio, con movimientos lentos, esquivando la multitud de cuerpos que parecían inertes. Desesperadamente perdida, buscó algún punto al que dirigirse.
Entre tan majestuosas embarcaciones, fijó su mirada en una. No era la más grande, aunque tampoco la más pequeña; pero alejada del resto lo que le llamó su atención fue que su tripulación parecía intentar embarcar la multitud de bultos que se amontonaban en la orilla con una actitud bastante inusual, con un sigilo sospechoso. Los hombres se afanaban en introducir con presteza el variado material, y cuando la operación pareció darse por finalizada, un agudo chirrido inundó aquella playa. Aquel intenso sonido, ocasionado por el alzamiento de una gigantesca ancla, rompió la paz de la noche y, unos segundos después, desde la fortaleza de piedra, se escuchó un estruendo a modo de alarma. A Hanna le recordó el ruido del gran trombón que solía utilizar Joseph en su clase de música; sin embargo, aquel especial sonido tuvo un efecto inesperado en toda la playa, que por momentos pareció recobrar la consciencia. Poco a poco, con caótica confusión, los hombres se incorporaron intentando buscar sus cascos, armas y demás utensilios, que en la mayoría de los casos reposaban semienterrados en la arena. Hanna, sin perder de vista el barco, vio cómo todos sus tripulantes habían olvidado el silencio y actuando frenéticamente intentaban sacar la nave de allí.
En la playa, el desconcierto reinaba y el terrorífico estruendo no paraba de sonar. A su alrededor, todos los hombres se levantaban desorientados y muy excitados; ella, nerviosa, también cogió un casco y una pequeña espada de la arena, intentando pasar desapercibida. A Hanna también pareció habérsele olvidado el silencio y, a pesar de su cojera, con una velocidad increíble, se dirigió hacia el rompeolas.
El barco parecía haber conseguido desencallar y poco a poco se internaba en el agua.
—¡¡Utnek!! ¡¡Utnek!! —se empezó a escuchar detrás de ella, y dos grandes flechas, casi tan largas como tres hombres, intentaron hacer diana en la nave.
Hanna, que estaba casi en la orilla, pudo escuchar el silbido de sus poderosas puntas metálicas y, desconcertada, tras parar en seco, miró hacia su procedencia. De la pétrea fortificación habían surgido unos dantescos instrumentos bélicos que, con la ayuda de unas grandes criaturas, eran cargados de nuevo, ante el primer intento fallido. Más de una decena de caballerías avanzaban diligentes para intentar frenar la huida del barco, atropellando y golpeando a cuantos desconcertados soldados deambulaban a su alrededor, mientras Hanna sentía cómo su corazón se le escapaba del pecho. De nuevo, mirando a la furtiva embarcación que había conseguido introducirse ya en la profundidad del mar, se lanzó al agua. Con rapidez siguió la estela del buque que cada vez parecía avanzar con más facilidad mientras en el rompiente se acumulaban todos los soldados, impotentes pues sus armazones no les permitían internarse en el líquido elemento. Una lluvia de flechas golpeó con violencia el casco del barco, que parecía resentirse de tan feroz ofensiva; mientras tanto, Hanna nadaba con todas sus fuerzas intentando no pensar en las afiladas puntas que caían a su lado. Cuando alzó su estirado cuello casi había conseguido alcanzar al barco, el cual, visto a ras del mar, se movía imponentemente en el amanecer del nuevo día. Sus velas en aquel momento se inflaron y sólo un pequeño cabo sumergido, gracias a un pequeño lastre metálico, parecía frenar la incipiente marcha del colosal navío. Hanna consiguió alcanzarlo, y ayudándose de las lanzas que se habían clavado con fuerza en el casco, intentó subir a cubierta. De pronto, un hombre con una gran hacha, desconociendo la presencia de la agotada joven, cortó el cabo y ésta cayó; pero antes de sumergirse en el agua, pudo aferrarse a una gran argolla metálica que poseía la embarcación. A pesar de su comprometida posición, después de respirar profundamente pudo acceder al fin por una vía abierta a causa de un fuerte impacto.
El barco ahora avanzaba imparable, con una rapidez increíble. Mirando hacia la isla, Hanna observó cómo multitud de objetos lanzados desde el litoral caían al agua infructuosamente, a cientos de metros de su posición. Tras pensar que podría no haberlo conseguido, suspiró tranquila, aunque su respiración siguió siendo agitada, y unos segundos más tarde una fuerte sensación de cansancio, mareo, y la nada agradable visión de su pierna, que ahora sangraba en abundancia, le hicieron perder la consciencia.
Cuando recobró el sentido, el sol lucía en toda su plenitud. Los rayos penetraban sutilmente por el enorme hueco que la gran lanza había hecho en el casco, y se podía escuchar cómo el barco surcaba con velocidad el océano. Ella se encontraba mareada, pues era la primera vez que emprendía una travesía por el mar. Su pierna no tenía buen aspecto, y a pesar de que parecía que la hemorragia había cesado, estaba cicatrizando de un modo poco saludable. Después de incorporarse lenta y dolorosamente, miró a su alrededor e intentó situarse; parecía estar en la bodega del barco. Baúles, cajas, jaulas y demás contenedores se apilaban con desorden a lo largo de ella. La oscuridad predominaba en el ambiente, ya que la luz sólo se abría paso a través del hueco en el casco, y por unas pequeñas escotillas. Hanna se encontraba en la popa. Mirando hacia el exterior por el improvisado y fortuito mirador, no vio ni rastro de tierra firme. El mar se encontraba en calma, una absoluta y sospechosa calma que contrastaba con la agitación que se vivía dentro del buque. Ella no sabía muy bien qué hacer y, tras realizarse una improvisada cura con un trozo de tela que encontró sobresaliendo de un baúl, comenzó a inspeccionar aquel concurrido lugar. El caos sin duda predominaba: vestidos, animales y unas llamativas y aparentemente valiosas alhajas abarrotaban la bodega con tal desorden que parecía que un tornado hubiera pasado por allí. El chirriar de la madera del barco era incesante, y el sonido se transmitía agudamente, mezclándose con los lamentos y protestas de las criaturas que por docenas se amontonaban en minúsculas e inhabitables jaulas. Hanna pensó que no sería mala idea intentar averiguar quiénes y cómo eran los tripulantes de aquella peculiar embarcación. Con un intenso dolor y una cojera bastante acentuada, se dispuso a echar un vistazo a la cubierta. Trepando audazmente por un amasijo de cajas, consiguió llegar a un respiradero por el cual se hacía visible la cubierta del barco. Sin salir de su apreciado anonimato, observó silenciosamente lo que allí sucedía. Dudando de la honorabilidad y del buen hacer de las personas que vio, decidió bajar con el mismo sigilo que había subido. Su corta visión de aquellos rudos marineros (o lo que fueran), los cuales parecían no tener ningún tipo de aprecio por la vida, no dejó ningún lugar a la esperanza. Tras un momento en el que pareció haberse quedado petrificada, como si la visión de aquellos a los que creía sus salvadores le hubiese confirmado que no eran más que unos viles piratas, decidió buscar algún tipo de alimento pues se encontraba totalmente exhausta.
La bodega era enorme. En la popa se amontonaban cajas que contenían espadas, dagas, cascos y diversos ropajes de guerra; más adelante se apilaban unos arcones fuertemente cerrados por medio de grandes candados. Uno de ellos estaba tan sumamente lleno que dejaba ver la impresionante ostentosidad de las joyas que contenía en su interior, algunas de las cuales rodaban por el inundado suelo. Prendas de todo tipo y calidad se apelotonaban en los abundantes huecos que dejaban las desordenadas cajas y, al final del todo, en la proa, un improvisado y maloliente zoológico inundaba de aullidos y lamentos el lugar. Hanna sentía escalofríos al ver a aquellos pobres y moribundos animales que parecían pedir clemencia; muchos de ellos se debatían por su vida en un estado lamentable y otros, no pocos, habían sucumbido a su triste final. En aquella parte de la bodega la oscuridad era más profunda y Hanna no conseguía más que adivinar alguna pata, cabeza o rabo de Dios sabe qué criaturas, que la observaban tristemente con sus pequeños y brillantes ojos.
Por fin, después de deambular unos minutos, pareció encontrar lo que buscaba. Tras abrir una tinaja de barro pudo saborear una especie de masa dura, insípida y sin duda algo mohosa, que a pesar de no saciar sus ansias, sí aplacó su hambriento estómago. Después, la sed se apoderó de ella y exasperadamente buscó algún tipo de bebida; por suerte, en un gran barril encontró lo que buscaba y, tras beber hasta que su barriga se hinchó completamente, siguió investigando. De repente, un fuerte escalofrío recorrió todo su cuerpo, y una dolorosa sensación que desde su pierna se extendió por toda ella provocó que cayera precipitadamente. Un enorme estruendo retumbó entonces por toda la bodega, pues al intentar agarrarse para no dar con sus huesos en el suelo, tiró un arcón lleno de armaduras. El ruido fue tal, que el silencio posterior fue extremadamente incómodo. Hanna sólo parecía oír su angustiosa respiración, y asustada tuvo la certeza de que el incidente no habría pasado inadvertido. Sin tiempo a reaccionar, una multitud de pasos provenientes de cubierta la alertaron y, moviéndose como pudo, con un fuerte dolor, consiguió ocultarse entre unas jaulas. El olor era pestilente en aquel lugar, y tras coger una gran manta, se cubrió. Tapando fuertemente su cara, intentó evitar las náuseas que por momentos revolvían todo su estómago. Un minuto más tarde, tras abrir las compuertas que se encontraban férreamente cerradas, un grupo de hombres entró por las grandes escaleras que daban acceso a la bodega, intentando buscar la procedencia de tan dantesco escándalo. Sin embargo, y por fortuna para ella, lo único que llamó su atención al entrar allí fue el enorme agujero que había en el casco del barco. Algunos se echaron las manos a la cabeza y otros acudieron rápidamente hacia él con perplejidad. Hanna, por su parte, miraba oculta desde su escondite, aguantando el dolor de su pierna que ahora empapaba de sangre el rudimentario vendaje que se había colocado. Tras unos minutos de acaloradas discusiones, decidieron quitar la lanza que se encontraba tenazmente clavada en una viga anchísima, y un rato después la operación había concluido. Después de clavar unas maderas, que no consiguieron ni siquiera tapar el agujero, salieron riendo y chapoteando en el agua del suelo, que cada vez se hacía más visible. Cuando todos hubieron abandonado la bodega, Hanna se quitó la manta de encima y, muy acalorada, suspiró profundamente; sin embargo, un segundo más tarde dos de los hombres bajaron de nuevo, malhumorados. Casi sin tiempo a reaccionar, pudo volver a su posición. Oculta, vio cómo miraban en el interior de las jaulas. Algunos de los animales reaccionaban agresivamente al verlos, mientras que otros, atemorizados, se acurrucaban en una esquina. Tras una ojeada llamaron a otro compañero que bajó con un manojo de llaves, y después de seleccionar un par de jaulas las abrieron para sacar a sus inquilinos, que ya yacían inertes. Sin ningún tipo de remordimiento los arrojaron por el agujero del casco, lo que hizo que las tablas antes colocadas también cayeran al mar, y tras una pequeña discusión, los tres subieron a cubierta y cerraron de nuevo las compuertas. A Hanna esta escena le impactó enormemente y pensó que, de ser descubierta, ella correría la misma suerte.
Ignorando el dolor al que casi se había acostumbrado, recorrió despacio la proa de la bodega y, con la esperanza de que Kron estuviera en el barco, fue mirando una por una las jaulas. La verdad era que el aspecto de aquellas fieras resultaba extremadamente siniestro, más aún en el estado en el que se encontraban. No había ni rastro de su amigo. Al llegar a la última celda perdió la esperanza, pero algo llamó su atención, pues la jaula era diferente; alargada y un poco más baja. A pesar de encontrarse muy cerca de ella, no veía al inquilino que había en su interior, ya que la oscuridad era total en el fondo. La curiosidad de Hanna crecía, pues un intenso suspiro, más bien casi un ronquido, podía oírse allí. Tras coger una barra de metal y golpear sigilosamente los barrotes, no obtuvo respuesta; sin embargo, cuando ya había cesado en sus intentos por llamar la atención del animal, unas manos surgieron rápidamente de la celda.
—¡¡Natma me uk!! —gritó una voz desesperadamente.
Hanna, que estaba a unos escasos centímetros de los barrotes, casi fue alcanzada por ellas y, con el susto de la repentina aparición, cayó de espaldas sobre la jaula que tenía detrás, lo que enfureció a un enorme animal parecido a un lobo, que agresivamente intentó cazarla, sacando parte de sus zarpas por los barrotes, aunque por suerte sólo consiguió rasgar un poco sus vestiduras. Hanna pegó un sonoro grito y luego, rápidamente, corrió a ocultarse pues pensó que habrían podido oírla. Tras unos minutos en los que no pudo parar de pensar en el contenido de aquella misteriosa jaula, y después de haberse asegurado de que nadie bajaba a la bodega, avanzó a gatas hacia ella con una mezcla de intriga y temor. Los brazos seguían erguidos fuera de los barrotes y un escalofriante llanto procedente del peculiar prisionero recorría la habitación.
—¿Hola? —dijo asustada antes de poder ver la cara del desesperado huésped.
—Natma ne, on muk Gunuruk. ¡On itk Snork! —repetía con voz entrecortada.
Hanna casi no se atrevía a mirar, pero tras coger aire se puso en frente de la celda. Lo que vio entonces la llenó de sorpresa. ¡Era el extraño ser de la playa! Ahora con más detenimiento lo observó, y sin decir nada cruzaron sus miradas. Sus ojos eran pequeños y muy redondos, pero lo que más llamó su atención fue esa mirada enternecedora e incompresiblemente familiar. Incrédula y pensativa, siguió observándolo. El pequeño ser también la observaba con curiosidad, y tras unos instantes empezó a llamar su atención. Enseñando sus manos vestidas con unos grilletes, murmuraba con sigilo, mirándola fijamente. Parecía entender que ella no conocía su lengua y ahora se movía inquietamente sin parar de hacer gestos. Hanna no se lo pensó dos veces y fue hasta el manojo de llaves, que por suerte se habían dejado encima de las escaleras.
El acto que se disponía a hacer era bastante inconsciente. La reacción de aquel prisionero era incierta, pero sin duda ella sabía que aquel pequeño ser no se merecía estar allí; desde luego, ninguno de los animales que allí estaban se merecía el trato recibido, pero la humanidad que aquella pequeña criatura desprendía era única en la sala.
Una vez estuvo frente a la jaula, Hanna empezó a probar llaves, y tras bastantes intentos fallidos, los ojos del triste ser reflejaron una felicidad infinita. ¡El candado estaba abierto! Con un gran salto, el ser se abalanzó sobre Hanna. Ésta, sorprendida, pensó que sufría un ataque, pero tras incorporarse y ver que aquel rechoncho personaje sólo quería agradecerle su liberación, se sintió también colmada de felicidad. De hecho, aquel instante había sido, desde su llegada a aquel extraño sitio, el momento más agradable que había vivido. Entonces, una gran sonrisa llenó su cara.
Una vez que le hubo despojado de los grilletes, los dos, sin decir una sola palabra, fueron hacia la tinaja de la comida y Hanna invitó al pequeño ser a comer un poco. La voracidad de aquel animal la dejó estupefacta y, después de haber saciado también su sed, los dos buscaron un hueco que los mantuviera seguros de una repentina visita.
Ella parecía haber olvidado su herida, pero a pesar de ello su cojera era evidente. El pequeño ser también se encontraba totalmente magullado y se movía con un tambaleo tan peculiar que a Hanna se le escapó una sonrisa. Al verla, la criatura también sonrió y los dos buscaron cobijo entre un gran montón de telas y prendas.
El ser se había fijado en la pierna de Hanna, y tras aproximarse lentamente a su vendaje, pareció pedirle permiso para poder tocarlo. Ella asintió con la cabeza, y su compañero fue desenrollando el retal de tela que permanecía empapado de sangre. Sus manos eran muy rechonchas y tenían unas uñas desproporcionadas, sin embargo, la precisión con que aquel agradecido ser deshizo el nudo y quitó el trozo de tela la dejaron sorprendida. La herida estaba peor de lo que pensaba; de hecho, Hanna ni siquiera se había parado a verla con detenimiento, pues los acontecimientos se habían ido precipitando de tal manera que a pesar del dolor no le había prestado demasiada atención. No obstante, la desagradable visión de la sangre y el dolor que parecía agudizarse por momentos provocaron que sufriera un amago de desvanecimiento. El ser, que parecía llamarse Gunuruk, se fue rápidamente a por unos trozos de una bonita sábana o cortina que se dejaba ver sobre otro montón de telas. Después la partió con la ayuda de sus afilados y prominentes dientes, y a continuación la remojó en el barril de agua. Hanna seguía un poco fatigada y esperaba ansiosa la llegada de su nuevo amigo. Gunuruk regresó, y tras colocarse junto a ella, limpió la herida con delicadeza. Estaba sudorosa y parecía tener fiebre, a pesar de lo cual aguantaba estoicamente el dolor mientras su esmerado compañero hacía todo lo posible por realizar la operación de la manera más efectiva posible. Cuando acabó, corrió a por otro gran trozo de tela, que después enrolló con fuerza, intentando que la herida ya limpia permaneciera cerrada, de forma que sangrara lo menos posible. Realizada esta operación, Gunuruk invitó a Hanna a que cerrara sus ojos e intentara descansar un poco, cosa que no dudó en hacer pues estaba agotada. A pesar del cansancio, su sueño no fue tranquilo y entre pesadillas y delirios el tiempo fue pasando.
Cuando despertó, la brillante luna anunciaba la noche, y con gran belleza resplandecía sobre las furiosas aguas del océano. El barco se movía incesantemente y todo él crujía de una manera bastante anormal. Por el agujero penetraba gran cantidad de agua que inundaba la bodega lenta pero inexorablemente, y Gunuruk mostraba un rostro de seria preocupación. De pronto, una gran ola golpeó el lateral del casco y todo empezó a rodar por los suelos. El agua, ahora, penetraba también desde la cubierta y la situación parecía bastante caótica. Hanna y Gunuruk se afanaban por encontrar un punto de apoyo donde poder aferrarse, mientras las voces de la tripulación eran alarmantemente angustiosas. Aunque Hanna no entendía nada, viendo la cara de su pequeño compañero presumía que aquello no podría acabar bien.
El gran barco parecía virar sin rumbo y las olas sacudían todo el casco. La situación empeoraba por momentos, Hanna no sabía qué hacer ni cómo reaccionar, y quieta sólo se agarraba con fuerza a una de las paredes, intentando esquivar los objetos que rodaban de un lado para otro. Gunuruk iba y venía recorriendo inquietamente la bodega. A pesar de su cuerpo rechoncho y su caminar torpe, se movía con una agilidad increíble, y gracias a sus grandes uñas, se sujetaba con fuerza.
—¡¡Net nuku nos Hanna!! —repetía cuando se acercaba a ella, que sin saber muy bien lo que decía, utilizaba todas sus energías para no perder el equilibrio.
Tras otro golpe de mar, el casco sucumbió ante la desmesurada fuerza de las olas. Se escuchó un terrible crujido, como si el barco se hubiese partido en dos. Multitud de agua entraba ahora por todas partes, y un trozo del techo se vino abajo, lo que provocó la caída de dos hombres que inmediatamente fueron succionados y expulsados al mar por una gran vía de agua. El barco se estaba hundiendo en la oscuridad de la noche y Gunuruk parecía haber desaparecido también. Hanna reaccionó rápidamente, y como pudo empezó a llamarlo.
—¡Gunuruk! —gritó con fuerza.
El pequeño ser, haciendo un esfuerzo, pareció resurgir al otro lado del barco, que se encontraba totalmente inundado. Ella no se lo pensó y sin dudar se lanzó al agua, pues parecía que el pequeño ser no sabía nadar. Sin embargo, justo cuando pudo alcanzarlo, los dos fueron escupidos por una ola fuera del barco, que con un sonido chirriante y agudo se fue hundiendo rápidamente.
Ambos compañeros se encontraban ahora en medio de la tempestad y multitud de objetos y trozos del buque poblaban la superficie del enfurecido mar. Hanna, sin soltar a Gunuruk, intentaba agarrarse a cualquier cosa que los mantuviera a flote. Los segundos pasaban angustiosamente y ella resistía agotada los embates de las olas, esquivando los trozos del barco, que tras ser engullido había resurgido peligrosamente hecho pedazos. Tras evitar la colisión con un gran trozo de la cubierta, Hanna, al borde de la extenuación, consiguió agarrarse a él, y en un último esfuerzo pudo subirse, después de hacer lo propio con Gunuruk, que tosía intentando escupir toda el agua tragada. Entonces miraron preocupados a su alrededor.
La noche seguía avanzando y los dos amigos, en un desesperado acto de supervivencia, intentaban mantenerse sobre su improvisada embarcación, que se desplazaba de un lado a otro a merced de la tempestad. El futuro era incierto, y a pesar de que el amanecer fue trayendo consigo la calma, esto sólo era un triste consuelo, pues de nada servía concebir algún tipo de esperanza en aquel inacabable océano, a bordo de un maltrecho trozo de embarcación que vagaba a la deriva. Finalmente los dos sucumbieron al cansancio, y como si hubieran perecido, casi inertes, reposaron sobre su improvisada balsa.