CAPÍTULO VIII

Para Hanna la noche había sido agotadora, pues a pesar de que inicialmente no le costara quedarse dormida, la mayor parte del tiempo la había pasado entre las pesadillas y los continuos despertares que su dolorida pierna le provocaron. Así, cuando finalmente consiguió caer en un placentero sueño, ni siquiera los rayos del sol de media mañana consiguieron despertarla. Gunuruk a esa hora ya se encontraba levantado. Los Snorks eran seres peculiares hasta a la hora de dormir, pues aunque en ocasiones sólo necesitaban unas horas para coger fuerzas, cuando estaban muy cansados podían quedarse dormidos en los sitios más insospechados.

Con el sonoro ruido de las campanadas del almuerzo, Hanna no tuvo más remedio que espabilarse. Gunuruk bajó por las escaleras y con ímpetu despertó a su joven compañera, que entre aspavientos se resistía a perder su confortable postura.

—Let, let Hanna —repetía insistentemente.

Unos minutos después, los dos se encontraban a bordo del carro, rumbo a la ensenada.

Cuando Hanna consiguió despertarse del todo, sus bostezos dejaron paso al ruido de sus tripas, y alegremente se lo transmitió a Gunuruk que, con su sonrisa característica, la invitó a que dejara bien lleno su estómago, pues le esperaba un duro día.

Los dos compañeros llegaron al comedor un poco tarde, y cuando entraron, la mayoría de los comensales ya se encontraban en su habitual vorágine. Hanna no perdió el tiempo, y tras ocupar su asiento, de nuevo junto a Yasnek, comenzó a devorar la variedad de alimentos que sobre la mesa se encontraban. Cuando terminaron se les sirvió, como era costumbre, el extraño líquido; y Hanna, con curiosidad, preguntó a Gunuruk su nombre.

—¡Dudok! —contestó Yasnek, anticipándose al joven Snork, que tenía la boca tan llena que le resultaba imposible articular palabra.

Después, como era habitual, llegó la sobremesa, y con ella, la hora de las escandalosas conversaciones, en la que no era raro que alguno de los tertulianos acabase dormido sobre la mesa. A Hanna esto le hacía mucha gracia. Ella también intentaba hablar con los Snorks que la rodeaban y que parecían querer integrarla en la conversación, gesticulando de una manera poco habitual; pero a pesar de empezar a conocer el idioma, a Hanna aún le resultaba imposible entender nada.

El tiempo transcurrió deprisa y la campanada que invitaba a continuar el trabajo sonó con fuerza, introduciéndose por las paredes del comedor. Gunuruk estaba totalmente inmerso en un plácido sueño mientras su amiga había aprovechado para curiosear por el edificio, cuyo interior lucía adornado con preciosas tallas de madera. Su presencia cada vez parecía hacerse más habitual, y ya eran pocos los que se sorprendían a su paso. Observando que la mayoría de los Snorks abandonaban ya el comedor, se acercó de nuevo a su mesa. Yasnek tuvo que pegar un gran golpe en la misma con su mano, pues la campanada careció de eficacia con el joven Gunuruk, que se despertó con extrema precipitación.

Una vez recuperado del repentino susto, los tres salieron entre la multitud, y una vez fuera, el Uru se despidió de ambos.

—Pequeño snork, la humana buena cara lucir hoy; su brillante mirada decir que ella también entendernos desea. No olvides que como el Gran Aknus indicar, tu deber mostrar Bettnuk ser —dijo Yasnek.

—Así hacer, gran Uru —contestó Gunuruk y, tras ir a buscar su Lewik, los dos partieron hacia la colina.

Como había afirmado Yasnek, Hanna parecía sentirse mucho mejor. Su mirada la delataba, y aunque distaba mucho de terminar su convalecencia, sin duda se sentía bien.

Los dos marchaban ya rumbo a la colina. Ella admiraba el paisaje sin salir de su asombro, pues era la primera vez que visitaba esa zona de la gran aldea. Mientras, Gunuruk, sudando desaforadamente debido al sol que aún se resistía a perder fuerza, se concentraba en guiar el carruaje.

La parte este de Antraka, a pesar de aglutinar a la mayoría de la población que allí vivía, casi pasaba desapercibida, pues todos los Snorks residían en pequeñas madrigueras excavadas en los duros suelos de la ladera de Kett-Onk, situada en las proximidades de la ensenada, en el extremo noreste de la misma. Desde allí se podía observar el espectacular salto de agua, provocado por el caudaloso y tranquilo río que, proveniente de las altas montañas de Ultur, se precipitaba con fuerza, fundiéndose con las saladas aguas del mar.

Su destino no estaba lejos, y caminando no hubieran tardado más de unos pocos minutos; sin embargo, con el pequeño carro, el rodeo fue mayor, y el viaje se alargó más de la cuenta, lo que provocó que Hanna empezara a resentirse de los baches de la irregular senda.

Serpenteando consiguieron alcanzar su objetivo y, con el sol fundiéndose con el horizonte, pudieron observar las maravillosas vistas que el atardecer les brindaba.

Urduk, el gran maestro, los esperaba con impaciencia, y al verlos llegar respiró aliviado. Los pequeños Snorkys correteaban alborotados por todas partes, y Snorks adultos abarrotaban la zona en un ir y venir constante.

—¡Vamos, jóvenes! Esperando vuestra llegada estar —exclamó con impaciencia mientras los llamaba con su brazo.

Urduk era viejo, muy viejo, y estaba a cargo de los aserraderos de lo alto de la colina. En ellos, los grandes troncos eran recibidos para ser pelados, cortados y enviados por la extensa red de canales hasta su destino, en los diferentes hangares de la ensenada. Además, junto a estas instalaciones se encontraban también unos inmensos telares donde, después de tratar las fibras leñosas de los grandes troncos que en los cercanos bosques crecían, se obtenían las valiosas telas de Antraka, apreciadas en toda la Tierra Conocida por sus numerosas cualidades. El río en esa parte era contenido antes de precipitarse al vacío, y su fuerza era canalizada para facilitar el trabajo de los Snorks. A pesar de que a ellos, debido a su basta constitución, se les hacía imposible nadar, su vida había estado ligada a este elemento desde que en tiempos inmemoriales abandonaron las grandes montañas mineras de Sudum.

Los dos entraron acompañados del viejo maestro. Aquella sólida construcción, al contrario de las que conocía Hanna, era muy simple, amplia, de paredes compactas y lisas, y con techos altísimos. Era tan grande que por el centro de la misma fluía un pequeño canal que transportaba troncos e irregulares fragmentos de madera que se amontonaban varados en unos pequeños diques de fácil acceso para los Snorks. Éstos se podían contar por cientos, y desempeñaban una actividad frenética, sin un orden aparente, pues parecían ejecutar un amplio abanico de actividades.

Hanna avanzaba anonadada y la visita de momento le causaba gran satisfacción. Dentro del aserradero pudo disfrutar de todo el proceso, que por la envergadura de los troncos no dejaba de ser espectacular. Allí eran seleccionados, pelados y cortados para ser enviados a su destino.

Mientras Urduk y Gunuruk charlaban, los tres avanzaron en una especie de visita guiada. Hanna estaba expectante, y con muy buen humor, observaba todo a su alrededor intentando no perder detalle. A pesar del descontrol que parecía reinar, con el paso de los minutos Hanna se dio cuenta de que el orden era escrupuloso, pues todos los Snorks y Snorkys estaban plenamente concentrados en sus tareas. Desde luego, la capacidad de trabajo que tenían estos seres ya quedaba demostrada a temprana edad.

La manipulación de los puk, que así era como llamaban a los trozos de madera de diferente naturaleza que transitaban a lo largo del canal, era llevada a cabo con diligencia por estas criaturas, y con enorme destreza un solo Snork podía sacar un gran puk de los canales que por toda Antraka fluían; tarea digna de mención, teniendo en cuenta el portentoso volumen de los troncos, y más aún cuando cualquier error podía poner en serio peligro sus vidas, pues el agua que facilitaba tanto sus variados trabajos no dejaba de ser un peligro para su integridad. Ella, desde luego, se quedó estupefacta.

Cuando llegaron al final de la construcción, pararon, y Hanna, a través de unos enormes ventanales, pudo contemplar las preciosas vistas que había desde aquel punto. La oscuridad se apoderaba inevitablemente de aquel pedazo de tierra, pero la gran luna que lucía con una fuerza inusitada permitía ver sin problemas la mayor parte de Antraka y, desde la cima de Kett-Onk, pudo disfrutar de las envidiables vistas del gran comedor, los hangares, los diques repletos de enormes buques, la bella ensenada y, en definitiva, la mayor parte de la zona norte del poblado, que a esa hora se encontraba repleta de Snorks.

—¡Let! ¡Let! —gritó Gunuruk a su compañera, que parecía haberse quedado absorta admirando la idílica visión del que, por el momento, se había convertido en su hogar.

Tras salir por el extremo contrario por el que habían entrado, continuaron disfrutando de las magnificas vistas. Hanna pudo ver desde ese punto el entramado de canales que fluían por todo Bettnuk y que partiendo desde el cercano salto de agua bajaban portando multitud de puks que se amontonaban al borde de la costa.

Después visitaron los telares. La construcción era parecida a la anterior, aunque bastante más pequeña. Las labores que allí se realizaban eran llevadas a cabo en su mayoría por los Snork de sexo femenino que con gran soltura realizaban un trabajo que erróneamente podría parecer fácil. Ella se dio cuenta de este detalle porque, nada más entrar, muchas crías de Snorkys, aún demasiado pequeñas para colaborar, aprovechaban para dormir por todo el recinto mientras otras, hambrientas, parecían dificultar el trabajo de sus madres, adheridas a sus mamas. A Hanna esto le llamó la atención pues era la primera vez que apreciaba este fenómeno, pero por la naturalidad de su comportamiento no tardó en averiguar que eso era lo más normal. De hecho, los Snorkys tardaban bastante tiempo en dejar de depender de sus madres, y era raro ver a cualquier hembra adulta que no llevara a uno o dos alborotados pequeños siguiéndola todo el día.

La visita duró poco esta vez, y tras un somero vistazo a las instalaciones, salieron de nuevo al exterior. La oscuridad hacía resplandecer el cúmulo de hogueras, lámparas y antorchas que abarrotaban el poblado. Después de unos segundos en los que la fría brisa se hizo notar en la tez de los jóvenes, Gunuruk encabezó la marcha hasta su próxima visita.

A unos escasos metros del borde de la colina, por una empinada escalera tallada en la dura roca, se abría, con una puerta llena de florituras, un habitáculo que parecía sumergirse en el corazón de la tierra. Era la casa de Ynack, la Snork más famosa de la isla, pues ‘La viajera’, como era conocida, desde luego no había tenido la vida rutinaria y tranquila que acostumbraban a tener estos seres. Muy por el contrario, esta avejentada Snork tiempo atrás había participado en tantos viajes y hechos relevantes que la habían empapado de un conocimiento ciertamente inusual en los de su naturaleza y, de hecho, no eran pocas las ocasiones en que su sabiduría había sido requerida para asesorar al Consejo.

Sea como fuere, tan especiales aptitudes eran ahora aprovechadas en favor de la comunidad y, desde hacía bastantes años, desde que su menguada forma física no le permitió seguir recorriendo el mundo, se dedicaba a clasificar los objetos obtenidos en sus viajes, a transcribir sus ajetreadas aventuras y, sobre todo, a ayudar a todos los Snorks que acudieran a ella para comprender el difícil arte de los signos y palabras. A pesar de la satisfacción que tal conocimiento les podía aportar, aquél no era ni mucho menos un sitio concurrido, pues desde luego estos seres no estaban especialmente capacitados para desarrollar su faceta intelectual. Sin embargo, en ocasiones, algunos Snorks, movidos por la incipiente necesidad de buscar respuestas más allá de la pequeña península de Antraka, habían conseguido el difícil objetivo de convertirse en seres capaces de guiar, título muy apreciado, pues acreditaba a su poseedor como conocedor del arte de hablar y de traducir el papel escrito, además de otras muchas cualidades que sólo podían ser comprendidas por un Snork.

Ynack se presentó muy educadamente y Hanna se dio cuenta en ese mismo momento de que aquella Snork desprendía experiencia por todo su cuerpo. Las arrugas se hacían visibles por toda su cara, y su blanquecino pelo, alrededor de su pequeño hocico y de sus párpados, reflejaba una edad ciertamente elevada. Además, la serenidad de sus gestos y la cercanía de sus acciones la hicieron sentirse en un ambiente muy acogedor desde el primer momento.

Una pequeña hoguera y unos candiles llenaban de luz aquel sitio, y sobre irregulares estantes se amontonaban muchos documentos. Libros y hojas sueltas daban un cierto aire de desorden a una habitación en la que, a pesar de ello, todo parecía tener su sitio. Unos ventanales enormes, con gruesos cristales translúcidos, daban a la parte exterior del habitáculo, y Hanna no pudo resistir la tentación de asomar su cabeza por un pequeño hueco del que procedía una agradable brisa. Después de echar un vistazo a las preciosas vistas desde aquel particular lugar, Gunuruk guió a su amiga por la espaciosa casa que, aunque no contaba con mucha altura, sí tenía una gran extensión.

Toda la casa de Ynack podía considerarse como un bello museo, pues se podían encontrar dientes de Tuark, garras de los escasos Nuruks, figuritas talladas de los habitantes de Argon y multitud de dibujos, mapas y demás documentos gráficos que era imposible encontrar en cualquier otro lugar de Antraka.

Hanna disfrutaba con tremenda curiosidad de la visita, y tocaba y olía todo lo que a su paso se encontraba; sin embargo, fue al ver una serie de láminas con estampas de diversos motivos cuando sintió la necesidad de pararse para mirar con más detalle aquellas complejas ilustraciones. Ella no lo sabía, pero se encontraba delante de una de las más valiosas y antiguas obras de arte de los Mibuks, pues representaba la batalla que marcaría el comienzo de la época moderna, con el derrocamiento del Gran Rey Oddeon. Se trataba de la batalla que acabaría con el último reinado en Kinoria, con el grandioso palacio de Kettke, y que marcaría el inicio de nuevos tiempos en los que las continuas guerras y la inestabilidad del reino soberano serían la tónica predominante. Aunque todo esto era narrado debajo de cada lámina, Hanna no pudo leerlo pues aún desconocía aquel extraño lenguaje. A ella lo que le llamó la atención fue la estremecedora visión de aquellas escenas, el realismo y la vivacidad que desprendían, ya que casi podían moverse y escucharse. Algunas parecían atraparte e introducirte terroríficamente en la salvaje batalla, de tal modo que Hanna sintió cosas que nunca había sentido.

Como era costumbre, Gunuruk tuvo que ayudarla con un tirón para que siguieran la visita, y eran tantas las cosas ‘raras’ que pudo seguir observando que no tardó en olvidarse de aquella sensación.

Por fin llegaron de nuevo a la entrada, y Gunuruk señaló un enorme telar que parecía representar un mapa. La compleja técnica con que estaba hecho dejaba apreciar con detalle los lugares que allí se podían ver.

—¡Nit buk Hanna, Antraka et! —decía su regordete compañero.

Hanna se imaginó que por fin tenía el placer de conocer el lugar donde se había encontrado todo ese tiempo, aunque la imagen no dejó de ser poco esclarecedora, puesto que aquella especie de península no se parecía a ninguna que hubiera estudiado en Geografía, cosa que no la sorprendió. Además, todo estaba escrito en aquel extraño lenguaje, por lo que después de mirar con detenimiento, no pudo obtener mucha más información.

Tras la pequeña visita se sentaron un rato y mantuvieron un diálogo. Ynack conocía las limitaciones de Hanna, y con unas enormes dotes didácticas, consiguió sumergirla a ella también en la conversación. Desde luego, ésta fue muy simple, pero despertó en Hanna la necesidad de conocer todo lo posible de aquella extraña tierra que con suma hospitalidad la acogía.

Después de aquellos intensos momentos, los dos amigos decidieron regresar a casa. Despacio, pues para la pierna de Hanna había sido un día bastante agitado, se montaron en el carro.

La vuelta también fue una experiencia nueva para ella. Tomando el camino que salía hacia el oeste, pues era más amplio y de firme más llano, se introdujeron en la espesura del bosque. Había mucha gente allí y, con su lento paso, se pusieran donde se pusieran parecían estorbar. Sin embargo, a pesar del bullicio, Hanna no pudo dejar de pensar que, si hubieran estado solos, aquella parte del bosque le habría resultado tremendamente tenebrosa pues, a pesar de las numerosas lámparas que portaban los que allí se encontraban, la frondosidad de aquellos monumentales árboles apenas dejaba pasar la luz que la enorme luna de aquella noche desprendía.

Tras no mucho tiempo, la claridad del poblado se pudo empezar a intuir de nuevo sobre las altísimas copas de los robustos árboles y, llegando por fin a la entrada sur de la aldea, Hanna no pudo sino respirar con alivio al alejarse del bosque, que ahora, impulsado por la fuerte brisa, se mecía chirriante, lo que provocó que echara la mirada atrás. Un último escalofrío recorrió su cuerpo.

En Bettnuk había más gente aún. Incluso pudo observar con sorpresa alguna persona como ella, humana, lo que hizo que su corazón palpitara con fuerza. Sin embargo, lejos de llamar su atención, muy a su pesar, y siguiendo las instrucciones de Gunuruk, cubrió su cuerpo con un gran sayo que a partir de ese momento se convertiría en su anónimo uniforme, pues el comienzo de la temporada de los vientos del sur también traía consigo a toda Antraka (sobre todo a Bettnuk) a seres de diversa raza, género y condición, y no pocos de dudosa fama y honorabilidad con los que había que andarse con ojo, pues ella ya había vivido en primera persona el peligro de encontrarse entre los seres inadecuados.

Sin más, los dos amigos llegaron a la cabaña, y tras encender una pequeña hoguera, gracias a la cual el ambiente se volvió mucho más agradable, no les costó mucho entrar en un profundo sueño. Gunuruk, tras dormir un rato, no tardó en recobrar sus fuerzas y abandonó la cabaña para echar una mano a sus ocupados congéneres. Mientras, Hanna, sumida en un placentero sueño, apenas perdió su postura en el lecho durante toda la noche. El día siguiente amaneció con fuerza, y ella, con una vitalidad hasta ahora desconocida. Como era costumbre, se despertó con los primeros rayos de sol de la mañana. Gunuruk aún no había regresado; sin embargo, hambrienta, tardó poco en aventurarse a preparar el desayuno. Aunque la tarea parecía simple, pues Hanna se lo había visto hacer día tras día a su compañero, a medida que corrió el tiempo la difícil misión de avivar la hoguera, que se encontraba apagada, se transformó en una acción imposible, ya que los Snorks empleaban para ello una especie de piedras pulidas que a Hanna no le dieron ningún resultado. Por suerte, el pequeño Snork no tardó en volver y, sorprendido al ver a su compañera empleada a fondo en la labor, pues ella en ningún momento perdió la esperanza, soltó una enorme y peculiar carcajada.

Tras degustar un desayuno lo suficientemente consistente, los dos partieron de nuevo a la casa de Ynack. Hanna, aunque no sabía muy bien hacia dónde se dirigían, intuía que retornarían a aquel sitio y, llena de ilusión, fue meditando todo el camino en que debía poner más atención a todo lo que había allí, pues a veces pasa que uno no sabe apreciar las cosas cuando están delante, y cuando ya no las tiene, no puede parar de pensar en lo poco que las disfrutó.

Así, cuando llegaron a su destino, el tiempo transcurrió sumamente rápido para ella, que con toda su atención siguió las indicaciones de Ynack. Sumida en un profundo sentimiento de pasión por aquello que aprendía, su curiosidad por saberlo todo de aquel desconocido e intrigante mundo la atrapó de pies a cabeza. De hecho, ni ese día ni los siguientes bajó ya a comer con los demás Snork, pues disfrutando de la hospitalidad de la avejentada Snork, que resultó ser una formidable cocinera, degustó muchos platos típicos de la gastronomía local. Algunos, todo hay que decirlo, no demasiado suculentos para el paladar de un humano.

Poco a poco, la casa de aquella entrañable Snork se fue convirtiendo en su hogar. A pesar de las incesantes visitas que recibía, ésta ponía todo su empeño en no dejar de prestar atención a su excelente alumna, que día tras día parecía dar pasos de gigante en su ardua labor.

Su relación con Gunuruk también cambió, ya que éste debía contribuir con su destreza en los no pocos trabajos que en tan señaladas fechas inevitablemente se acumulaban, pero en la mañana y al anochecer fue el encargado de trasladar a Hanna a la cabaña que durante algunos días siguió siendo su lugar de descanso. Él aprovechaba todos sus ratos libres para estar con ella, disfrutando de cada instante que pasaba a su lado. Muy alegre, vivía con suma satisfacción las constantes evoluciones que hacía y que poco a poco facilitaron tremendamente la comunicación entre ellos. Más de una vez la curiosidad de Hanna lo metió en un aprieto, pues, a pesar de disimularlo bastante bien, el pequeño Snork se veía forzado a ocultar los secretos que de momento era su obligación salvaguardar; aunque a veces se le hiciera muy difícil, ya que su curiosa amiga se había convertido en alguien muy especial para él.

Unas semanas después parecía hablar ya con la suficiente fluidez y, aunque su vocabulario fuera reducido, y en la mayoría de las ocasiones inexacto, era la primera que vivía con orgullo todos sus avances. Sin duda disfrutaba de tan primaria necesidad y con la ilusión del primer día, no perdía la oportunidad de resolver sus dudas con aquel que pudiera ayudarla, o entenderla, pues no siempre acertaba a decir lo que quería.

A medida que las habilidades de Hanna fueron evolucionando, ésta percibió que algunas de las cosas que en un principio había observado en la casa de Ynack ya no se encontraban allí, o eran ‘camufladas’ para que pasaran inadvertidas, cosa que la mayoría de las veces no conseguía. Además, Gunuruk cada vez parecía más reservado a contestar ciertos asuntos, o se ponía nervioso ante determinadas cuestiones que también Ynack esquivaba con maestría, por lo que Hanna pensó que pretendían ocultarle algo. De hecho, no pudo aprender demasiado de aquel mundo, ni tampoco logró saber cómo había llegado hasta allí, aunque finalmente los días fueron pasando y esta cuestión dejó de preocuparla. Cada vez se encontraba más integrada en aquella tierra, aunque por supuesto los recuerdos de su cercano pasado a veces hicieron que derramase alguna lágrima.

Su pierna, aunque no evolucionó con la misma rapidez que sus conocimientos, con el tiempo fue recuperando su fabuloso estado inicial. Gunuruk al principio se preocupó un poco pues, como dijo el Consejo, ella sólo mantendría su estatus mientras estuviera convaleciente, y una vez que lo perdiera, se tendría que marchar. Sin embargo, Aknus intercedió, y con la ayuda de Mettmek, que era el encargado de tener informado al Consejo de la evolución de Hanna, aun cuando estuviera en perfecto estado siempre mencionaba que no sería aconsejable que realizara un largo viaje. No obstante, cuando estuvo preparada para moverse sin ningún problema, fue trasladada a una de las pequeñas madrigueras de la colina, más segura y alejada del bullicio de la zona central. Gunuruk como siempre se mantenía a su lado, y aunque en un principio reaccionó con cierto malhumor ante tanta mudanza, instado por las oportunas explicaciones de su abuelo consideró que era la mejor forma de preservar su anonimato, pues la aldea día tras día se llenaba con los más diversos y variopintos seres que nuestra amiga, intentando no ser sorprendida, no dudaba en examinar con suma atención. Aknus la había avisado de los peligros que podían existir si era descubierta, ya que a pesar de que aparentemente todos ellos venían a hacer negocios, el futuro de aquellas tierras y de todas las demás era demasiado incierto como para arriesgarse a volver a repetir experiencias pasadas, pues si algo no pudo olvidar Hanna fue su llegada a aquel lugar, y el terrorífico destino de aquellos que por suerte pudo dejar atrás.

Ella se adaptó poco a poco a aquella particular cultura, y una vez que dominó un poco más la lengua, todo cambió radicalmente. Ynack a veces la deleitaba con brevísimas historias que a Hanna le encantaba escuchar. Parecía sentirse cada vez más embriagada por aquel mundo, y algo en su interior la incitaba a saber siempre más de él; ni siquiera sus sueños escapaban a esta sensación y la mayoría de las noches Hanna se sumía en las batallas, aventuras y demás historias que, aunque escuetamente, la Snork le contaba.

Uno de esos días, por la mañana, mientras Ynack, como era costumbre, preparaba el almuerzo, Hanna, curioseando al abrigo de su segura soledad tras unas piedras grandes y pesadas en las que se podían ver unas escrituras castigadas por años de inclemencias meteorológicas, descubrió un gran pergamino. Ella aprovechaba cada momento que su amable maestra debía ausentarse para buscar más allá de lo que cualquiera podría ver a simple vista y, pretendiendo encontrar respuestas, no dejaba pasar ni un instante en el cual pudiera curiosear fuera de la vista de su mentora. La mayoría de las veces sus hallazgos no pasaban de fragmentos incomprensibles que no aportaban más que la emoción del momento; sin embargo, esa mañana, su curiosidad dio por fin con un descubrimiento en toda regla.

Aquel pergamino parecía antiguo. Estaba muy bien conservado, y cuando lo hubo desenrollado pudo ver una especie de extraño y gran mapa. Hanna miraba y leía con suma atención todos los lugares que en él se veían y, muy despacio, pues la lectura aún era un asunto pendiente que desarrollaba de manera autodidacta, intentó localizar aquellos territorios de los que había oído hablar en algunas historias.

Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue que en un lugar de ese mapa un pequeño espacio era resaltado con letras doradas y, aunque no pudo entender muy bien qué ponía, ni siquiera le hizo falta, pues a medida que sus dedos fueron recorriendo su nombre, letra a letra, un cosquilleo recorrió todo su cuerpo, provocando que su vello se erizara. Después se puso muy nerviosa. ¡Era su nombre! Un nudo pareció formarse entonces en su estómago y, emocionada, agarrando el mapa con su mano, salió corriendo en busca de Ynack, que tras escuchar aquel tremendo alboroto, acudió a su encuentro.

—¡¿Hanna, que pasar!? —dijo en un tono elevado, aunque con su sosiego habitual.

—¡¡Mira, Ynack!! —exclamó Hanna a la vez que extendía el mapa sobre una mesa, señalando sin perder un momento su nombre en el pergamino.

—¿De dónde sacar, pequeña? —dijo serenamente la vieja Snork, aunque en su interior su nerviosismo crecía por momentos.

—¿Qué significa esto? Éste es mi nombre. ¡Éste es mi nombre!

A Ynack la situación la pilló tan de sorpresa que por un momento pareció dudar, pues todos esos datos eran desconocidos para ella.

—Esto sólo Kettke ser, el reino de los reinos, Kettke, pequeña. ¡Kettke!

—¡Kettke! ¡Kettke! —repitió Hanna sin parar de mirar a Ynack .

No era la primera vez que escuchaba ese nombre, sin embargo, eso no era una respuesta para ella. Esa palabra significaba muchas más cosas, cosas que ya no sólo tenían que ver con aquella extraña tierra, sino también con la vida que había dejado atrás, con lo único que le había pertenecido siempre, quizás con la única pista que la llevara algún día hasta los suyos.

Sin dudarlo un momento, Hanna dio unos pasos y avanzó hasta una de las paredes de la casa. Ésta era de dura roca pulida y hacía las veces de pizarra cuando era necesario. Tras coger un trozo de algo parecido a una gran tiza, escribió dos palabras con letras bien grandes una debajo de la otra.

—¡Te lo enseñaré! —dijo mirando a Ynack, que por supuesto no perdía detalle.

—Mira, éste es mi nombre en la tierra donde me crié. Así se escribe allí, y así me llaman. ¡Hanna! —dijo señalando el primer nombre, y después bajó su mano hasta el segundo—. ¡Esto es Kettke! Pero… ¿Por qué? ¿Por qué estas dos palabras son iguales? —culminó diciendo muy agitada, golpeando la pared mientras parecía aguantar su llanto.

Ynack aún seguía un poco nerviosa, y ver el estado de su alumna desde luego no ayudó a calmarla. Tras tomar aire con un leve suspiro, se dispuso a intentar explicarle lo que le había preguntado. No resultaría una labor sencilla, pues era la primera vez que veía escrito el nombre de Hanna en su idioma. Ellos habían intentado ocultarle todo lo relacionado a Kettke, habían evitado enseñarle su lenguaje escrito, nunca le preguntaron de dónde venía ni cómo había llegado hasta allí. Nada debían saber de ella, y ella sólo debía conocer lo necesario. Vendemur así lo había dispuesto. De momento, sólo tenían que prepararla para su viaje, con eso bastaría, pues las respuestas llegarían, pero Hanna debía estar preparada. Aquello que permanecía oculto dentro de ella tendría que aflorar pronto, pero antes debía estar a salvo, lejos de Antraka, allí donde el mal no pudiera alcanzarla; pero sobre todo su espíritu debía estar preparado, si no, nada tendría sentido.

A pesar de todo, allí, en aquel momento, ella tenía razón; los dos nombres eran iguales, extrañamente iguales, pero… ¿Cómo podía haber pasado? Ynack sabía más cosas de su perspicaz alumna que cualquier otro ser de aquel lugar, sin embargo, esto no tenía explicación; era realmente incomprensible hasta para la sabia Snork. Venía de otro mundo, sin saber nada. ¿Por qué su nombre era igual? Los segundos se hacían eternos y Hanna miraba expectante con sus inundados y brillantes ojos, esperando impaciente que su maestra le descubriera algo revelador.

—Ésa una pregunta difícil ser —comenzó por fin a decir la Snork con voz entrecortada, con un tono raro en ella—. Yo respuesta no tener. Cosas que lo expliquen seguro haber. Tranquila debes estar. —Tras acercarse a Hanna, hasta cogerla de la mano, continuó—. Estas tierras muchos secretos esconder, y muchos por ti deben ser descubiertos, pero tus preguntas de momento deber guardar. Difícil saber que es, pero tú confiar debes como nosotros confiar en ti, pues tu vuelta a casa cercana estar y duro ser el camino que te acompañe hasta volver a tu hogar, porque aunque tú hoy poder pensar que muy lejos estar de él, con el tiempo podrás descubrir que el destino inevitablemente allí llevar.

Las palabras de Ynack, lejos de tranquilizar a Hanna, no hicieron más que inquietarla. Nerviosa, algo molesta, eludiendo el inminente almuerzo que ya podía olerse por toda la estancia, salió corriendo fuera de la casa.

El resto del día lo pasó deambulando de un lado para otro. ¿Qué podía hacer? Ante ella se presentaba un gran dilema pues, a pesar del gran cariño que sentía por aquellos seres, sabía que aquella no era su tierra, su mundo. ¿Qué quería decir Ynack? Multitud de sensaciones recorrían su cuerpo y la desconcertaban. Las imágenes de Joseph, Kron y de la señorita Hings se fundían con las de Gunuruk, Ynack y Aknus, transmitiéndose por todo su cuerpo el desagradable pensamiento de encontrarse totalmente perdida, tanto que volvieron a ella extrañas sensaciones que hicieron que recordara su llegada a aquel sitio.

Ese día nada pudo ayudarla, ni siquiera la compañía del que poco a poco se había convertido en su inseparable amigo. Gunuruk, conociendo lo sucedido, tras encontrarla, hizo todo lo posible por animarla; pero ella parecía resistirse a escuchar nada de lo que él dijera, aunque en el fondo no pudiera evitar prestarle cierta atención.

—Preocupar tú no debes, Hanna —repetía incesantemente—. Yo también cosas saber. Tú en nosotros confiar, pues juntos debemos estar. Pronto nosotros partir y largo viaje nos ha de esperar, pero tú siempre debes saber que todo lo que ocurra un fin que quizás ya estar escrito tener.

Aquella tarde el pequeño Snork luchó por contener la inminente necesidad de contarle a Hanna lo que guardaba con tanto celo; sin embargo no lo hizo, no podía hacerlo. Era peligroso, algo que podría cambiar el rumbo de los acontecimientos. Además, él también estaba preocupado. Sabía que no todo iba como su abuelo le había contado. Los vientos de aquella temporada eran como los de cualquier otra, sin embargo todo lo demás parecía raro, pues había pequeñas cosas que marcaban la diferencia y que se hacían palpables en el ambiente. Nunca antes tantos extranjeros habían ido a Bettnuk, y muchos de ellos nunca deberían haber sido hospedados allí, pues la ley de Antraka prohibía terminantemente hacer negocios con gentes de maligno oficio. Gunuruk, por supuesto, no podía afirmar que esto fuera una realidad, ni mucho menos que Aknus estuviera faltando a la ley de la que siempre hacía gala. Él seguía fielmente los deseos de su abuelo, pero también sabía que el tiempo que estuvo ausente de Antraka había sido largo, tan largo que a veces se sentía extraño en aquel sitio que era su casa. Estaba claro que se estaba fraguando algo que no tendría buen final, y el tiempo acabaría dándole la razón.

Con el paso de los días, la situación fue recobrando la normalidad, aunque Hanna ya no volvió a ser la misma. Ella hacía todo lo posible por no preocupar a los que amablemente la rodeaban; sin embargo, la ilusión dejó paso a la apatía. Constantes recuerdos y pensamientos de un futuro incierto hacían mella en su habitualmente risueño rostro, al que le costaba recuperarse de días y noches de continuo sufrimiento. Ya no buscaba a escondidas y a veces ni siquiera prestaba atención a lo que le decían. Sólo con el paso del tiempo consiguió centrarse en la pequeña esperanza de que el comienzo de ese largo viaje del que con tanto ímpetu Ynack, Gunuruk y Aknus le habían hablado descubriera algo de luz en la perpetua oscuridad en la que desde hacía tiempo estaba sumida.


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