CAPÍTULO IV
Durante los primeros momentos del trayecto, aunque estaba aterrada, intentó zafarse de las ataduras que le habían puesto y, sulfurada, golpeó con fuerza, como podía, a su captor, el cual parecía no inmutarse. Kron y el pequeño ser fueron introducidos en una fuerte red a modo de albardas, y parecían resignados a tan desagradable habitáculo, que se movía bruscamente con el veloz galope que imponía la marcha. El camino no fue largo, pero sin duda incómodo y bastante agotador. Hanna estaba cada vez más mareada pues un hedor emanaba de aquellos grandes y rápidos animales que relinchaban sin parar, pero antes de que su estado se volviera preocupante llegaron a su destino.
Por aquella zona de la costa las playas parecían ser bastante más amplias, y tras atravesar la última hondonada aparecieron majestuosamente tres grandes barcos que parecían varados en la orilla del mar. El tránsito que allí se podía ver era intenso. Por una enorme rampa subían y bajaban personas, animales y un despliegue impresionante de multitud de aparatos y cosas que ella aún no era capaz de apreciar. Grandes filas de personas encadenadas accedían o salían ordenadamente de un gran buque. Fieras y otros animales enjaulados también eran introducidos o sacados de él; en definitiva, toda la actividad que había brillado por su ausencia en la isla dio la impresión de aparecer con toda su fuerza en aquella pequeña franja litoral.
Una vez llegaron a lo que parecía ser el centro neurálgico de aquel sitio, los caballos se pararon. Hanna estaba muy asustada pues nada de lo que veía parecía agradarle, su cerebro era incapaz de albergar pensamiento alguno, y sólo el pánico podía verse reflejado en sus ojos. Había multitud de gente, y niños, muchos niños, todos ellos sucios y la mayoría desnutridos. Algunos eran separados de sus padres con una violencia innecesaria para después pasar por lo que parecía ser un estricto proceso de selección. La plaza, en la que ahora se encontraban, estaba siendo pobremente amurallada con la ayuda de grandes piedras, que eran arrastradas por unos seres gigantescos, dirigidos por numerosos grupos de hombres. Sin duda, todos ellos parecían venir de una batalla o de algo parecido. Había guerreros fuertemente pertrechados, con armaduras oscuras que transmitían terror con sólo mirarlas; otros soldados, también ataviados con pequeños chalecos metálicos y cascos en sus cabezas, transitaban en grupos muy numerosos con paso militar y escrupulosa alineación; también se podía ver multitud de caballos como los que los habían llevado hasta allí. Muchos de ellos se acumulaban en pequeños cercados donde no pocos yacían moribundos, y en otra especie de recinto había más, aunque éstos eran de mayor talla, tenían el pelo reluciente y parecían estar mejor atendidos. Desde luego, aquella desconcertante visión resultaba tétrica y angustiosa, más aun cuando Hanna fue bajada por sus captores y adquirió una perspectiva mucho más amplia de aquel sitio. En la lejanía del horizonte se atisbaban multitud de embarcaciones, grandes y pequeñas, unas alejándose y otras acercándose; un eco virulento salía de las que parecían anunciar su ida o llegada con un sonido escalofriante.
En cualquier sitio donde se mirara, la actividad era frenética, pero desde el primer momento Hanna se dio cuenta de que en aquel infernal lugar la mayor de las diferencias se encontraba entre los que sometían y los que eran sometidos.
Ella tenía pánico, y al ver cómo introducían a Kron en una minúscula jaula intentó en vano ir en su ayuda; pero, de repente, una potente e incomprensible voz pareció decirle algo a sus espaldas y un fuerte tirón en sus muñecas la hizo caer en un nauseabundo y pestilente charco. Su guardián, tirando de un cordel, intentaba atraerla hasta él; ella se resistía y, a pesar del tremendo dolor que su insubordinación le provocaba, miraba sin quejarse con ojos desafiantes a quien sin menor esfuerzo, y con una sonrisa detestable, un par de tirones después, consiguió subirla a sus hombros. A pesar de su más profundo miedo, actuaba con fiereza y, mientras atravesaba la parte central de la fortificación, negándose a dejarse someter sin oponer resistencia, se convirtió en el centro de atención de aquel lugar.
Una vez llegaron a un extremo, Hanna fue arrojada con brusquedad y sin contemplaciones a una enorme jaula de barrotes anchos y fríos. El suelo parecía estar lleno de algún tipo de sucia paja, y tras ponerse en pie y quitarse sus ataduras, observó que no era la única que habitaba ese sitio. El habitáculo era extenso y se encontraba lleno de chicos jóvenes. Sus edades oscilaban radicalmente, y se podían ver desde pequeños infantes que apenas se sostenían de pie, hasta jóvenes que parecían ser algo mayores que ella.
Al ver gente de su condición, ilusionada, intentó hablar con ellos y sin pensárselo se dirigió a una de las chicas que aparentaban ser mayores.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué hacemos aquí? ¿Qué lugar es éste? —preguntó con tono elevado.
Su excitación chocaba con la pasividad del resto, que parecían murmurar entre ellos, bajando la mirada cuando ésta coincidía con la suya. De repente una voz surgió del tumulto.
—¡Nektta tu nek! Susdue se bunne ott… —murmuró.
Pero antes de que pudiera terminar la frase, una fuerte y enojada voz, procedente del exterior, invadió el silencio de aquella prisión.
—¡¡Siutt!! —exclamó contundentemente, y nadie volvió a decir ni una sola palabra allí.
A Hanna no le sirvió de mucho aquella breve frase inacabada, pues no entendió nada. Lo único que podía sospechar era que incompresiblemente se encontraba en un arcaico lugar del extranjero.
Tras acercarse al lado de la jaula desde el que se hacía visible todo el gran patio, intentó buscar en vano a Kron. Por un lado todo lo que observaba era fascinante, increíble, totalmente irreal; sin embargo, dado su estado, todo lo que captaban sus ojos hacía la situación más angustiosa. Las personas que veía, en general, tenían un aspecto normal aunque desfachatado y muy irregular, pero todo lo demás era totalmente anormal. Los animales que observaba se comportaban de manera extraña y tenían un aspecto poco natural. Algunos parecían mezclas de especies totalmente contrapuestas, incluso le pareció observar cosas que en un día normal no habría creído ver.
Tras aceptar su encierro con resignación, las horas fueron avanzando con lentitud, y mientras la angustia empezaba a apoderarse de su hambriento cuerpo, pasado el medio día, una rarísima persona se acercó a la jaula. A pesar del sofocante calor iba totalmente cubierta por un grueso sayo lleno de roturas y se movía torpemente, arrastrando un carro de madera. Al verlo, sus compañeros de celda se agolparon velozmente en el enrejado, y después, aquel intrigante hombre fue desfilando a lo largo de la jaula. Con la ayuda de un gran cucharón de madera fue llenando las palmas de las manos de todos los prisioneros que clamaban con angustia por lo que parecía ser su almuerzo, y por supuesto, Hanna no fue menos. Sola, en la otra punta del habitáculo, esperó ansiosa la llegada de aquel malhumorado ser. Aunque aquella especie de papilla sólida no parecía muy apetecible, ella necesitaba comer algo y, cuando llegó su turno, su estómago le recordó que estaría dispuesto a zamparse cualquier cosa. Copiando la actitud de los demás comensales, sacó sus brazos y esperó al poco higiénico cocinero que, rechistando entre murmullos, depositó bruscamente su ración en el improvisado cuenco en que se habían transformado sus manos.
El hombre, sin levantar por un momento su enclaustrada cabeza, se marchó a otra jaula contigua; Hanna, cuidadosamente, introdujo de nuevo sus brazos, intentando no dejar caer nada de la escasa ración que le habían dado. Cuando se decidió a empezar a comer, la mayoría de sus compañeros ya habían terminado, y los que aún no lo habían hecho degustaban con voracidad aquella masa blanquecina. Ella no se lo pensó, y antes de que su cerebro llegara a la conclusión de la salubridad de aquel viscoso potaje, ya saboreaba el extraño alimento. La verdad es que era bastante insípido; parecía no contener ninguna especia y carecía de sabor. Hanna se preguntaba qué estaría comiendo, aunque antes de adivinar la procedencia de aquel puré, ya se encontraba relamiéndose los dedos y, al observar las caras hambrientas de la celda, dedujo que a todos los allí presentes la cantidad les había parecido bastante escasa, a pesar de lo cual nadie protestó ni dijo nada. Ella, por su parte, se acercó de nuevo a la reja y en silencio decidió hacer lo mismo. Unos minutos más tarde el mismo hombre, o uno parecido, empezó a caminar hacia la celda de nuevo. Esta vez más presto llevaba pesadamente a sus espaldas un barril, que debía de contener agua, pues no poca fue desperdiciada por el camino debido al torpe tambaleo del portador. Cuando llegó a su destino, justo enfrente de Hanna dejó el barril, y tras mirar hacia arriba, pareció llamar a alguien.
Contundentemente, un gran hombre recorrió el rechinante techo de madera de la celda y bajó de un gran salto hasta el patio. Aquel tipo estaba sudoroso y lo primero que hizo fue beber del barril. Después sacó un gran manojo de llaves y abrió la celda con brusquedad. Hanna, que se encontraba muy cerca de la salida, fue mirada por aquella especie de alguacil, y con una sola palabra entendió que no era el mejor sitio para estar en aquellos momentos.
—¡¡Nanett!! —gritó fuertemente mientras ella, asustada, retrocedía rápidamente sin perder de vista la situación.
El hombre del sayo entró fatigado. Lentamente, intentó ubicar el tonel en la celda; el otro hombre parecía impacientarse y secaba su sudor con su fuerte y peludo brazo. Una vez colocado el barril, el torpe recadero salió, y tras cerrar violentamente la puerta, el enojado alguacil pareció reprocharle su tardanza. Seguidamente lo golpeó. El pobre hombre cayó frágilmente al suelo junto a las rejas. Hanna, dejándose llevar por la curiosidad y por la lastimosa y aparente incapacidad de aquella persona, se acercó hasta el límite de la jaula.
—¿Está bien? —dijo ella.
El añejo hombre, sin decir nada, sacudió su vestimenta, se incorporó mirando con tristeza a Hanna y luego, dándole la espalda, continuó su camino. La cercana visión de aquella persona, si se le podía llamar así, la dejó estupefacta. Recordando su rostro se quedó paralizada; era realmente desagradable, más bien parecía un monstruo. Tenía una dentadura prominente y afilada, su piel era dura, áspera, y toda su cara se hallaba cubierta de enormes e irregulares arrugas, como si fuera portador de alguna extraña enfermedad o tuviera el rostro abrasado.
De repente, el lugar donde se encontraba Hanna se llenó de gente. Alborotadamente, todos intentaron acceder hasta el contenido del barril. Éste era grande, pero en poco tiempo su volumen disminuyó notablemente. Ella, a pesar de estar sedienta, decidió esperar, pues allí había agua para todos, y una vez que sus compañeros hubieron saciado su sed, se dirigió por fin hacia el barril. Allí quedaban sólo un par de chicos que debido a su estatura no podían acceder a él, y Hanna decidió ayudarlos. Aunque al principio eran reticentes al contacto físico, los dos fueron alzados, y una vez que aplacaron su sed, corrieron en silencio hacia el grueso del grupo que dormitaba apelotonado en el límite opuesto de la celda. Hanna renunció entonces a recibir cualquier ocasional muestra de gratitud, y en último lugar fue ella la que se dispuso a beber. El líquido estaba bastante turbio y esperó a que se asentase un poco. Después metió sus manos y con cierto escrúpulo se lo tragó. Era el mismo tipo de agua que recordaba del arroyo, aunque esta vez bebió abundantemente hasta quedar saciada. Por último, cogió otro poco y refrescó su rostro, cosa que no pareció sentar demasiado bien a alguno de los allí presentes, que parecieron reprocharle su actitud.
Mientras sus compañeros parecían dormir, Hanna intentó observar la irreal visión de aquel recóndito lugar; pero a pesar de poner todo su empeño en intentar localizar a Kron, como había supuesto, no lo consiguió. Multitud de jaulas con sus frustrados inquilinos se agolpaban a lo largo del patio, y en cuestión de minutos unas eran trasladadas hacia algún buque de los que ahora llenaban aquella pequeña parte de la costa, para colocar otras que esperaban su nueva ubicación. Sin embargo, no perdía la esperanza: algo en su interior le decía que pronto volvería a ver a su amigo, aunque la triste realidad se mostrara mucho más pesimista.
Hanna estaba bastante cansada y, tras pegar una cabezada involuntaria junto a los barrotes, decidió buscar un lugar más cómodo. Retrocedió junto a la pared y amontonando un poco de paja intentó hacerse un lecho lo más acogedor posible. Después se acurrucó en posición fetal y, tras recoger su cabello con una goma que llevaba en su muñeca, intentó conciliar el sueño, deseando con todas sus fuerzas que al despertar se encontrara de nuevo en St. James, lejos de aquella pesadilla.
La tarde fue avanzando, y con la caída del sol, Hanna despertó de nuevo. El sueño había sido profundo, y por su cara, bastante placentero; pero al volver a la realidad, de nuevo la envolvió la desdicha. Los rayos del sol se introducían ahora en la celda, y cegaban a los allí presentes. Ella tenía la boca seca; despacio, somnolienta aún, se dirigió hacia el barril, introdujo sus sucias manos en el interior y, con dificultad, pues casi se encontraba vacío, bebió un poco de agua.
La situación había cambiado poco dentro de aquella celda. Sus compañeros, inmóviles, parecían esperar en silencio, y Hanna intentó de nuevo comunicarse con ellos, esta vez de una manera mucho más sigilosa. Acercándose al grupo transmitió con gestos lo que, por sus diferentes lenguas, con palabras le era imposible; ellos la miraron con atención, y a pesar de que todo aquel despliegue comunicativo fue en vano, ella pareció integrarse en aquel grupo en el nadie decía nada, aunque ahora la miraban con interés. Hanna, por su parte, decidió quedarse allí, quieta, a pesar de la frustración que la imposibilidad de mantener cualquier tipo de diálogo le producía. En cierta medida, se sintió vagamente reconfortada al ser aceptada por los allí presentes.
Con el paso del tiempo, el atardecer se hizo cada vez más presente. Inmóvil, intentaba pensar cuál sería el incierto futuro que le esperaba. Sus compañeros cada vez se interesaban más en ella y algunos tocaban su pelo y ropa con alto grado de admiración; uno atrevidamente incluso tocó su cuello, pero al ver su lustrosa cadena, que hasta ese momento había pasado inadvertida entre su jersey, la miró con cara de preocupación. Un poco asustado llamó discretamente su atención. Parecía querer decirle algo; Hanna, perpleja, no daba crédito al interés que aquel joven ponía ahora en ella, sin embargo, su mirada y sus gestos le hicieron comprender que portar la cadena sólo le traería problemas. Asustada, recordó que aún llevaba la daga en el bolsillo y, muy nerviosa, sin saber qué hacer, decidió ocultarlas.
De repente, el paso acelerado de un grupo de personas rompió la calma. De nuevo el alguacil descendió apresuradamente de su posición para abrir la celda. Esta vez cabizbajo, se arrodilló ante el primer hombre, sin decir nada, casi como si tiritara de miedo. No hubo ni saludos, ni gestos, ni nada de nada. El hombre lucía portentosamente una armadura tan siniestra que todos los presentes en el patio lo miraron con estremecimiento; parecía recorrerle una sutil aura de oscuridad, como si desprendiera ira, odio o algo parecido, y ésta flameara terroríficamente a su alrededor. En silencio entró en la celda y, tras agacharse, pues su tremenda envergadura no le permitía estar de pie, se dirigió sin vacilaciones, con el agudo sonido de sus metálicas botas, hacia el grupo de muchachos que ahora lo miraban con terror.
—¡¡Le-lejt!! —dijo con una voz tan maligna que pareció retumbar en toda la estancia.
Todos se levantaron, todos menos Hanna, a la que, paralizada y temblorosa, la situación pilló totalmente de improviso. Con un brusco movimiento, el hombre se dirigió hacia ella. Muy enojado, tocando su barbilla con su afilada mano, le levantó la mirada hacia él, mientras, ocultos tras su casco, sus ojos parecían centellear de cólera. Observándola de arriba abajo, comenzó a hablar con voz ronca y aguda, sin duda aterradora.
—At Drujas. ¿Ort net tak nem?
Hanna era consciente de que aquella horripilante persona quería saber algo, pero su boca era incapaz de articular palabra mientras sus ojos se afanaban por no soltar ni una lágrima. Tras un segundo de eterno silencio, el hombre, sin ningún esfuerzo, la alzó enfadado y repitió, zarandeándola:
—¡¡¿Ort net tak nem?!!
Con la brusquedad de sus movimientos, el cabello de Hanna se precipitó en toda su extensión, pues hasta ese momento se encontraba recogido con una especie de moño. El hombre, al ver aquel brillante cabello que lucía esplendoroso a pesar de la suciedad que acumulaba, con gesto de sorpresa, la miró minuciosamente, con una respiración tan intensa que un agudo sonido pareció salir de su férreo y enigmático casco. A pesar de extrañarse por su peculiar atuendo, al darse cuenta de que era una chica, perdió todo su interés, y tras soltarla precipitadamente, volcó su violenta actitud con los demás moradores de la celda. Hanna respiró profundamente, y dio gracias por haber podido guardar el colgante y la daga a tiempo, en la compacta capa de paja que había debajo de sus pies.
Tras más de media hora de intenso y cruel interrogatorio, fueron registrados uno por uno. Para la mayoría no era una labor nada complicada, pues sólo les cubría una especie de taparrabos; sin embargo, para ella el proceso se tornó bastante molesto pues se tuvo que quitar zapatos, calcetines, pantalones y el resto de la indumentaria, quedándose solamente con su ropa interior y unos retales hechos jirones que le dieron y que, con maña, pudo adaptar a su esbelto cuerpo. Una vez pasado el desagradable trámite, todos los habitantes de la celda, ella incluida, formaron dos grupos. En uno, las chicas y todos los niños de menor edad se agolpaban en un extremo, y en otro, los varones jóvenes esperaban en fila casi desnudos, junto a la salida, a que les fueran colocados unos grilletes en pies y manos para abandonar aquella prisión; todos ellos con la resignación de que un triste y nada halagüeño final les esperaba. Hanna no dijo nada. Estaba triste, triste y muy preocupada; pero, tras llegar a la conclusión de que lo mejor era no llamar la atención, permaneció en silencio, pasando desapercibida entre aquel heterogéneo y acongojado grupo.
Cuando los chicos abandonaron la celda, desfilando silenciosa y funestamente en dirección a uno de los barcos, muchas fueron las lágrimas derramadas por sus compañeros. Hanna también lloró. Se preguntaba qué horribles cosas estaban sucediendo, y que por desgracia, le estaba tocando vivir. No había respuestas; de hecho, desde su llegada a aquel sitio sólo había encontrado más preguntas, y en aquel preciso momento el miedo, la tristeza y la impotencia se tornaron en una sensación nueva, un odio visceral por aquella malvada gente; sensación que se apoderó de ella y, sacando todo su coraje, se juró a sí misma que debía salir de allí.
El sol desapareció rápidamente y una oscurísima noche trajo consigo la llegada de una fría brisa. Las estrellas brillaban en el cielo y, mucho más abajo, en aquel desolador patio, Hanna pensaba en qué podía hacer para escapar. El frío empezó a penetrar en su semidesnudo cuerpo y, acurrucada junto a sus compañeros, tirit