CAPÍTULO III

El resplandor dejó paso a una profunda oscuridad. Hanna se encontraba desorientada, el corazón le latía con fuerza y, tumbada en el suelo, se preguntaba qué había ocurrido. El primer intento por levantarse resultó fallido y tras caer bruscamente decidió tomarse un respiro antes de volver a intentarlo. Kron reposaba unos metros más adelante, junto a lo que parecía ser la salida de la pequeña gruta en la que se encontraban, su respiración era angustiosa y su estado no era mejor que el de su fatigada compañera. El ambiente resultaba sofocante y la temperatura se elevaba. La humedad de aquel pequeño cobijo se hacía patente entre la multitud de grietas que permanecían empapadas, y el silencio sólo era perturbado por la ocasional caída de las pequeñas gotas que se precipitaban con brusquedad. Hanna fue recuperando el sentido por momentos y mirando a Kron con preocupación, intentó llamarlo.

—¡Ven aquí! —dijo con voz ronca y desgastada.

Aquellas palabras parecieron animar a su compañero que, moviendo su fina cola parecía intentar contestarle; sin embargo, sus esfuerzos por acercarse fueron en vano, pues los dos se encontraban incomprensiblemente exhaustos. Hanna entonces observó que delante de Kron había algo. No se veía muy bien, pero él intentaba lamerlo y gruñía al no poder alcanzarlo. Parecía una especie de cinturón o algo similar, o quizás fuese un palo o un trozo de raíz. Hanna no pudo saber qué era, pero recordó que ya lo portaba antes de la luz y no le dio demasiada importancia. Sin duda en aquel momento había más cosas en las que pensar. Su rostro reflejaba la preocupación que aquella situación le ocasionaba, y sus brillantes ojos parecían esforzarse por contener la angustia que se acumulaba en su interior con el paso de los minutos. Su inquieto corazón, lejos de tranquilizarse, se aceleraba con cada latido.

A pesar de intentar entender lo ocurrido, ninguna respuesta parecía tener sentido. Mirando somnolienta al exterior por la pequeña abertura de la cueva, observó perpleja las estrellas que brillaban con fuerza en la oscuridad de la noche. A pesar de haber pasado sólo unos minutos, su sentido del tiempo se había disipado. La luna parecía haber surgido repentinamente, pues a pesar del eclipse, un momento antes lucía un sol espléndido.

Aquella circunstancia la desconcertaba aún más, pues sabía que su ausencia no habría pasado inadvertida en la diaria cena del centro; sin embargo, no era eso lo que más le preocupaba, ya que ahora su principal objetivo era intentar recuperar su menguada capacidad física.

Al final, tras horas de angustiosa vigilia, a pesar de intentar evitarlo, los dos compañeros sucumbieron al cansancio y entraron en un profundo sueño.

La noche transcurrió tranquila, y con la llegada del amanecer, los primeros rayos de la mañana golpearon la tez de Hanna, que parecía haber olvidado su comprometida situación.

Abandonar su placido sueño, como de costumbre, no dejaba de ser una labor complicada. Ella se resistía a despertar, esperando la matutina y molesta campana del colegio. Sin embargo, esa mañana la campana no sonó. El día cada vez se hacía más presente, y por fin, Hanna se levantó repentinamente.

Sobresaltada, mirando con asombro a su alrededor, intentó ubicarse sin éxito. Unos segundos más tarde se incorporó enérgicamente, esta vez sin problemas. Aquel obligado descanso había sido reconfortante y la única secuela física parecía ser un ligero dolor de cuello provocado, seguramente, por la incómoda postura en la que había conciliado el sueño. No obstante, se trataba de una molestia a la que apenas concedió importancia. Hanna se dispuso a salir con rapidez de aquel oportuno refugio; debía llegar al colegio cuanto antes. Un colapso de los posibles problemas que aquella involuntaria fuga podrían acarrearle invadió su cabeza y la ausencia de Kron incrementó su nerviosismo. De esta forma, cuando se disponía a salir, sus pies tropezaron con algo. Era el cinturón que había visto por la noche. Hanna se agachó y lo cogió. Era de cuero o un material parecido y estaba arrugado y roto como si fuera bastante antiguo; a pesar de ello, esto no fue lo que llamó su atención, sino que adosado a él había una pequeña funda, y en su interior algo parecido a una daga.

«¿Qué es esto?», se preguntó mientras sacaba el intrigante objeto de su protección.

Hanna lo miró con curiosidad, pues el conjunto de la pieza era realmente hermoso; no se veía demasiado bien y estaba muy sucia, pero parecía una joya más que otra cosa. Tenía la hoja de color plateado, con un signo en ella; la empuñadura era brillante, oscura; y tenía varias incrustaciones que parecían piedras preciosas. Hanna celebró el hallazgo y se puso bastante contenta. Nunca había tenido nada parecido en sus manos y, sin parar de mirarla, limpiándola con la manga de su camisa, avanzó hacia el exterior, olvidando por un momento todo lo que había pasado.

Cuando el sol se proyectó sobre la daga, ésta empezó a brillar de una manera peculiar, como si estuviera absorbiendo su energía, de forma que cada vez lucía más bonita. Ella estaba absorta y continuaba limpiándola mientras una gratificante sensación la recorría.

«¿De quién será?», se preguntó mientras pensaba que en su vida había visto nada igual, ya que era una pieza digna de un museo.

Sin embargo, fue al levantar la vista cuando no pudo salir de su asombro. Petrificada, dejó caer la daga al suelo, y tras frotar sus ojos dos veces e intentar despertar de aquella visión mágica, no le quedó más remedio que aceptar la desconcertante realidad.

Delante de ella se extendía un basto y escarpado risco. No era North Park lo que se apostaba a la falda de tan majestuosa montaña; tampoco veía casas, ni ningún tipo de vestigio de civilización. En su lugar, un mar inmenso de aguas turquesas, que parecían inmóviles, dominaba el horizonte. El sol lucía con una fuerza inusitada y su tamaño era anormalmente grande. Cada detalle que Hanna descubría no hacía más que incrementar la certeza de que aún seguía soñando. Con la mirada fija, perpleja, intentó reaccionar ante lo que sus hipnotizados ojos no podían creer. El aire era limpio, pero tan denso que se hacía prácticamente irrespirable, y el cielo resplandecía con una claridad bastante extraña.

Kron apareció con un fuerte ladrido que la sobresaltó. Tras llamarlo, lo abrazó, esperando encontrar una solución a lo que sin duda suponía un problema mucho mayor que cualquier reprimenda que hasta ese momento hubiera imaginado. Estaba sola y perdida, pero lo peor era que no sabía qué extraños sucesos habían ocurrido para que se hallara en esa situación.

Con la esperanza de encontrar ayuda, se dispuso a descender. La bajada era dura y peligrosa; la montaña se alzaba inerte y no había rastro de vida por ningún sitio. Ni animales, ni plantas, ni por supuesto tampoco personas. No se veían senderos, ni ningún indicio de tránsito por aquel lugar. Ella no había viajado mucho, pero sabía que se encontraba muy lejos de su casa. Sin pensárselo dos veces, cogió de nuevo la daga y la metió en el bolsillo lateral de su pantalón, ató contundentemente sus botas y se decidió a bajar hasta la costa.

Al principio afrontó el descenso con prisa. Estaba muy nerviosa y quería llegar cuanto antes hasta la playa. No sabía muy bien qué haría después de alcanzar su objetivo, pero aquel sitio no le gustaba. El sol cada vez brillaba con más fuerza y el aire caliente daba la sensación de quemar sus pulmones. A esa altura sólo había rocas y más rocas; las había pequeñas como guisantes y otras tan grandes que doblaban o triplicaban su tamaño. En realidad toda la montaña parecía sólo un montón de piedras mal colocadas, como si alguien las hubiera tirado desde arriba y así hubieran quedado; además, la mayoría parecía estar bailando inestablemente unas encima de otras, y con el contundente paso de los dos compañeros, crujían y se movían provocando que el descenso fuera bastante peligroso. Hanna parecía ignorar el riesgo de su frenética bajada. Ni siquiera dar con sus posaderas en dos ocasiones sobre el irregular y doloroso suelo hizo que aminorara su marcha. Sin embargo, cuando estuvo subida a un gran peñasco y éste empezó a moverse, se dio cuenta de que, quizás, el que siguiera de una pieza sólo había sido cuestión de suerte.

Ella lo notó rápidamente. Desde abajo parecía estar bien asentado. De hecho, Kron pasó sin ningún problema; pero ella, cuando pegó un gran salto y estuvo arriba, intuyó que algo iba a pasar. En efecto no se equivocó. Sin tiempo para pensar, la gran piedra comenzó a deslizarse, despacio, crujiendo agudamente como si se estuviera resquebrajando. Después, con un movimiento brusco y seco, Hanna salió despedida hacia delante, y cayó a un par de metros. El impacto fue fuerte, y aún rodó unos metros más hasta que consiguió parar. Estaba aturdida y muy magullada, se había dado un golpe en la cabeza y su pantalón, a la altura de la rodilla, estaba roto y manchado de sangre. Por un momento creyó que iba a perder la consciencia, pero de repente empezó a escucharse un ruido ensordecedor. Sólo los ladridos de Kron la devolvieron a la realidad. ¡La montaña se venía abajo!

La piedra que había provocado el incidente se había partido en dos y una de las partes sólo había quedado sujeta por un pequeño canto en forma de cuña, que con el descomunal peso, había cedido. Multitud de rocas empezaron a caer violentamente por la ladera mientras la gran piedra parecía dirigirse directamente hacia ella. Al principio se quedó inmóvil, sin respiración, paralizada por el miedo y mirando cómo los pequeños fragmentos pasaban violentamente delante de ella. El gran peñasco empezó entonces a coger velocidad. Hanna sólo reaccionó cuando apenas quedaban unos centímetros para el impacto. Casi no se movió; simplemente se acurrucó, pensando que ése era su fin, que nada podía hacer ya. Sin embargo, cuando creía que la piedra la iba a aplastar sin remedio, ésta chocó contra otra que estaba justo delante de ella y pegó un pequeño salto sin dejar de rodar. Hanna se quedó quieta, cerrando fuertemente sus ojos, apretando sus dientes cuando la roca pasó por encima de ella, tan cerca que casi la rozó. Hanna pensó que todo había acabado, y durante un segundo no perdió su posición. Después giró la cabeza y vio cómo el gran peñasco seguía descendiendo la colina, imparable, hasta que por fin chocó con otra piedra más grande y con un sonido ensordecedor, se hizo pedazos como si hubiera explotado.

Sin dar crédito a lo sucedido, respiró profundamente, de una manera tan intensa que el aire penetró abrasadoramente dentro de ella, pero no le importó; de hecho, hasta le resultó gratificante, pues seguir viva era lo que la reconfortaba. Tras secar su sudor con la manga de su camisa y palpar todo su cuerpo, cerciorándose de que a pesar del dolor estaba entera, se incorporó lenta y dolorosamente.

—De la que me he librado… —dijo suspirando, creyendo ciertamente que sólo un milagro la podía haber protegido de un trágico final, ya que nunca había sentido la muerte tan cerca.

Por un momento se quedó inmóvil, pensando en lo que había ocurrido, esperando algo, como si quisiera que alguien fuera a preguntarle cómo estaba; sin embargo, como era lógico, nada de eso ocurrió, y tras sacudir con fuerza su polvorienta ropa volvió a coger aire.

«Nadie va a venir a buscarme», pensó desanimada.

—¡Vamos, Kron! —gritó después, llamando a su compañero para ponerse en marcha. Mientras, abrumada por la situación, rompió a llorar desaforadamente.

Tras más de una hora de ritmo acelerado, la fatiga y el hambre empezaron a hacer mella en Hanna, que cada vez aminoraba más la marcha. Su ánimo se hacía menor con cada paso y una sensación desconocida la llenaba de angustia. Kron, sin embargo, caminaba alegre, ajeno a lo ocurrido. Sin duda su estampa, en cierta manera, impregnaba de esperanza a su compañera, que se resignaba a sucumbir a la tristeza de aquel paraje. Multitud de preguntas se aferraban a su cabeza como si de un doloroso lastre se tratara, pues no podía parar de pensar en sus circunstancias. ¿Sería un sueño?

El cruce de un ocasional arroyo precipitó la primera parada. Sus aguas pasaban con alboroto entre las rocas. Hanna llamó a Kron, que ya tenía la mitad de su cuerpo sumergido y, desconfiada, pues el riachuelo fluía con un aspecto peculiar, olió aquel líquido.

—Es agua —murmuró, sedienta.

Bebió con precaución hasta aplacar someramente su sed. Después lavó sus heridas, que no tenían muy mal aspecto. Kron sin duda disfrutó mucho más de aquel efímero descanso y, sin perder de vista a su dueña, aprovechó hasta el último instante con sus alegres chapoteos. Aquel momento fue breve pero intensamente fortificante, y gracias al ocioso animal, que se sacudía con gracia intentando secar su empapado cuerpo, Hanna esbozó una pequeña sonrisa, a pesar de lo cual su preocupación continuaba creciendo por momentos.

Una hora más tarde, la cercanía de la playa se hacía visible, sin embargo, desde aquel punto seguía sin haber rastro de posible ayuda. A pesar del cansancio, aceleró el ritmo. La visión de unos pequeños arbustos en la costa la estimuló, pues desde que comenzara a descender, aquel paisaje había sido totalmente desolador. Una vez abajo, al lado de la costa, observó algunas plantas; pero muy a su pesar, no había ni rastro de alguien que le pudiera aportar una explicación, o decirle qué extraño lugar era aquél. Hanna se encontraba muy cansada y pensó que no sería mala idea reposar a la sombra de un pequeño arbolito que crecía cerca de ella. Tras sentarse frente al rompeolas, empezó a mirar el vaivén de aquella intensa masa de agua: su ritmo era hipnótico y extrañamente lento; a pesar de que el mar se encontraba prácticamente inmóvil, las olas rompían con una fuerza tremenda al llegar a la orilla. Ella no dejaba de asombrarse, pues la situación estaba impregnada de multitud de detalles que escapaban a toda lógica conocida. Aún no era capaz de creer que aquello estuviera sucediendo, aún albergaba la improbable esperanza de que todo aquello no fuera real.

Tras unos minutos se dispuso a coger la daga. Quería verla de nuevo, con más calma esta vez; pero antes de sacarla, de repente, un fuerte sonido empezó a escucharse en la lejanía. Al principio resultaba difícil saber su procedencia, pero unos instantes después se hizo totalmente perceptible. La alegría se apoderó de ella pues sin duda procedía del veloz galope de alguna caballería. Sin embargo, le era imposible hacer una descripción más exacta, pues la playa se configuraba en una especie de pequeñas calas que hacían que su campo de visión fuera muy reducido.

Justo antes de aparecer en la zona en la que se encontraba, se escuchó un sonido que la estremeció. Era un ruido agudo que penetró terroríficamente en su cabeza. Hanna, asustada, decidió intentar ocultarse detrás del pequeño árbol, y llamó a Kron, que vagaba por la orilla, aunque antes de que éste pudiera acudir junto a ella, unos jinetes penetraron en la cala a una velocidad increíble, cosa que despertó intensamente la curiosidad del aburrido perro.

Había cuatro o cinco caballos con sus jinetes y parecían perseguir a un pequeño animal que huía amedrentado. Kron se quedó inmóvil, mirando con atención aquella desagradable escena. El extraño animal parecía malherido, y a unos treinta metros de la posición de Hanna sucumbió a la persecución. Los jinetes eran muy raros: hombres enormes, fuertes, que portaban excéntricas armaduras y montaban unos caballos realmente desconcertantes, pues tenían mucho pelo y unas largas crines negras. El pequeño animal también era ciertamente peculiar y al verse acorralado adquirió una posición erguida y torpe, ya que hasta ese momento había corrido velozmente, utilizando las cuatro patas. Sus chillidos de pánico se volvieron entonces palabras de súplica, o algo parecido, ya que Hanna no entendía nada; pero debido a su actitud y a sus gestos, así lo parecía. Uno de los jinetes se adelantó y, tras desmontar su caballo, o lo que fuera, se acercó a él. Con voz potente y escalofriante pareció decirle algo en un tono bastante brusco, y después, sin mediar más palabras, golpeó con su pierna al animal, o persona, pues ella ya no daba crédito a nada de lo que veía. El pequeño ser (lo llamaremos así) cayó con virulencia al suelo y rodó un par de metros. Inmediatamente, y antes de que pudiera reaccionar, el jinete lo cogió por su escasa ropa, que estaba hecha jirones, y lo zarandeó, provocando que el ser chillara de nuevo. A pesar de encontrarse totalmente visible, Kron había pasado inadvertido para aquel grupo de malignas personas, que concentradas en lo que sucedía, sonriendo, parecían disfrutar con tan desagradable abuso.

Viendo la comprometida situación de aquel ser indefenso, Kron avanzó unos metros y, desafiante, arrojó un potente ladrido de advertencia. Los hombres miraron con rapidez hacia el valiente animal, y sus caras reflejaron una gran sorpresa. Lo observaban como si nunca hubieran visto un perro, y, aunque eran sobradamente superiores en tamaño y número, Kron no retrocedió en ningún momento. A pesar de su corta edad, mostraba su portentosa dentadura.

El hombre que sostenía al pequeño ser lo arrojó al suelo y se dirigió presto hacia él; su cara era de curiosidad, sin embargo, sus intenciones no hacían suponer nada bueno. Kron, al ver su actitud amenazadora, estaba cada vez más agresivo y, sin miedo, avanzó hacia él muy lentamente. De repente, el hombre intentó sacar lo que parecía ser una espada y el perro decidió atacar. Con un movimiento raudo y diligente, hizo presa en el brazo con el que pretendía coger su arma y, con la fuerza del ataque, ambos cayeron al suelo. Hanna, que había estado observando con aterradora atención cómo se desarrollaban los acontecimientos, permanecía en su escondite, temblando, pues no sabía cómo reaccionar. ¿Qué podía hacer? Pero al ver que el grupo avanzaba hacia el lugar del altercado, salió con decisión y llamó fuertemente a Kron, que se resistía a soltar el brazo de su rival. Hanna avanzó un poco más y volvió a llamar a su amigo, que optó por retornar con ella. Sin embargo, ya fue demasiado tarde, pues antes de que hubiera recorrido unos metros, fue capturado con la ayuda de una gran red.

Hanna entonces decidió actuar. No sabía qué hacer, pero de una manera realmente inconsciente se dirigió hacia ellos con la temeraria esperanza de intentar rescatarlo; aunque antes de poder hacer nada, ella también fue reducida, no sin poco esfuerzo. Tras montarlos a lomos de sus caballos, aquellos extraños tomaron rumbo a Dios sabe qué recóndito lugar.


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