CAPÍTULO I

Como cada día, a las siete y media de la mañana, Hanna se despertó con el desagradable sonido de la campana. Los primeros rayos de sol que conseguían traspasar las empañadas ventanas de la habitación avisaban de que su placentero sueño tocaba a su fin. La noche había sido fría y abandonar su caliente catre resultaba una labor tediosa. Sin embargo, no quedaba otra opción y, a pesar del cansancio que aún mostraban sus ojos, acudió al armario y se puso su uniforme para ir junto al resto de sus compañeros al comedor.

Ella, al igual que todos los alumnos, debía darse prisa, pues el centro tenía unas estrictas normas y sabía que llegar tarde significaba empezar su dura jornada en ayunas.

Poco a poco, la abarrotada habitación se fue vaciando. Hanna y todas sus compañeras fueron saliendo con alboroto, dejando atrás la enorme sala, ocupada ya sólo por una simétrica fila de pequeñas camas escrupulosamente ordenadas.

El centro de estudios St. James era un viejo aunque monumental edificio: sus pesados y anchos muros así lo constataban. Un mosaico de frías y enormes piedras de tacto calizo configuraban las grandes paredes de los pasillos del pabellón de las residencias. El techo en aquel lugar se alzaba grandiosamente y contaba con multitud de cúpulas repletas de cristaleras por las que, en días soleados, penetraba una claridad gratificante para todos los que por allí transitaban.

La poderosa construcción crecía desde su elíptico edificio central y se extendía en tres alas. Desde la entrada principal se accedía al aulario. Las clases, pequeñas y ordenadas por cursos, se repartían en el segundo piso, dejando la primera planta para las aulas más grandes y de uso general: el laboratorio, la habitación de arte y manualidades, la gran sala de proyección, el teatro y otras con usos alternativos. Al fondo de este edificio se abría, con dos puertas gigantescas, el comedor: un espacio descomunal, con un techo altísimo, que solía ser el lugar más frío de todo el colegio. El habitáculo, por su gran superficie, también hacía las veces de sala de reuniones cuando era necesario congregar al grueso de los residentes de aquel enorme colegio. Los alumnos y demás personal accedían a él por la entrada principal o desde sus respectivas residencias, que se extendían a izquierda y derecha en dos construcciones idénticas.

Multitud de grandes habitaciones se iban abriendo a ambos lados con una geometría perfecta. Para culminarlo todo estaba la biblioteca que, en forma de semicírculo, permanecía adosada a las residencias. Su segundo piso estaba ocupado por los despachos de los profesores.

A la biblioteca también se podía acceder desde el patio por una bonita entrada rodeada de jardines, y sus usuarios no dudaban en utilizar esta salida para respirar aire fresco durante sus diarias y pesadas horas de estudio.

Otros edificios poblaban también el recinto: el polideportivo, el parvulario, el viejo e imponente taller de oficios y otros muchos de diversa índole. En definitiva, el centro en su conjunto era grandioso, aunque a pesar de ello no dejara de ser una prisión para la mayoría de los alumnos allí presentes.

A pesar de todo, Hanna estaba alegre. Aquél era un día muy especial, pues coincidía con su decimocuarto cumpleaños; o por lo menos siempre había creído que era así. Sin embargo, algo le hacía suponer que su desayuno no iba a ser una gran tarta llena de velas.

En efecto, tan esperada fecha para ella no supuso un cambio en la triste rutina del colegio. La misma leche tibia con cacao de todos los días llenaba las ordenadas mesas del comedor y la esperanza de una inusual sorpresa a lo largo del desayuno se desvaneció cuando, media hora más tarde, de nuevo, otra horrible y rimbombante campana indicó el comienzo de un nuevo día de duras clases.

Hanna era una estudiante bastante peculiar, pues sus calificaciones eran muy distintas dependiendo de la materia que se tratase. Así, la Literatura y los idiomas tenían en su persona a la alumna aventajada de la clase, ocurriendo de igual manera con la Educación Física, en la que sin duda mostraba unas singulares dotes innatas. Las Ciencias Naturales también se contaban entre sus materias favoritas; sin embargo, sus estupendas notas sufrían una estrepitosa caída al hablar de Geografía, Historia y Matemáticas, siendo esta última una pesadilla diaria para ella y sus profesores.

En lo respectivo a su comportamiento, era una alumna querida por el profesorado. Todos ellos sabían que Hanna era ciertamente especial, pero su fuerte carácter chocaba en ocasiones con la disciplina del centro y, a veces, ciertas normas que debían ser acatadas sin ápice de discusión eran cuestionadas por ella, que haciendo gala de una perseverante aunque consecuente tozudez, en alguna ocasión se había metido en más de un problema.

Estaba claro que, a pesar de su aniversario, aquél no iba a resultar un día fácil, y su matutina cita con las cifras y las fórmulas dio buena cuenta de ello.

La mañana fue avanzando con la misma rutina de cada día, y después de tres interminables clases llegó el tiempo del recreo. Este pequeño parón era acogido por todos los alumnos con bullicio y algarabía, pues no dejaba de ser un soplo de aire fresco para todos ellos. En cuanto sonó la ruidosa campana que indicaba el comienzo de su liviano descanso, todos se apresuraron a salir al patio.

A pesar de su carácter jovial, últimamente Hanna era una chica bastante introvertida. Normalmente pasaba estos momentos de esparcimiento con sus compañeras de clase, aunque ya hacía bastante tiempo que las conversaciones eran tan monótonas, a menudo basadas en hablar de chicos, ropa y otros temas que a ella le parecían igualmente ridículos, que se limitaba a pasear en silenciosa soledad, meditando sobre diversas cuestiones que rondaban por su alborotada cabeza.

Ese día, sin embargo, decidió jugar al fútbol. No era lo habitual, pues pocos eran los chicos que querían medirse con tan estupenda atleta; pero la invitación de unos amigos, y quizás el sentimiento de compañía que tan especial día provocaba en ella, la hicieron embarcarse en tan curioso partido. Y decimos curioso, puesto que, si raro era ver a Hanna jugar con los chicos al fútbol, más raro era ver a los integrantes de aquel peculiar equipo practicar este deporte o cualquier otro, pues sin duda a todos ellos se les daba mejor utilizar sus cabezas que sus piernas. Sin embargo, esa mañana, la repentina clausura de la biblioteca debido a unas obras estimuló a todos estos pequeños cerebritos a salir al patio.

—¡Vamos, Hanna! Será divertido —dijo un chico bastante animoso, de piernas menudas y cabello rizado, uniforme impoluto y con unas grandes gafas que parecían querer escurrirse por su pequeña nariz.

—Está bien —contestó ella con decisión mientras le sonreía a Joseph, pues era éste un joven al que tenía un gran aprecio.

Sin más conversación, el partido comenzó. La estampa era tan curiosa que no pasó desapercibida entre los demás alumnos. Hanna era la única que conseguía mantener el balón entre sus pies y la misma acción resultaba casi imposible para los demás jugadores que, a pesar de ello, no perdían el buen humor, pues la experiencia les resultaba cuanto menos excitante. Además, tan ardua labor se veía acentuada por el mal estado del terreno de juego, ya que el único campo libre aquel día era un pequeño trozo de césped convertido, a causa de las fuertes lluvias de la noche anterior, en un barrizal lleno de charcos.

A pesar de todo Hanna y el resto de sus compañeros estaban disfrutando de aquel partido; parecía no importarles que sus uniformes cada vez lucieran más mojados y sucios, pero sobre todo hacían caso omiso de las burlas y risas de los demás alumnos, que ahora abarrotaban el perímetro del peculiar campo de fútbol. Y seguramente todas esas mofas habrían quedado en el olvido si los chicos de último curso no hubieran decidido intervenir.

Quizás por no ser ese día el centro de atención de sus compañeros, decidieron ir al sitio que esa mañana aglutinaba todas las miradas. Con la soberbia que para ellos significaba ser los veteranos del centro, irrumpieron en aquel trozo de patio convertido en ocasional terreno de juego. A partir de ese momento los hechos se precipitaron de una manera bastante inusual.

—¿Cómo se puede permitir que tan desastrosas y torpes personas intenten jugar así en nuestro colegio? —preguntó con su orgullosa y refinada voz Frank, intentando captar la atención de todos los presentes, pues era el cabecilla de aquel grupo de desaliñados muchachos.

Seguidamente, viendo que pocos fueron los que hicieron caso de su burla, entró irritado en el terreno de juego. Con porte osado y bravucón, paró bruscamente la pelota con sus pies, acción que provocó una tremenda caída en el barro por parte de Joseph, que iba tan concentrado en el juego que ni siquiera se fijó en lo que estaba ocurriendo.

—¡Recoge tus gafas de empollón y lárgate de mi patio! —exclamó con mirada desafiante. Joseph y los demás chicos que estaban allí lo miraron con sorpresa, pues a su entender no molestaban a nadie, pero sus ojos estremecidos pronto delataron el miedo que aquella situación les estaba empezando a provocar.

De repente Frank se dio cuenta de que uno de los jugadores se dirigía hacia él sin vacilaciones. Su sorpresa se incrementó al observar que se trataba de Hanna que, con paso firme, continuó avanzando hasta ponerse justo enfrente de él.

—¡Déjanos en paz! —gritó muy enojada por haber interrumpido con tan mala educación un partido al que sin duda no había sido invitado.

Sin dejar reaccionar a Frank, con un rápido movimiento, le quitó el balón de los pies, haciendo que el muchacho perdiera el equilibrio. Aquel instante fue tan vergonzoso para él, que el sonrojado color de sus mejillas dejó entrever el bochornoso momento que estaba atravesando, transformándose en ira cuando observó que Joseph mostraba una modesta sonrisa mientras intentaba limpiar sus gafas.

—¿¡De qué te ríes, cuatro ojos!? —dijo tan enfadado que una gruesa vena empezó a hinchársele por todo su cuello.

—No… no me río de nada, Frank —contestó Joseph con voz temblorosa, incapaz siquiera de mirar a su desdeñoso compañero.

—¿Me tomas por tonto? —añadió enfurecido.

Seguidamente se lanzó a por él. Los dos cayeron al suelo para enfrascarse en lo que a todos los allí presentes les pareció una pelea desigual, pues Joseph era mucho más joven y pequeño que Frank.

Y así habría sido de no ser por Hanna, que nuevamente optó por intervenir. Ella nunca se había enfrentado con ningún compañero, ni mucho menos se había visto involucrada en ningún altercado. Siempre se había mantenido al margen, pero aquel injusto abuso provocó que una sensación de incontrolable ira se apoderara de ella.

Agarrando con presteza a Frank, que se encontraba encima de Joseph, lo tiró hacia atrás. Cayó de espaldas en un gran charco de barro. Todos se quedaron perplejos, pues era un chico enorme, de gran peso y talla, y nadie daba crédito a la facilidad con la que se había deshecho de él.

Las risas abarrotaron entonces el patio y antes de que nadie pudiera reaccionar, en el círculo que se había formado alrededor de ellos, irrumpieron los profesores, atrapando a cada uno de los protagonistas del incidente. Frank, enfurecido, agarró por el cuello a Hanna, rompiéndole una bonita cadena que fue a caer a un pequeño charco. Uno de los profesores, el señor Conery, metió su mano en el fango y la sacó para dársela a su dueña. Estaba rota y sucia, aunque a ella no le importó mucho. De hecho, en aquel momento no había muchas cosas que le importaran demasiado.

Los dos fueron llevados ante la directora del centro, la señora Rowell, cuya sola presencia ya era un duro castigo. Sin embargo no acabó allí la cosa, y después del pertinente sermón, ambos fueron recluidos en sus respectivas habitaciones; aunque antes, Frank, exasperado como un energúmeno, le juró venganza con una frase que a ella le llegó al corazón.

Hanna estaba irritada, puesto que, a pesar de no haber sido su culpa, la peor parte fue para ella, ya que los padres de su colérico compañero pertenecían a una influyente familia de la ciudad. La impotencia se apoderó entonces de la derrumbada joven que, muy afligida, intentó limpiarse sin éxito su manchado uniforme. Poco a poco la rabia se transformó en una profunda tristeza que pareció llenar aquella enorme habitación. Sentada en su endeble catre, miraba su maltrecha cadena y, tras acercarse hasta su mesilla, la colocó con cuidado encima de una pequeña manta en la que, en un bonito bordado ya desgastado por el paso del tiempo, apenas podía descifrarse su nombre. Una lágrima empezó a recorrer su mejilla; no podía quitarse de la cabeza las últimas palabras que su enfurecido compañero le gritara.

«¡Me las pagarás, maldita niña abandonada!», se repetía con fuerza.

Tapándose su rostro con la almohada, no pudo evitar romper a llorar hasta que, consumida por la pena, se quedó dormida.

Y es que no olvidemos que la vida de esta valiente joven no había sido fácil. Dejada a su suerte desde su nacimiento y sin conocimiento alguno del paradero de sus padres o de algún familiar cercano, Hanna llevaba recluida toda su vida en aquel centro, donde, bajo la tutela del Estado, había crecido en un internado en el que chicos y chicas de toda edad, clase y condición convivían unos con otros, siendo una pesada carga la soledad de aquellos que carecían de familia. La resignación actuaba en la mayoría de los casos como un ineficaz consuelo, pero ella nunca había perdido la esperanza; se resistía a pensar que no significara nada para nadie. Algo en su interior le decía que algún día conseguiría una explicación, a pesar de lo cual sabía mejor que nadie que quizás fuera ése un deseo que nunca llegara a cumplirse.

Unas horas después de entrar en un profundo sueño, Hanna se despertó con el ruido de la pesada puerta de la habitación y, todavía medio dormida, vio aparecer a Joseph acompañado de la señorita Hings, una simpática y joven profesora, que portaba un gran cuenco de sopa caliente.

—Toma y bébetela, que debes de estar muerta de hambre —dijo amablemente.

Hanna no dudó en obedecerle pues, en efecto, estaba hambrienta. Después su compañero le contó que, tras hablar con la Señora Rowell y debido a la buena fama con la que Joseph contaba entre el profesorado, después de explicarle lo sucedido, había accedido a levantarle el castigo.

—¡Cámbiate rápido de ropa que nos vamos de visita al museo! —exclamó con enérgica alegría.

Unos minutos más tarde Hanna se encontraba esperando en el autobús para tomar rumbo hacia el centro de la ciudad. Ella y Joseph se acomodaron en los asientos delanteros. Todavía llevaba una cara que delataba su estado de ánimo; sin embargo, la excitación que la excursión provocaba en su amigo pronto se le fue contagiando y unos minutos más tarde recuperó su característica sonrisa.

El autobús, un viejo Plaxton Panorama, tardó poco en arrancar y, tras soltar una oscura nube de humo por su tiznado tubo de escape, todo él empezó a vibrar de una manera un poco sospechosa, aunque nadie de los allí presentes se alarmó, pues muchos eran los kilómetros que aquel antiguo vehículo había recorrido sin dar un solo problema. Así, con el rugir de su potente motor, emprendieron el camino.

El viaje al museo era para muchos de los chicos que llenaban el autobús una de las pocas maneras de escapar de St. James, dado que por su edad debían pasar todo el día recluidos allí. Esto no ocurría con Hanna, que desde hacía algún tiempo empezó a tener ciertos privilegios y cada tarde, después de sus obligaciones escolares, disfrutaba de un par de horas de libertad para emplearlas como quisiera, teniendo en cuenta que existía una larga lista de restricciones. Joseph, sin embargo, aún no tenía tales libertades y aquella salida le llenaba de satisfacción. Eso se reflejaba en su incansable conversación. Hanna lo único que podía hacer era escuchar, de tal manera que antes de llegar a su destino tenía la información completa del motivo de tan precipitado acontecimiento.

—Estoy seguro de que veremos algo increíble —dijo Joseph sonriendo mientras se colocaba sus escurridizas gafas.

—¿Increíble?

—Sí, Hanna, un extraño animal. La señorita Hings ha hablado de él en más de una ocasión.

—No lo recuerdo.

Joseph la miró sorprendido; no podía entender que su amiga mostrara tal apatía ante lo que se disponían a ver. Sin embargo, por la cabeza de Hanna aún flotaba el altercado de la mañana.

—¿Cómo no vas a acordarte? —añadió excitado—. El que apareció en North Park.

—Lo había olvidado.

—¡Mucha gente visita la ciudad en el aniversario del hallazgo! Pero hoy es un día muy especial, pues coincide con un eclipse solar idéntico al que acompañó al suceso original. ¡Habrá gran expectación! —exclamó Joseph levantándose de su asiento en un último intento por captar la atención de Hanna.

—Estoy segura de que será muy interesante —contestó ella sonriendo ante la euforia que mostraba su amigo, pues era verdad que ya había oído hablar de él.

Joseph no se equivocaba. Realmente era mucha la expectación, pues la dificultad que tuvo el autobús para llegar hasta el museo era una buena prueba de ello. Había gran cantidad de gente que no era de allí. También había periodistas y un despliegue policial que a Hanna le pareció desorbitado para su tranquila ciudad.

La señorita Hings, que les acompañaba, pues era la profesora de Ciencias, fue la primera en bajar, y un minuto más tarde, en un escrupuloso orden, todos fueron accediendo al museo. Aquel emblemático edificio se encontraba lleno por completo, y las piezas que Hanna recordaba de visitas anteriores no estaban allí. Lo único que se veía sobresalir encima de tantas cabezas era una urna de cristal enorme situada en el centro de la sala principal.

De pronto, un señor bastante gordo y fatigado se acercó al grupo, y tras presentarse amigablemente a la señorita Hings, empezó lo que sin duda parecía una amena conversación.

—Hola, Mary, me alegro mucho de verte —dijo él con voz entrecortada y respiración irregular, mientras secaba el sudor de su pronunciada frente con un pañuelo.

—Yo también, Doctor Hern. Parece que la muestra está teniendo un gran éxito. Nunca había visto tanta gente en el museo.

Hanna miraba intrigada a aquel hombre; parecía que de un momento a otro fuera a sufrir un infarto.

—Es el director del Museo Metropolitano —le susurró Joseph.

El ruido que había en la sala no dejaba escuchar demasiado; sin embargo, los dos compañeros, que se encontraban al principio del grupo, pusieron empeño en tratar de oír lo que el Doctor Hern contaba con interés a la profesora.

—¡Llevo un día de locos! —exclamó, agitado—. Pero no es para menos, no hay constancia de un hallazgo científico tan extraordinario como éste.

—Estoy segura de ello.

—Su gira por los museos más importantes del mundo no dejó indiferente a nadie. ¡Pero esto es una locura!

—Hoy es un día realmente especial. Resulta extraño que vuelva a coincidir con un eclipse.

—Sí, es muy extraño. Muchos creen que existe una relación entre el ser, el eclipse, y la potente luz que surgió de la colina antes de que fuera encontrado. Pero lo cierto es que la ciencia no ha podido demostrarlo.

Hanna, que al principio no mostraba demasiado interés, fue prestando cada vez más atención, pues aunque ya había oído hablar de aquel extraño ‘bicho’, siempre había hecho caso omiso a lo que se contaba de él. Sin embargo, en esa ocasión, y quizás debido a la pasión con que aquel gran hombre hablaba del tema, se quedó casi hipnotizada escuchando todo lo que la conversación dio de sí.

—¿Se ha podido averiguar algo más acerca de él? —preguntó la señorita Hings, intrigada.

—Por desgracia, no. Los testigos que lo encontraron dijeron que se expresaba en un extraño lenguaje, aunque hoy por hoy nada se sabe.

—Es una pena que pereciera horas después.

—Sí, una verdadera pena. La multitud de pruebas realizadas muestran que poseía un desarrollo cognitivo algo inferior al humano; sin embargo, a pesar de su morfología animal, casi humana, no hay comparación alguna con otro ser vivo de nuestro planeta. Seguimos buscando, aunque, de momento, sin ningún resultado.

—Hay quien ya tiene respuesta para eso —añadió sonriendo la profesora, señalando a un grupo de personas que había en el exterior con grandes pancartas.

—La incertidumbre no hace más que alimentar las teorías más descabelladas acerca de su aparición, y no son pocas. Seguro que muchos de los que están hoy en la ciudad creen que verán algo sobrenatural.

—¿Y usted qué piensa acerca de eso?

El Doctor se aproximó a la señorita Hings.

—Guárdeme el secreto —susurró él—. Sin duda tengo la certeza de que su origen no es terrestre, pero… —alzó su voz—, no espere que ninguna nave espacial venga a buscarlo.

Los dos rieron abiertamente mientras Hanna parecía resistirse a creer lo que había escuchado.

De repente el grupo empezó a impacientarse, pues la conversación se estaba alargando más de lo oportunamente necesario, y profesora y doctor decidieron avanzar entre la abarrotada sala hacia la enigmática urna.

Después de esperar su turno, pues la fila de curiosos era bastante larga, fueron pasando de uno en uno delante de un cristal puesto a modo de protección. La zona central de la sala se encontraba en penumbra y desde el fondo de la urna salía un luminoso foco de luz que la iluminaba. En su interior, el ser se encontraba flotando, inmerso en una sustancia un tanto viscosa. En posición fetal, su cabeza parecía mirar a cada uno de los que pasaban delante de él. La estampa era un tanto siniestra, pues tenía una cierta apariencia humana; y Hanna, que fue la primera en pasar, pareció quedarse inmóvil al verlo. Una sensación escalofriante recorrió su cuerpo al encontrarse delante de tan peculiar animal.

Era rechoncho, barrigón, aunque muy fuerte, y parecía bastante bajito; su cuerpo estaba recubierto de una tupida capa de pelo blanquecino y bastante estropeado, seguramente debido al tiempo que llevaba metido allí. Muchas llagas recorrían todo su cuerpo y tenía una gran cicatriz en el costado que parecía antigua; sin embargo, lo que más le llamó la atención fue su rostro. Su expresión denotaba angustia, mucha angustia. A Hanna le impactó tanto que parecía petrificada. Joseph tuvo que pegarle un pequeño golpe para que siguiese avanzando, y realmente a él también debió de recorrerle un escalofrío pues, con el ímpetu de su empujón, se precipitó sobre el cristal. Al ver a aquel ser pegado a su cabeza, mirándole fijamente, soltó un terrorífico grito que sin duda hizo mella en el grupo, pues muchos fueron ya los alumnos que pasaron delante de la urna deprisa y casi sin mirarla.

La señorita Hings, que fue la última en recorrer aquel estrecho pasillo, también se dio cuenta de que quizás aquella muestra era poco adecuada para unos chicos tan jóvenes. Al comentárselo al Doctor Hern, éste añadió que, a pesar de guardarlo en el almacén del museo, lejos de cualquier agente que lo dañase, y de ser contadas sus exposiciones públicas, últimamente el estado del ser se había deteriorado muchísimo y su aspecto actual distaba bastante del que tuvo originariamente.

Después de la efímera visita y tras despedirse del amable doctor, la señorita Hings reagrupó a sus alumnos y, poco a poco, con el mismo orden de la salida, ocuparon su plaza en el autobús.

Al contrario del alboroto de la ida, la vuelta al colegio se desarrolló en silencio, y los pocos murmullos que se oyeron no fueron capaces de romper la calma que aquella corta pero intensa visita había provocado en los chicos. Joseph no dijo ni una palabra; parecía entretenido admirando el paisaje a través de la luna delantera del autobús. Sin embargo, Hanna mantenía su mirada fija en el horizonte mientras su cuerpo trataba de asimilar todas las sensaciones que la visión de aquel extraño ser hicieron aflorar en ella. Su inquieta respiración delataba su nerviosismo y, a pesar de intentar contener toda reacción física que dejase intuir su estado, la señorita Hings, tras acercarse al asiento que ocupaba, cogió su mano y la miró preocupada.

—¿Te encuentras bien, Hanna? —preguntó con su habitual amabilidad.

—Estoy un poco mareada, pero no es nada —contestó ella evitando su mirada.

La profesora volvió a su asiento sin darle mayor importancia, pues era consciente de que su alumna había vivido un día de intensas emociones.

Sin embargo, lo que experimentaba en realidad no era mareo. Ni ella misma sabía lo que le pasaba, pero aquella fugaz visión le había causado más sensaciones de las que ella nunca habría imaginado.


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