CAPÍTULO IX
Por fin, un día, el momento tan esperado llegó. El cielo estaba cubierto y la mañana amaneció tan rara que sería imposible decir cuál era el motivo. La situación se percibía en todo Bettnuk, la calma era completa, los Snorks parecían haber desaparecido y sólo el ruidoso soplar de los vientos a su paso por el poblado perturbaban el aparente silencio. Gunuruk había salido, pero como era costumbre no tardó en llegar. Hanna se resistía a comenzar el día, y un poco reticente se preparaba lánguidamente para subir junto a Ynack. Sin embargo, aquella mañana iba a cambiar su rutina habitual. El Snork llegó muy preocupado; ella sólo le recordaba esa cara cuando lo conoció por primera vez, y esto realmente la inquietó también.
—¿Qué pasa? ¿Dónde vas? —dijo mientras él, sin hacerle caso, se movía deprisa por toda la cabaña, cogiendo cosas y metiéndolas en un gran fardo.
Hanna permanecía inmóvil y cada vez más asustada. Lo agarró del brazo y Gunuruk la miró.
—Irnos deber. ¡Deprisa! Ya no tiempo que perder, peligro correr. ¡¡Ellos hacia aquí venir!! —exclamó con ojos estremecidos.
—¿Quiénes son ellos? ¡Me estás asustando! —dijo cada vez más preocupada hasta que el Snork, tras zafarse de la mano que le agarraba, siguió con su frenética actividad.
—Esto así no debía ser. Aknus imprudente ser, loco debe de estar. Tiempo ya no tener, sólo el necesario para escapar poder —y mientras salía por la puerta continuó—. ¡Corre! ¡Prisa dar! ¿¡No entender!? ¡¡Ellos venir!!
Hanna no comprendía nada, aunque no se lo pensó y, tan nerviosa que el corazón parecía que se le iba a escapar del pecho, siguió a Gunuruk tan rápido como pudo.
Cuando salieron de la cabaña todo estaba vacío. En la lejanía, decenas de barcos podían adivinarse en el horizonte, y sus veloces siluetas parecían hacerse más grandes a cada instante. Sin perder más tiempo, los dos comenzaron a subir por la ladera. El camino, aunque corto, era duro. Gunuruk, a pesar de llevar un gran peso a sus espaldas, subía con rapidez mientras Hanna intentaba seguir su ritmo, aunque poco a poco fue acusando la fatiga que tanto esfuerzo le producía. Su respiración era cada vez más intensa y por momentos pareció que no iba a poder dar ni un paso más.
—¡Vamos! Esfuerzo hacer, poco ya quedar —decía Gunuruk, animándola a acelerar el paso.
De repente un ruido se escuchó en la lejanía. Era agudo y se propagaba terroríficamente, retumbando por todo Bettnuk. Un escalofrío recorrió entonces el cuerpo de Hanna, que mientras miraba por un momento atrás, recordó ese sonido. Cómo olvidarlo… Las embarcaciones todavía estaban lejos, pero ya se podían ver con claridad.
—¡Son ellos! —exclamó mientras su miedo se transformaba en pánico. Inmediatamente aceleró el paso, haciendo caso omiso a su intenso cansancio. Parecía haber entendido a su amigo, y todas sus preguntas desaparecieron para centrarse en seguir al ágil Snork que ya coronaba la cima.
—¿¡Dónde carro estar!? ¡Aknus decir que aquí estar! —exclamó Gunuruk mientras perdido y dando vueltas sobre sí mismo no lograba encontrar aquello que buscaba.
Hanna llegó un minuto más tarde, y al escucharlo, también se puso a buscar. No tardó mucho en encontrarlo pues, oculto tras un gran tronco, pudo verlo sin problemas, ya que por su altura, su perspectiva era mucho mejor que la del Snork.
Tras un rápido vistazo hacia atrás, los dos subieron al carro, que estaba repleto de cosas y, sin perder más tiempo, golpeando al pequeño Lewik de una manera desmedida, salieron rápidamente y se introdujeron en la espesura del bosque. Mientras tanto, un continuo retumbar de tambores anunciaba la inminente llegada de las naves.
Los primeros minutos pasaron en silencio, como si ninguno de los dos tuviera nada que decir, y éste sólo fue roto por el rechinar de las ruedas a su paso por el irregular camino, o los constantes resoplidos del Lewik, que resignado intentaba ajustarse a la veloz marcha que le imponían. La tensión aún seguía siendo enorme, escalofriante, y Hanna y Gunuruk sólo perdían su pétrea postura para mirar continuamente atrás.
—¿Dónde vamos, Gunuruk? —preguntó ella, aunque en aquel momento cualquier sitio le pareciera mejor que el que acababan de abandonar.
—A Bakalia debemos llegar. Peligro en todo Antraka existir, pero esto sólo el comienzo ser. Rápido debemos viajar.
—¿Y Aknus? ¿Y los demás? ¿Qué pasará con ellos? —seguía preguntado con voz agitada, incrédula ante lo que estaba ocurriendo.
—Aknus tranquilo parecer, él sólo preocupado por nuestra partida estar. Yo tampoco entender. Confiar no se puede en aquellos que la vida no respetar, muuuy peligroso ser —dijo Gunuruk recordando la breve conversación que había mantenido con su abuelo sólo unos minutos antes.
En efecto, Aknus parecía sospechosamente tranquilo ante aquella situación, aunque la realidad era otra muy diferente. Los barcos que ahora buscaban un sitio para atracar en la abarrotada ensenada de Bettnuk aún no debían estar allí. Todo había ocurrido demasiado rápido, y el jefe del Consejo esperaba ansioso una justificación a la anticipada visita. El temor también había hecho presa en él, pues este acontecimiento podía poner en peligro el ya de por sí difícil viaje de su nieto y Hanna. Eso era lo único que importaba ahora, tal y como le había dicho a Gunuruk, aunque obviamente el mal había arribado en Antraka. Ira, odio y codicia eran sólo algunas de las características de los seres que poco a poco bajaban ya de sus buques. Sin duda todo era tremendamente peligroso para los que por desgracia tuvieran un pacto con ellos. Aunque todos estos hechos quedaban cada vez más lejos de los dos viajeros que a ritmo ligero seguían su incierto camino.
Los dos amigos continuaban su viaje rumbo a Bakalia. Ésta sería la primera parada de su camino, pues aunque el inicio había sido frenético, su rumbo no estaba elegido al azar. Muchas fueron las lunas que habían pasado para planear el que sin duda sería un viaje sin aparente retorno que les llevaría a recorrer los confines de la Tierra Conocida.
Hanna se encontraba tan perdida como el primer día. Había esperado su partida de Bettnuk con impaciencia, pero la manera en que había sucedido le provocaba un pavor que recorría todo su cuerpo. Ella había escapado, pero, ¿qué pasaría con todas las gentes que allí habitaban? ¿Qué sería de Ynack? ¿Qué le depararía el futuro al pueblo que la había salvado de una muerte segura y, sobre todo, por qué Aknus se comportaba así? ¿Quizás él fuera uno de ellos? «No podía ser. Debía haber una explicación pero, ¿cuál?», se repetía en su cabeza. Sin embargo, esa mañana parecía temer cualquier respuesta, parecía sentir que a lo mejor su ignorancia había sido durante todo ese tiempo un escudo que la protegía de hechos que nadie quisiera saber nunca, que a cualquiera estremecerían y que sin duda en esas tierras que ahora pisaba parecían ser el día a día. Hanna no podía quitarse de la cabeza a todas las gentes de Bettnuk, seres trabajadores y amables de los que sería casi imposible describir un ápice de mal. Ellos no se merecían esto, pero, ¿qué sabía realmente de ellos? ¿Qué sabía de aquel mundo que se mostraba ahora con toda su crudeza y aparente injusticia?
—A lo mejor sólo vienen de paso —dijo sin meditar la frase, como si simplemente fuera un deseo, la esperanza de que aquello no estuviera ocurriendo.
—¡Eso ya no importar…! —respondió Gunuruk—. Nosotros atrás no mirar, ni siquiera huir la respuesta ser. Sólo nuestro camino continuar. Yo ahora tampoco comprender, pero a veces el destino caprichoso mostrar. Nuestra vida muy importante ser, tanto que otros muchos no dudar en la suya dar.
Desde luego, no era ésa la respuesta que buscaba Hanna. Nada más lejos de la realidad; pensar en que posiblemente su vida valiese simplemente más que la de otro ser le provocó una enorme angustia, una responsabilidad tan grande que la superaba, pues muchas habían sido las circunstancias que desde que nació le hicieran creer que quizás la suya fuera una vida que carecía de valor. ¿Cómo podía pensar que todos los Snorks a los que había conocido pudieran sufrir tan nefasto final? Hanna rompió a llorar como nunca antes lo había hecho, pues quizás aquella sensación hubiera superado a cualquier otra.
—¿Por qué no lucháis? —gritó desaforadamente—. ¿Por qué no defendéis lo que es vuestro? Yo no quiero irme. ¡Quiero volver! Si no hubiera sido por vosotros, hace mucho tiempo que ya no estaría aquí. No puedo abandonaros. Sé que mi lugar está en Bettnuk. —Tras bajarse del carro de un gran salto, continuó—. ¡No los puedo abandonar, no puedo!
Llena de rabia se dispuso a retomar el camino que momentos antes había dejado atrás. Seguía llorando, pero esta vez sin miedo. Aunque era difícil creerlo, ahora no había sitio para eso en su agitado corazón. Sólo quería justicia, justicia para todos los Snorks que había dejado, pero sobre todo justicia consigo misma, pues ella no era así. Hanna nunca había sido una cobarde; sólo a veces, como cualquier otra persona (o ser), se había visto sobrepasada por la situación, pero ahora algo dentro de ella la quemaba. Nunca había tenido esa sensación antes. Quizás fuera un odio desmesurado por aquellos de los que ni siquiera sabía su nombre, o quizás sólo era la enorme impotencia que sentía; pero sin duda cualquier maligno ser que se hubiera cruzado en su camino en aquel momento se las hubiera tenido que ver con ella, pues empezó a sentir una fuerza desconocida, algo que parecía impedirle huir de aquella situación y que paso a paso la obligaba a retornar a Bettnuk.
—¡¡Esperar!! —gritó Gunuruk desesperado mientras intentaba parar la marcha del carro—. Nosotros un pueblo guerrero no ser. Las luchas que nosotros librar siempre fuera del campo de batalla estar. Tú ayudar ya no puedes a aquellos que allí quedar. No así —siguió diciendo hasta que por fin consiguió alcanzarla, pues parecía resistirse a parar.
—¡No puedo! No quiero huir —gritó Hanna.
—¡Quieta! ¡Por favor! —exclamó Gunuruk poniéndose delante de ella mientras levantaba sus dos pequeñas manos para impedir que su compañera diera un paso más—. Tú ayudarnos poder, sentir mal no debes, pero no así. Tu vida demasiado valiosa ser. Guarda tu fuerza pues nuestro camino difícil ser. Nosotros no huir, aunque ahora eso parecer. Nuestro objetivo lejos esperar y el peligro no abandonar.
—Pero… ¿Qué será de ellos? Es injusto, no se lo merecen.
—Estas tierras injustas ser. Nosotros a ti preocupar nunca querer. Este mundo cruel ser, demasiado quizás para alguien que no conocer. Mucho tiempo así ser, pero también esperanza haber. Mucha sangre derramada eliminar no ha podido, y fuerte ahora ser, fuerte debe ser en ti la esperanza para que sólo uno todos los reinos ser, uno justo y uno en paz. Siempre pedir que tú en nosotros confiar, pero hacer ahora más que nunca deber. Aknus un Snork sabio ser. Muchas batallas su viejo cuerpo vivir y todas siempre en el bando correcto estar. Sé que mis preguntas contestadas serán, sólo avanzar hacia allí donde respuestas encontrar, respuestas para ti también. Sólo a veces en un tiempo y un lugar nuestras respuestas reveladas pueden ser, ya que sólo entonces el significado correcto han de mostrar. ¡Tranquila! ¡Perder más tiempo no poder! Ventaja no deber dar. Tu ayuda importante ser; sin ti yo nada hacer, juntos nuestro camino esperar. ¡Confiar, sólo confiar! —culminó gritando el pequeño Snork con una mirada que sin duda impregnó de una rotunda sinceridad cada palabra de su estremecedor discurso; palabras que consiguieron tranquilizar un poco a Hanna. Ella, entre sollozos, no pudo resistirse a darle un contundente abrazo a Gunuruk que, sorprendido, pues era un acto nada habitual para él, se sintió también en calma—. No dudaría en dar mi vida para la tuya proteger —añadió mientras Hanna se incorporaba.
—Es mucho más lo que os debo yo a vosotros, Gunuruk; quizás la vuelta a mi hogar deba esperar, pues sin duda tengo una deuda que saldar con esta tierra. Mi ayuda es algo que nunca os podré negar —contestó mientras pasaba cariñosamente su mano por la pequeña cabeza de su compañero.
Los dos dieron media vuelta y cogidos de la mano avanzaron hacia el carro que les esperaba en un lateral del camino; mientras, el Lewik, ajeno a las circunstancias de sus pasajeros, disfrutaba saboreando unas briznas de fresca hierba que brotaban junto al camino.
Después siguieron la marcha, de nuevo en silencio; sin embargo pareció ser éste un silencio muy diferente al que les acompañó en un primer momento. Quizás los corazones de los dos siguieran latiendo con fuerza, con una molesta y palpitante fuerza, pero en cierta manera la parada les dotó de una necesaria paz interior. Nada había cambiado a su alrededor, las mismas inquietudes recorrían inevitablemente sus cabezas, pero sin lugar a dudas los dos se sentían ahora más cerca el uno del otro. Quizás eso fuera lo que ella necesitaba, simplemente creer en algo, y sin darse cuenta empezó a descubrir sentido a las palabras de su pequeño amigo. Halló significado a muchas de las cosas que había vivido en el cada vez más lejano pueblo de Bettnuk, y la desconfianza que había mostrado en sus últimos días se convirtió entonces en un molesto sentimiento de culpa.
«Sólo querían protegerme», se repetía en su pensamiento mientras intentaba descifrar si realmente sería tan valiosa su ayuda o si sólo era otra de las muchas coincidencias que la habían acompañado desde su llegada.
Una cosa estaba clara, y mirando a Gunuruk, que concentrado guiaba al pequeño Lewik por el centro del camino, pudo sentirla en lo más profundo de sí misma. Nada tendría ya sentido sin su tierno amigo, pues sin darse cuenta había encontrado lo que siempre había estado buscando: el cariño de una familia. Nunca antes había experimentado lo que sentía ahora. Era mucho el tiempo que esa sensación había estado retorciéndose en su corazón, oculta por la impaciente necesidad de volver a su verdadero hogar, pero ahora emergía irrefrenablemente por toda ella. Su hogar debía esperar; sería un viaje que debía borrar de su mente pues, como le había transmitido a su compañero, lo importante era permanecer junto a él. Ya no habría más dudas. Confiar en el Snork debía ser la respuesta a las preguntas que ahora no podía responder. Tomando una postura más cómoda en el pequeño carro, Hanna suspiró reconfortada.
Gunuruk también se encontraba más calmado, y sin perder la atención del camino, que cada vez se hacía más estrecho, reflexionaba sobre las no pocas dificultades que le depararía su viaje. La información que le había dado su abuelo era muy escasa, y estaba desconcertado por las circunstancias. Ahora sólo sabía que debían llegar con la mayor brevedad a Bakalia. Allí recibirían nuevas instrucciones, pero ése sólo sería el comienzo de su larga travesía. Muchas cosas podían ir mal y el tiempo jugaba en su contra, pues todo hacía pensar que los esbirros de Drujas estaban tomando posiciones para la guerra que tarde o temprano se iba a producir en toda la Tierra Conocida. Sin embargo, el Snork había visto a su amiga como nunca antes, y eso le había dado fuerzas. Hanna había resurgido de sí misma y su energía parecía fluir a su alrededor, lo que era una estupenda señal. Aún desconocía aspectos importantes sobre sus circunstancias allí, vitales se podría decir, pero Gunuruk debía ser fuerte. Su anonimato era su mayor defensa y su impulsiva amiga todavía no estaba preparada para asumir la asombrosa realidad. El Snork recordó entonces unas palabras que su abuelo, hacía ya un tiempo, le dijo:
«Pequeño, la verdad como el agua ser, necesaria pero peligrosa también mostrarse. La sed calmar puede pero también mortalmente engullirte, prudencia hay que tener. Pues el sediento incauto ser, y ahogado puede sentirse si en el momento inadecuado respuestas recibir. Esperar debes a contestar sólo las preguntas correctas, pues ésas serán las que su sed aplaquen. Hanna primero sentir debe, tiempo ha de pasar, pero tú preocupar no debes, sólo esperar…».
En efecto, Aknus tenía razón. Sus palabras encerraban un gran significado. Gunuruk hacía bastante que había entendido lo que querían transmitir, pues para proteger a Hanna debía medir la información. Poco a poco, ella debía ir conociendo aquel complejo mundo, con todas sus bondades e injusticias. Pero ése era también un camino muy largo. Quizás los primeros pasos fueran los más difíciles, pero esa mañana lo había conseguido. Ése era el rumbo correcto pues a veces, para poder avanzar, debemos quitarnos lastres, y Hanna empezaba a conseguirlo. El irrefrenable deseo de volver a su casa había nublado la verdad de los actos de Aknus, Ynack y Gunuruk. Siempre habían pretendido guiarla, pero su comportamiento también era natural. Ellos lo sabían, y no dudaban que la verdad que ocultaban podría tener consecuencias trágicas en la alborotada cabeza de la joven, pues sin duda tardaría en poder asimilarla, pero sólo era una cuestión de tiempo. Haber aceptado como suya la tierra que ahora pisaba no era sino el comienzo del verdadero viaje, un viaje que ahora la transportaba en un pequeño carro, junto a su amigo, por los frondosos bosques de Antraka, pero sobre todo un viaje interior que sólo pertenecía a ella descubrir, donde únicamente ella podría hallar lo que llevaba tanto tiempo buscando. Tras una pequeña parada, en la que ambos apenas probaron bocado, continuaron la marcha. El camino se había convertido ya en una sutil vereda en la que apenas se podían atisbar señales de que alguien hubiera pasado por allí alguna vez. Las ramas repletas de jóvenes y enérgicos brotes no respetaban el lugar reservado para el paso, y en algunas zonas la vía se hacía prácticamente intransitable. Era ésta una sensación angustiosa, pues los sonidos en esa parte del bosque eran constantes. El desagradable crujir de los árboles y la ocasional caída de ramas, a causa del fuerte viento, provocaban en los dos viajeros, aunque sobre todo en Hanna, una sensación de incertidumbre y constante alerta.
El día siguió tan nublado como amaneció, y la densa atmósfera no tardó mucho en comenzar a descargar su ira con rayos y truenos, acompañados de una fina lluvia.
—¿Cuánto tardaremos en llegar? —preguntó Hanna, molesta por las gotas que empezaban a empaparla mientras trataba de proteger su cabeza.
—Antes de la luna nosotros allí estar. Narsak visitar; él nuestro rumbo marcar — dijo mientras observaba cómo su amiga miraba inquietamente a su alrededor—. Este bosque tranquilo ser, sus ruidos confundir no deben, sólo Lewiks en ellos habitar, y… tan tranquilos como el que tú puedes ver ser —culminó diciendo Gunuruk, que a pesar de todo también se encontraba inquieto.
La lluvia en aquel momento empezó a ser más fuerte, y resignados ante tan deslucido evento siguieron avanzando mientras el cielo se iluminaba con fuerza, con continuos rayos seguidos de estrepitosos truenos.
Tras unas horas en las que la incómoda lluvia se convirtió en la protagonista del trayecto, por fin la espesura del bosque se empezó a tornar cada vez más despejada y poco a poco empezaron a ver los vastos campos de cultivo de Bakalia.
Como si aquella idílica imagen hubiera sido capaz de romper el triste día que les había acompañado, las nubes parecieron sucumbir a la fuerza del sol, que desde hacía ya un rato podía adivinarse entre ellas. Tras abrirse las nubes, despacio aunque inexorablemente, el paisaje se llenó de una gratificante luz y de repente surgió un increíble arco iris que se perdía en el horizonte.
Los enormes campos parecían no tener fin, y repletos de altos cereales se fundían unos con otros con un hipnótico vaivén que simulaba el suave ir y venir de las olas del océano. Hanna miraba perpleja el espectáculo, pues tenía la impresión de estar en un entorno marino, pero el olor a hierba y tierra mojada no dejaban lugar a la duda.
Los caminos en aquella zona irrumpían por todas partes, y al empezar a ver Snorks, que concentrados en sus trabajos estaban comenzando a cosechar los maduros cultivos, Hanna y Gunuruk se sintieron reconfortados. Quizás aquella fuera una imagen ficticia de la realidad que ellos conocían y que inevitablemente tardaría poco en llegar allí también; pero aquella normalidad en sus habitantes, que ahora se podían contar por decenas, les llenó de esperanzas.
Esa parte del camino transcurrió de una forma mucho más agradable. Aún quedaba un largo trecho hasta llegar a Bakalia, pero sin duda el tiempo pasó rápidamente.
Con la llegada del crepúsculo, los jóvenes empezaron a atisbar las primeras construcciones del poblado. Éstas no eran sino enormes graneros que se extendían por todos los límites de la aldea. Bakalia, que ya podía adivinarse en la lejanía, lucía majestuosamente iluminada por los últimos rayos del día.
Enclavada en la falda oeste de Ultur, la cadena montañosa que atravesaba toda Antraka era el límite que anunciaba la entrada en la franja sur del reino. Bakalia era muy grande, incluso más que Bettnuk, y desde luego a Hanna pronto le quedó claro que los Snorks de esa región eran tan trabajadores como los que había conocido en Bettnuk. En esa bonita ciudad, la que un día fue capital de Antraka, se cultivaba lo que sin duda era el principal sustento de todos aquellos peculiares seres y, con el inicio de los vientos, el resultado era cosechado y almacenado para posteriormente ser transportado a todos los confines del reino, labor que, por su complejidad, sólo era llevada a cabo una vez al año, lo que explicaba por qué los caminos que conducían a la ciudad estaban poco transitados, de forma que en ocasiones desaparecían de un año para otro.
Por fin llegaron a su destino. Nadie parecía esperarlos, y la normalidad que les había precedido durante la última parte del camino se siguió manteniendo inalterada. Tras recorrer las pobladas calles, llegaron hasta la casa del Uru. Ésta era sin duda una construcción espectacular. No era ni mucho menos como el enorme palacio de Bettnuk, pero sin duda destacaba entre las numerosas viviendas que la rodeaban. Gunuruk fue el primero en bajar, y guiando al pequeño Lewik con sus manos, consiguió atarlo a unos palos que hacían las veces de valla. Después fue hacia la parte trasera del carro y sacó un poco de grano que dejó al alcance del fatigado animal, aunque éste estaba tan agotado que apenas consiguió masticar el crujiente alimento. Tras bajarse Hanna también, los dos se dirigieron a la entrada. En Bakalia no había guardias, pues era un lugar en el que nunca se había registrado ningún incidente, y la tranquilidad acompañaba cada día a las rutinarias vidas de sus habitantes.
—¡Narsak! —gritó Gunuruk mientras golpeaba la puerta que se encontraba medio abierta.
—¿Qué querer? ¿Quiénes vosotros ser? —se escuchó al final del gran salón, que iluminado con multitud de lámparas daba la bienvenida a los dos jóvenes.
—¡Gunuruk ser! Esta mañana precipitadamente partir. Malas noticias ser las que trasmitir tengo —contestó alterado y triste, pues sus pensamientos más oscuros volvieron a aflorar al ver a su congénere.
Narsak parecía un ser huraño, desconfiado. Tenía una gran cicatriz en la cabeza que atravesaba la cuenca vacía de su ojo izquierdo y caminaba de un lado para otro con paso indeciso. Intentaba compensar su mermada vista con movimientos apresurados a un lado y a otro, lo que provocaba que su presencia no ayudara a mantener la calma.
—¿Qué aquí hacer? Ésta no es la fecha que tu abuelo comunicar —dijo él, que con rapidez se dirigió a cerrar la puerta mientras miraba fijamente a Hanna, que permanecía inmóvil, aparentemente ajena a la situación, aunque un poco asustada—. ¿Qué aquí ella hacer? —preguntó después con tono malhumorado, sin preocuparse siquiera en ocultar su malestar.
—Deseo de Aknus ser que ella a mí acompañar. El Gran Libro de Vendemur así mostrar, pues su ayuda en mi viaje servir. Todo rápido hoy transcurrir. Ellos en Bettnuk ya estar; yo no saber que algún día llegar. ¡No comprender! Sólo temer puedo por aquellos que allí quedar —contestó Gunuruk mientras el alterado Uru recorría nervioso el salón, murmurando entre dientes.
—Mucho tiempo hace ya que difícil decisión por nuestro reino cruzar, decisión que al azar tomada no ser. Todos los Urus participar junto al Consejo y unánimemente decidir lo que hoy con tus propios ojos ver. Conscientemente, desigual pacto sellar. Nuestras vidas poco valer si otra respuesta ofrecer. Nuestras riquezas a salvo estar pues ellos sólo nuestro trabajo querer. Muchas naves necesitar y saber que sólo los Snorks capaces de construirlas ser. Ellos nada bueno planear, no gustar. ¡No gustar! —terminó exclamando mientras se movía inquieto.
—¡¡Pero nosotros ayudarles no poder!! Snorks siempre a Kettke fieles ser — replicó enojado Gunuruk, aunque en el fondo una parte de él se alegrase al pensar que quizás a su pueblo no le esperara un final tan nefasto como había imaginado.
—Aknus Snork sabio ser. Ninguna solución existir. Nuestra respuesta apoyada fuera de Antraka también ser, desde Verveka venir —contestó Narsak con semblante serio.
—¡Ellos sólo muerte respirar, no dudar en matar cuando útiles ya no ser! Yo con mis propios ojos ver lo que ellos capaces ser de hacer. ¿Por qué ayuda no buscar? — volvió a objetar el pequeño Snork.
—¡Tus preguntas guardar! Pues… —Narsak dudó angustiado—. Respuestas no tener; yo nada saber. Como antes decir, decisión fácil no ser. Yo ver también lo que hacer pueden y mi cuerpo sus fríos metales sentir, pero otra opción no quedar. Esto tiempo dar. Bogotra pronto caer, seguro estar… —susurró, pensativo—. Muchas lunas habrán de pasar hasta que hechos sus pedidos ser. Luego ellos a Doria dejar marchar. Muchos decir que esperanza llevar contigo, demasiada. Pequeño, fracasar no puedes. La humana no llevar; extraña pareja hacer y ellos por cualquier parte ya estar. Mañana con la primera claridad partir y duro el camino ha de ser —culminó diciendo el apesadumbrado Snork.
—Está bien, tus palabras ya escuchar pero… ¡Hanna una carga no ser! Algún día tú saber —contestó Gunuruk, mirando desafiante al Uru que parecía sorprendido por la irreverencia de su joven congénere.
—Yo nada saber. ¡El Uru de Bakalia nada saber! —exclamó enojado—. ¡Secretos! Sólo secretos todos portar; Aknus, Ynack, incluso el pequeño Gunuruk… — murmuró—. ¡Acaso creer que yo Drujas ser! Yo un día por Kettke mi vida dar. ¡Mi familia! Y lo único que ahora saber sólo ser que a Belonia debéis llegar.
—No enfadar —añadió Gunuruk nervioso, consciente de su error—. Yo saber lo que tú hacer, todos saber, y asegurar que pronto respuestas tener.
Narsak les brindó una sonrisa reconfortante.
—No preocupar, hijo de Gunuk. ¡No preocupar! Sólo nervios ser. Todos dudas tener, nada bueno venir, pues ellos esto nunca hacer. Nadie imagina qué tramar. Yo no saber por qué, pero esperanza contigo llevar. Lucha por tu objetivo conseguir, con eso a mí bastar —culminó diciendo amigablemente a la vez que avanzaba hacia la entrada, mientras Hanna intentaba buscarle significado a la conversación que había escuchado.
Los tres salieron de la casa y se dirigieron a una cabaña cercana. Allí pudieron disfrutar de una suculenta cena. Poco después, el cansancio se apoderó de ellos y Narsak no tardó mucho en dejarlos reposar. A pesar de que conciliaron el sueño con brevedad, éste no fue sino un pequeño descanso, pues tardaron poco en despertar angustiados por los acontecimientos pasados y los que el futuro les depararía.
Así, la noche transcurrió despacio, como si ambos quisieran aprovechar los que serían sus últimos momentos de paz. Entre cabezadas esporádicas y agitados pensamientos, el amanecer comenzó a intuirse a través de los translúcidos vidrios de las ventanas. Gunuruk, que ya estaba despierto, se levantó alertado por unos sonidos, y sin molestar a Hanna, que parecía encontrarse en un profundo sueño, salió despacio, con cautela. Tras abrir sigilosamente la puerta, no dio crédito a lo que vio.
—¿Qué tú hacer? —dijo muy enfadado, pues un Snork estaba revolviendo su carro.
—Sólo avisar de vuestra partida yo querer —dijo sofocado su anónimo congénere, que resultó ser nada menos que el Uru de Bakalia.
—¡Narsak! Por qué tú querer buscar en aquello que a ti no pertenecer — respondió Gunuruk, que incrédulo se aproximó a cubrir el contenido del carro con una gran manta.
—Yo curioso ser. Disculpas a ti pedir. Sólo una cosa querer saber… ¿Qué es aquello que tú transportar que tan valioso en el Gran Libro de Vendemur parece ser? — preguntó Narsak con una actitud casi ridícula, que parecía poco típica de un ser de su categoría.