CAPÍTULO X
—Este buen momento no ser, tu curiosidad que esperar tendrá, pero el Gran Libro razón tener. Más valioso incluso de lo que tú puedes imaginar ser —contestó Gunuruk mientras entraba de nuevo en la cabaña para avisar a Hanna.
Ella ya hacía unos minutos que se encontraba despierta, aunque simuló yacer aún dormida, pues quería hacer pensar a su amigo que su conversación con Narsak le había pasado desapercibida. Antes de que el sol inundara de claridad el poblado, Hanna y Gunuruk abandonaron aquellas tierras. Las indicaciones que Narsak les había dado durante la cena habían sido escuetas, especificadas en un pequeño mapa que Gunuruk había guardado con sumo cuidado. Su parada en Bakalia sirvió además para coger abundantes provisiones e incluso otro Lewik para ayudar a hacer el viaje más llevadero, aunque a pesar de todo los dos jóvenes pronto se iban a dar cuenta de la dificultad de su travesía.
A medida que el día siguió avanzando, el trayecto fue haciéndose cada vez más duro. El pequeño carro circulaba despacio y las ruedas parecían resentirse del mal firme. El empedrado camino iba sorteando los enormes riscos de la gran cadena montañosa, y el paisaje, cada vez más árido, iba cambiando la colorida vegetación por la fría y estéril roca, aunque todavía muchos eran los gigantescos árboles que parecían fundirse con algunas de las pequeñas nubes que circulaban a baja altura. La mañana había amanecido fría, y con un cielo tan despejado que las esponjosas y escasas nubes que circulaban por él parecían pequeños trozos de algodón. Así pudieron contemplar Bakalia y sus vastos campos durante casi todo el viaje.
A medida que fueron ascendiendo, las vistas se hicieron cada vez más espectaculares. En algunos puntos pudieron observar la gran ensenada de Bettnuk, tras las copas de los árboles del gran bosque de Antraka. Hanna estaba perpleja con la visión que le ofrecía su privilegiada situación. En una conversación distendida con Gunuruk, éste le fue explicando los no pocos lugares que desde allí se veían.
Según les mostraba el mapa que el Snork sostenía en sus manos, debían seguir el camino que llevaban hasta ascender a la cumbre oeste de Ultur para después, por la cara sur esta vez, tomar el desfiladero que les llevaría a la frontera del reino.
La distancia no era muy grande, pero el mal estado del camino y el gran ascenso que aún les esperaba provocaron que no tardaran demasiado en cambiar los Lewiks.
Con el ímpetu del nuevo animal, el ritmo se aceleró considerablemente. Las rocas que les rodeaban por todas partes eran gigantescas, de un color azulado que parecía intensificarse con los rayos del sol. A Hanna le llamaba mucho la atención la dificultad con la que en algunos lugares la senda parecía abrirse camino entre las macizas paredes de la gran montaña y, con curiosidad, mientras contemplaba la verticalidad de una de las rocas que parecía esculpida a golpe de martillo, preguntó a Gunuruk:
—¿Debió de costar mucho trabajo construir este camino?
—Mucho es el tiempo que pasar desde que estas rutas construir. Oddeon ordenar crear. Muchos Snurks desde Sudum venir y muchas oscuridades pasar hasta que ellos acabar. Desde entonces, unos pocos decidir que en estas tranquilas tierras habitar, y Oddeon nuestro reino forjar.
—¿Snurks? —preguntó Hanna.
—Sí, grandes mineros ser, roca trabajar. Su reino al sureste estar, lejos de aquí. Los Snorks de ellos proceder. Ser duros los primeros tiempos pues esta montaña estéril ser, pocos ser los metales que de ella salir, pero los Snurks que aquí quedar, después llamados Snorks, descubrir que también la madera útil ser, y ahora en Antraka nuestra vida así transcurrir. Pocos de los enérgicos antepasados de Sudum quedar. Nuestras uñas apenas la dura roca poder tallar, pero nuestros fuertes dientes capaces ser de moler el mayor puk —contestó Gunuruk, orgulloso.
Hanna se rió, pues la postura que adquirió el pequeño Snork era bastante cómica, mirando a su compañera mientras mostraba sus dos grandes incisivos.
Tras una larga parada, en la que todos los integrantes de la marcha cogieron fuerzas, se dispusieron a afrontar la última parte de la ascensión. El intenso frío se hacía visible en la tersa cara de Hanna y una fina neblina se extendió alrededor de ellos. Esto la molestó bastante, pues consiguió impedirle que siguiera disfrutando del paisaje, provocando que ciertas inquietudes empezaran a revolotear por su cabeza.
—¿Quiénes son Vendemur y Oddeon? No es la primera vez que habláis de ellos. Sé poco de vuestra tierra; a veces no consigo entender nada.
—Todos decir que Snorks hablar no saber, que sólo servir para trabajar, quizás razón tener. Lo que tú preguntar larga historia ser, demasiado para mi torpe cabeza — contestó Gunuruk, consciente de las limitaciones de los de su especie.
—Pues todos los que se atrevan a decir eso están equivocados —afirmó Hanna, aunque con lo que los conocía, no podía negar que algo de cierto había en las palabras de su amigo; así que no insistió demasiado, aunque pronto no pudo evitar seguir con sus preguntas.
—¿Qué llevamos en el carro? —dijo mientras miraba la manta que lo cubría.
—Cosas útiles todas ser, provisiones para nosotros y nuestros Lewiks, abrigo que pronto utilizar, y… algunos utensilios para nuestra comida poder cocinar. Carro pequeño ser, mucho más no caber —contestó Gunuruk con resignación, pues realmente no eran demasiadas las cosas que se podían transportar en el pequeño carro.
—¿Nada más? ¿Cómo nos defenderemos si nos atacan?
—Ellos encontrar no deben. Si eso ocurrir nada poder hacer; nosotros guerreros no ser. Sólo algunos en batallas luchar, Snorks valientes, todos ellos recordados ser. Narsak gran guerrero también, junto a humanos luchar aunque ahora viejo gruñón ser. Poco confiar en ellos pues alto precio pagar, su familia en Kettke perecer, como la mía, como la de muchos, y desde la última guerra que allí suceder, en la tranquila Bakalia vivir, aunque ni siquiera cien como él defendernos poder si ellos encontrar.
—¿Pero quiénes son ellos? ¿Cuál es su nombre?
—Nombre lo de menos ser, pues muchos y variados tener. Ejército Oscuro llamar… Ikais, Bábagos, Gigantes de Ork y muchos más sus filas ocupar. Humanos la mayoría ser, pero otros seres y bestias acompañar, incluso algunas criaturas fieles a ellos parecen ser. ¡Todos malignos! La mayoría sólo codiciosos, pero muchos muerte respirar, sólo destrucción buscar. Ésos los peores ser. Encabezados todos por un ser malvado estar, un Nárako, como Vendemur, pero en nada parecer; él oscuro ser. ¡Muy oscuro! Aunque nunca nadie ver… sus ejércitos dirigir por medio de aquel que la muerte parece esquivar, pues muchas oscuridades sobre esta tierra vivir. Drujas llamar y decir que una vez hijo de Oddeon ser, pero mucho tiempo de eso hacer, tanto que ya sólo unos pocos escritos recordar.
Hanna escuchaba con atención. Aún no entendía demasiado bien lo que sucedía en aquel mundo, aunque en cierta manera eso era lo de menos. Quizás se hubiera acostumbrado a asumir que todo llegaría, y de momento le bastaba con disfrutar de las escuetas historias que su amigo le contaba. Inconscientemente se sumía en ellas como una mera espectadora, a pesar de que la realidad inevitablemente la tuviera como protagonista.
—¡Drujas! ¿De qué me suena ese nombre? —pensó, pues ya lo mencionó Narsak y le parecía que no era la primera vez que lo escuchaba.
Tras un momento en el que se esforzó por intentar recordar dónde lo había oído antes, siguió preguntando con mucho interés.
—¿Cómo es Kettke? ¿Alguna vez estuviste allí?
—¡Yo allí nacer! —dijo orgulloso—. Aunque pocos recuerdos guardar; pequeño Snorky ser, yo con mi familia vivir. Aknus gran jefe allí también ser. Muchos Snorks largo tiempo en sus tierras habitar, reconstruir la ciudad, pero trágico ser el día que la traición llegar. Los reyes morir, y otros muchos seres también. Terreno maldito es aquel en el que la paz imposible de durar parece. Mi padre gran luchador fue; recordado por todos ser. El Gran Gunuk llamar valiente Snork. ¡El Snork Guerrero! Ágil con la daga, hombres grandes a sus pies caer. ¡Al mismísimo Drujas herir! —contestó orgulloso, excitado sobremanera y después… se quedó pensativo, dudando en silencio durante un par de segundos—. ¡Te la enseñaré! —exclamó por fin mientras rebuscaba en una bolsa que se encontraba en una esquina del carro—. ¡Mira, Hanna! —continuó diciendo a la vez que sostenía en sus manos el objeto que tiempo atrás le había costado más de un quebradero de cabeza.
—¡Es la daga! —exclamó ella sin dar crédito a lo que veía—. ¡Lo sabía! ¡Yo lo sabía! Tenía razón; la vi. ¿Por qué me habéis engañado? —dijo bastante enfadada mientras, sin dudarlo, arrebató de las manos de Gunuruk el objeto de la discordia.
—Nosotros ocultar sólo para ti proteger. Tu mente inquieta ser y preguntas hacer que sólo a más preguntas llevar. Difícil de explicar ser, mundo complejo, para todos, pero más para aquellos que desconocer. Yo a ti sólo pedir que confiar, las respuestas llegar… Yo sentir, pero sólo eso poder hacer —añadió algo afligido, pues sus secretos parecían pesarle demasiado.
—No os entiendo, no lo puedo comprender. Yo nunca os haría daño, nada de lo que me dijerais saldría de mi boca, aunque me obligaran… Pero no se puede confiar en aquellos que no confían en ti —añadió ahora triste, decepcionada.
—No, Hanna, tú eso no decir. Nosotros en ti confiar, demasiado, pero tu espíritu frágil parecer. Hay verdades que deben llegar en su tiempo, sólo así nuestro corazón aceptar podrá. La esperanza de muchos en juego estar.
—¿Pero qué esperáis de mí? No sé hacer nada de utilidad, todo cuanto me rodea me da pavor y ni siquiera sé cómo llegué hasta aquí. ¿Cómo queréis que lo entienda si no me ayudáis a hacerlo?
—¿Tú en el destino creer?
—Pues no sé, me parece que no. Desde que nací sólo he creído en lo que he visto. Los sueños sólo son para las personas que han tenido más suerte que yo.
—Pero el destino soñar no ser, sólo confiar en que las cosas pueden suceder, incluso aquellas que no gustar.
—Bueno, quizás dicho así… Sí, creo en él. Siempre creí que un día encontraría a mi familia, que sabría lo que pasó… ¡Que significaba algo para ellos! —exclamó algo emocionada.
Gunuruk miraba a Hanna de una manera muy extraña, como si se le hubiera encogido el corazón, aunque después respiró profundamente y esbozó una sonrisa.
—¿Y por qué tú eso creer? —preguntó a continuación.
—Porque siempre sentí algo en mi interior. No sé cómo explicarlo. No recuerdo nada, pero sé que existe algo dentro mío, una parte de ellos…
—¡Eso el destino ser! —la interrumpió el Snork con énfasis.
—No sé, nadie puede saber lo que va a pasar —dijo Hanna con escepticismo.
—Sí, razón tener. El futuro escrito no estar, cada uno su camino forjar, pero si no luchar por aquello que tu interior creer, tú no coger el camino que dentro de ti estar. El destino en nuestro interior estar, sólo eso guiar. Tú nuestras respuestas no pedir, encontrar en ti misma…
Hanna sonrió, aunque mucho hacía que había renunciado a esas infructuosas reflexiones filosóficas.
—Bueno, todos son coincidencias —afirmó ella.
—¿Coincidencias? Yo a Tover a Gunuk ir a buscar. Sólo ése mi deseo ser. Cuando yo Snorky sólo ser, él un día marchar y ya no volver. Un viaje peligroso ser pero yo otras cosas encontrar. Cosas que algún día a él seguro llevar. Si tú a Tover no llegar, muerto seguro que ya estar. ¿Tú no seguir tu interior cuando allí aparecer?
Hanna estaba sorprendida por las palabras de Gunuruk, que brotaban de su boca con una verdad ciertamente desconocida en él hasta el momento. Incluso el verbo ‘aparecer’ no podría describir mejor las circunstancias que la acompañaron en su llegada a aquel mundo.
—¡Sí! —exclamó mientras su corazón se aceleraba—. Yo llegué aquí siguiendo algo, algo que había dentro de mí. No debí haberlo hecho, pero lo hice. No sé por qué, pero algo me obligaba a seguir. Fue todo muy raro, el eclipse, aquel bicho… —Hanna pegó entonces un pequeño bote, miró fijamente a Gunuruk y el corazón se le arrugó ahora como si pudiera caber en su mano—. ¡No puede ser! —exclamó.
—¿¡Qué ocurrir!? —preguntó con curiosidad el Snork al ver la cara de su amiga.
Hanna se quedó en blanco, como si hiciera un esfuerzo por recordar algo que le había pasado. Y así era. Intentaba devolver a su mente el ser del museo, aquel extraño ser…
—Era rechoncho, bajito, y su cara… —susurró Hanna mirando fijamente a los ojos de su compañero—. ¡Gunuk! —exclamó pensativa, como si se encontrara en otro sitio, sorprendida por no haberse dado cuenta antes.
—¿Qué ocurrir? ¿Qué tú pensar? —preguntó Gunuruk, preocupado.
—¿Ésta es la daga de Gunuk?
—Sí… un regalo de Tuarkkett ser, el último rey de Kettke. Él su vida dar para defender y él regalar. Valiosa ser, él siempre llevar.
Hanna era incapaz de apartar la vista de Gunuruk. No había duda, pero… ¿Qué haría un Snork en la Tierra?
—¿Por qué él fue hasta Tover? —preguntó entonces.
Gunuruk pensó su respuesta durante un segundo.
—Yo mucho contar no poder. Él algo valioso portar. ¡Muuy valioso! Proteger de aquellos que el mal sólo desear…
Hanna volvió a quedarse inmóvil, como si estuviera cegada por sus pensamientos.
—Claro. ¡La daga! Por eso estaba allí. Kron la encontró y la devolvió de nuevo a su mundo —murmuró para sí misma intentando buscar la lógica de todo lo que había vivido tiempo atrás. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Lo cierto era que el ser del museo distaba mucho de tener la apariencia de un Snork, pero no había duda, el Doctor Hern lo había dicho, su aspecto se había deteriorado muchísimo. ¡Seguro que era Gunuk!
—¿Qué decir? —preguntó de nuevo intrigado Gunuruk, pues la conversación empezaba a preocuparlo. Era sospechosamente intrigante.
—¿Y eso que él protegía está ahora aquí? —preguntó de nuevo Hanna, suspicazmente, mientras miraba absorta la daga, suponiéndole extraños poderes.
Gunuruk se quedó sorprendido, paralizado ante la pregunta, pues no se la esperaba, y durante unos segundos hizo unos sonidos como si fuera a contestar pero luego se arrepintiera.
—Yo no saber qué tú querer decir —respondió al fin—. ¡Traer! Yo guardar. No me gustaría que la daga caer y nosotros perder. Muy valiosa para mí ser. Es lo único que de mi padre saber —culminó diciendo como si quisiera dar por finalizada aquella conversación.
Hanna asumió su silencio como una afirmación.
—Está bien, guárdala, es tuya. ¡Me alegro de haberla encontrado! —añadió sonriendo mientras se la daba sin parar de mirarla, como si ahora comprendiera un poco más todo, incluso la palabra ‘destino’.
Gunuruk la guardó en la bolsa y cuando la daga cayó, hizo un sonido peculiar, metálico, como si hubiera muchas más cosas dentro. A Hanna le llamó la atención.
—¡¿Qué más llevas ahí?!
—Tú mirar si querer —contestó mientras sacaba de nuevo la daga para dejarla en el asiento.
Hanna hizo caso a Gunuruk, y tras coger la bolsa, la abrió expectante para mirar en su interior.
—¡Pero esto son joyas! ¡Oro! ¡Y piedras preciosas! ¿De dónde lo has sacado? — dijo hundiendo sus manos en el saco, tan sorprendida que no daba crédito.
—¡Ja ja ja ja! —rió el pequeño Snork—. Tan avariciosa como Narsak ahora parecer. Ja ja ja ja. Esto sólo valioso para algunos ser; útil con otros seres. Nosotros muchos tesoros tener. Trabajadores todos somos y muchos en su vida ni una pequeña moneda gastar. Barcos valiosos, seres pelear porque Snorks construir. Tú poder coger lo que tú querer. Pero después, antes de que Antraka abandonar, guardar tendrás. Tesoros a codiciosos seres atraer y útiles en el momento adecuado para nosotros ser.
Hanna hizo caso a su amigo y se colocó algunos de los anillos, pulseras y collares que en la bolsa pudo encontrar. A Gunuruk le parecía un poco ridículo pero ella se sentía feliz; nunca antes había portado semejante gama de preciosas joyas y esto sirvió para entretenerla un poco.
Rebuscando en su ahora poblado cuello, consiguió entresacar su fina cadena y, tras separarla del resto de collares, mostró su colgante a Gunuruk.
—Éste es mi tesoro, mi único tesoro, lo único que siempre tuve —dijo llena de orgullo.
El Snork lo miró con suma admiración.
—Verdadero tesoro ser. En efecto único parece. Cuidar debes.
—Seguro que perteneció a mis padres, seguro que yo les importaba. Si no, no me lo habrían dejado; es una joya muy valiosa, o por lo menos eso creo —siguió diciendo aunque esta vez con cierta tristeza.
De repente, sin previo aviso, un bache se cruzó en el angosto camino y el carro dio un gran bote. El golpe fue tan grande que el Lewik, asustado, se acercó peligrosamente al borde de la estrecha senda. Gunuruk tuvo que tirar fuertemente de las riendas para corregir el rumbo, lo que provocó que el carro pareciera retorcerse y todo él crujiera estrepitosamente. Hanna no pudo evitar pegar un pequeño grito y, muy asustada, miró cómo unas piedras se precipitaban al vacío, retumbando escalofriantemente cuando terminaron su largo descenso. De haber sido ellos, hubieran acabado su aventura en aquel barranco.
Los dos respiraron intensamente, asustados, y Gunuruk, después de hacerse con el control de la situación, sin decir ni una palabra, se concentró en guiar al Lewik por el camino, pues la noche empezaba a caer, y la senda cada vez estaba en peores condiciones. Hanna tampoco volvió a decir nada. Parecía esforzarse en querer adivinar las dificultades que hacían su marcha cada vez más lenta. No podía parar de pensar en Gunuk, pues en algún momento tendría que decirle a su amigo que aquel al que tanto había querido y buscado había muerto, pero sobre todo que su cadáver reposaba muy lejos de su hogar. Entonces ella también empezó a conocer el peso de portar un secreto.
A medida que la luz fue siendo menor, sólo los continuos traqueteos del carro impidieron que lograra sucumbir al enorme cansancio que arrastraba. Con la noche bien entrada, por fin consiguieron su objetivo. Gunuruk decidió pasarla en una pequeña terraza que oportunamente se cruzó en su camino, y despacio, intentando no despertar a su amiga, que finalmente no había podido evitar quedarse dormida, se dispuso a preparar su merecido descanso.
El espacio no era ni mucho menos grande, y a pesar de que numerosos cascotes lo poblaban, era lo suficientemente llano para poder aparcar su carro sin demasiado peligro. Gunuruk soltó a los Lewiks para proveerlos de su cena y, mientras éstos la degustaban con avidez, intentó hacer una pequeña hoguera con unos cuantos palos que había recogido en su primera parada.
La noche cada vez se estaba tornando más fría, y una brisa helada hacía tiritar inevitablemente a Hanna, que a pesar de ello parecía dormir plácidamente.
Cuando el pequeño fuego cogió un poco más de fuerza, Gunuruk fue a despertarla. Ella, al principio, estaba desconcertada. La oscuridad era total, las nubes casi podían sentirse a esa altura y el frío se había apoderado de ella.
—¿Dónde estamos? —preguntó mientras tiritaba compulsivamente.
—Hoy aquí dormir; el mejor sitio que pude encontrar éste ser. Mañana nosotros a la cara sur cruzar. Mira, el paso que se abre en la montaña casi verse puede —dijo Gunuruk mientras apuntaba con su dedo hacia el camino, aunque para Hanna éste se perdía en la profunda oscuridad, sólo unos metros más adelante—. Vamos, ven aquí, pequeño fuego haber. Nosotros aprovechar mientras durar —continuó diciendo a la vez que frotaba sus manos al calor de la hoguera.
Hanna no se lo pensó y, bastante dolorida debido a la postura que el pequeño carro la había obligado a mantener durante todo el viaje, avanzó con paso lento. Después, los dos se colocaron al abrigo de la montaña, junto a la pequeña pira y, tras comer un poco, Gunuruk se levantó para buscar su tetera.
—¡Descuidado Snork ser! —dijo para sí mismo mientras observaba cómo su pequeña daga yacía insegura sobre el asiento del carro. Tras cogerla, volvió junto a Hanna, que miraba la hoguera.
Después de acomodarse colocó la tetera sobre unas ascuas que previamente había apartado.
—Un poco de Dudok tomar; seguro que plácidos sueños provocar. Descansar debemos, pues mañana con el amanecer nosotros nuestro camino que iniciar tener — dijo a la vez que Hanna, en silencio, observaba cómo el Snork intentaba guardar la daga en su cinturón.
—¡Espera, Gunuruk! Déjamela —dijo extendiendo sus manos.
—Cuidado has de tener, éste mi tesoro también ser —añadió sonriendo, recordando las palabras que su amiga le había dicho acerca de su cadena.
Hanna sonrió, sin parar de mirarlo, como si tratara de decirle que ella también sabía lo valiosa que era.
—No te preocupes, tendré mucho cuidado.
Luego su amigo le pasó con suma delicadeza el preciado objeto, y una sensación la recorrió. Recordó entonces la conversación que el Snork mantuvo por la mañana con Narsak y no pudo evitar pensar que sin duda era aquella daga el valioso objeto que Gunuruk decía portar.
—Dime, Gunuruk. Bueno… sólo si quieres. ¿Cómo llegaste hasta el lugar donde nos conocimos?
—Largo viaje ser. En un barco escondido partir. Mi camino a Tover duro ser. Yo también hacer cosas que no deber, pero algo en mí obligar, destino ser. Muchos días allí buscar, antes que ellos llegar. Hambre y sed sentir, pero yo sólo buscar, a Gunuk buscar. Sólo eso saber; él allí desaparecer… El resto ya conocer.
Hanna empezó a pensar en muchas cosas, pero sobre todo en el destino, si realmente existía y por qué estaba allí.
—¿Te dijo Ynack lo que significa mi nombre? —preguntó tras unos segundos.
—Sí, Hanna. Kettke un nombre venerado aquí ser, un reino que la esperanza representar, el Reino de los Reinos. Aunque odiado por aquellos que sólo pensar en la oscuridad también ser. Orgullosa tú debes sentir —respondió mientras palpaba la tetera que iba cogiendo temperatura.
Hanna realmente se sintió muy orgullosa, y pensando de nuevo en el destino, caviló que quizás había llegado a aquel mundo para ayudarles. Quizás su misión sólo fuese entregarles la daga, o a lo mejor ayudar a Gunuruk a encontrar a su padre. Al pensar esto, de nuevo se puso un poco triste. Gunuk había muerto y ahora era mostrado como un simple objeto de feria, como si su vida careciera de valor y sólo sirviera para alimentar las hipótesis de científicos o degenerados que apenas si conocían las bondades de aquellos seres. Entonces derramó una lágrima, aunque se veía incapaz de contar la verdad a su amigo, pues pensó que le haría demasiado daño, o que en el fondo rompería un poco su esperanza. Entonces comprendió lo que habían hecho con ella. Entendió que seguramente Gunuruk también guardase muchas preguntas y sin embargo nada le había preguntado. Hanna se sintió peor aún por su comportamiento, y miró acongojada a su amigo.
—Juntos, un día, encontraremos a tu padre —dijo entre sollozos.
Él la miró y sonrió, restándole importancia a la situación.
—Nada pasar Hanna. Quizás allí de donde venir un mundo en paz ser, pero estas tierras turbulentas son. Cosas horribles cada día ocurrir. Ya ni siquiera la tranquila Antraka a salvo estar. Yo a ti mi vida sólo agradecer. Si tú aquel día en el barco no estar, mi cuerpo hundido en gran océano ya reposar.
—No, Gunuruk, no digas eso. Qué habría sido de mí sin ti. Sola en este mundo, seguro que un nefasto final hubiera tenido. Ahora empiezo a ver, pero todavía es difícil para mí comprender dónde me encuentro, qué hago aquí; muchas dudas he tenido todo este tiempo, preguntas que se retorcían en mi corazón y que a veces no me dejaban respirar. Muchas noches han pasado en las que apenas he podido dormir, pues añorar aquello que quizás no puedas volver a tener es difícil de comprender. Pero pocas cosas dejé en aquel mundo, poco tuve durante toda mi vida. Nunca sentí el cariño de una familia, nunca quise la compasión de aquellos a los que quizás mi pena conmovía, pues siempre intenté ser fuerte, fuerte conmigo misma y fuerte con los demás, aunque no siempre lo conseguí… Vosotros me disteis eso. Sin conocerme me lo disteis todo: una casa, comida y sobre todo vuestro cariño. Quizás ese sentimiento permaneció mucho tiempo oculto. A lo mejor nunca lo había sentido y al principio no supe lo que era, pero ahora sí lo sé. Yo os lo debo todo, Gunuruk, y todo os lo daré. Poco es sin duda, pero yo también lucharé hasta el final.
—Eso no decir, Hanna. Mujer valiente tú ser, en la Isla de Tover tú demostrar. Mucho valor hace falta tener para a un Ikai retar. Tu amigo valiente ser también, sus ojos miedo no mostrar. Ellos sólo con su mirada a un hombre abatir poder, pero los dos a ellos enfrentar —dijo Gunuruk mientras miraba orgulloso a su compañera y recordaba su primer encuentro.
—¡Kron! Se llamaba Kron. Él encontró la daga. Muchas lágrimas he derramado por él, que fue el único que me dio su amor. A él también lo abandonaron, sabes, pero quizás siempre pensó que yo fuera su familia. Era bonito sentir su afecto. Durante el tiempo que estuvimos juntos, fue lo único que me hizo feliz; aunque probablemente ya eso no importe pues tal vez nunca nos volvamos a ver.
—No, Hanna. La esperanza libres hacer. Tú renunciar no debes a aquello que querer. Triste no debe ser recordar lo que un día feliz hacer. Tú valiente debes ser para tu futuro adelante mirar. A veces ocurrir que nuestro camino nublado parecer por nuestros deseos, pero a nuestro interior nosotros mirar debemos. A él engañar no poder, todo está escrito y nada está escrito. Recordar, sólo tu guía la esperanza debe ser, aquello que sólo en tu interior permanece el resto habrá de conseguir. ¡Es el destino!
—Sí, Gunuruk. Ahora entiendo lo que es el destino y nunca lo olvidaré.
Gunuruk sirvió el sabroso Dudok, que no eran más que unas aromáticas raíces hervidas con agua. Mientras tomaban el caliente brebaje, siguieron charlando con un ánimo cada vez mayor.
—¿Con quién tú vivir allí donde tú crecer? ¿Cómo tu mundo ser?
A Hanna le sorprendió la pregunta, pues nunca antes Gunuruk había mostrado interés por esos aspectos de su vida.
—Es un poco difícil de explicar. Quizás no lo puedas entender; no creo que tengáis nada parecido aquí. Yo viví toda mi vida en una gran casa, enorme como un palacio, en una ciudad tan amplia como cuatro o cinco veces Bettnuk, aunque allí tampoco resultaba ser de las más grandes. La casa la compartía con muchos chicos y chicas, como yo, de todas las edades. No había otros seres, pues todos éramos humanos. Muchos de ellos no tenían padres y a todos nos daban una cama, comida y nos educaban para ser personas de provecho. Ya sabes, que no fuéramos delincuentes ni nada de eso, que cuando llegáramos a ser adultos pudiéramos ganarnos la vida honradamente, pues no nos iban a mantener toda la vida…
—¡Tú gran vida tener! Ésa sin duda una tierra en paz parecer —dijo Gunuruk interrumpiendo a su amiga.
—Bueno, quizás no me he explicado bien —contestó Hanna en voz baja mientras pensaba que comparada con la tierra del pequeño Snork sería difícil hacerle comprender lo mal que lo había pasado sin parecer una niña caprichosa—. También existían otros sitios donde como aquí las guerras parecen no acabar. Las gentes mueren en ellas, y en otros lugares no tienen comida o las enfermedades atacan a toda la población. Incluso en la ciudad donde me crié hubo luchas que sucedieron mucho antes que yo naciera, que tuvieron a las personas que allí habitaban sumidas en el pánico y la miseria; pero sí, tienes razón, ahora parece una tierra en paz, aunque la gente no hace más que quejarse y la mayoría no parecen ser muy felices.
—La paz algo muy valioso ser. Yo nunca conocerla, aunque algún día espero con mis propios ojos verla poder.
—Tienes razón, Gunuruk. A lo mejor es que allí sólo apreciábamos lo que no teníamos. Es muy difícil de explicar y aunque no lo creas, en ese mundo en paz, yo siempre me sentí infeliz. Quizás no pude disfrutar de nada porque sólo buscaba lo que no tenía. Ni siquiera me hubiera importado vivir en un mundo en guerra o no tener que comer si hubiera podido disfrutar de mi familia, de su cariño, pero eso nunca lo sabré. ¿No crees?
—Yo entender, Hanna. Un simple Snork ser, pero yo a ti entender. Sólo la paz que nos rodea sentido tener cuando en nuestro interior también hallarla poder. Tú y yo parecidos ser.
—Tienes mucha razón. Yo no lo habría podido expresar mejor —dijo ella mirando a Gunuruk con una gran sonrisa, feliz al afrontar aquella aventura junto a él, pues a decir verdad, la primera vez que lo vio no creyó que pudiera ser más inteligente que un perro o algo parecido. Pero aquel pequeño ser y todos los de su condición transmitían mucho más que cualquier persona que hubiera conocido antes. Aparte de realizar auténticas obras de arte, eran capaces de hacerla sentir, de hacerla encontrar en su interior sensaciones que ella nunca podría explicar, a pesar de que ellos lo hicieran humildemente y sin darse importancia con su escueto lenguaje. Era algo fantástico, algo que a Hanna no dejaba de sorprenderla; muchas personas habían tratado de conducir su vida, de hacerla sentir mejor aceptando lo que era, y al final iba a resultar que serían los Snorks los que consiguieran abrir su mente y su inaccesible corazón.
De cualquier manera, y a pesar de todas las circunstancias que la acompañaban en aquella arriesgada aventura, Hanna se sintió reconfortada. Aquel día había descubierto muchas cosas; allí, en quién sabe qué lugar, a la intemperie, sobre la dura roca saboreando aquel extraño caldo, quizás porque a lo mejor esa paz interior de la que le había hablado hacía un momento su inteligente amigo estaba llegando a ella.
Los dos siguieron charlando un rato, aunque de cosas mucho menos trascendentales. Hanna le contó un poco de la historia de su mundo, aquella que no con poco esfuerzo había logrado aprender, y también le habló de la radio, del cine, de los coches, de los barcos que no necesitaban remos ni velas, de las luces que se encendían solas y de muchas cosas que a Gunuruk le fascinaron y que en algún caso no acabó de creerse, pues le parecían cosas tan extraordinarias que sólo en un mundo mágico podían existir. Y así, el tiempo transcurrió deprisa. La pequeña hoguera no tardó mucho en apagarse y la ausencia de más palos que la avivaran provocó que los dos decidieran coger unas mantas. Tras taparse con ellas, cayeron acurrucados en un profundo sueño.